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Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo (1)

6168 palabras

Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel, ese pueblo mágico donde la fe se mezcla con el polvo y el sudor. Yo, Ana, caminaba entre la multitud, el olor a incienso y velas quemadas invadiendo mis fosas nasales, mientras las saetas rasgaban el aire con su lamento fúnebre. Neta, qué chido es este ambiente, pensé, pero algo más me tenía inquieta. Entre los nazarenos, cargando la cruz pesada como el pecado mismo, vi a él. Jesús, se llamaba, güey. Alto, moreno, con esos ojos negros que te clavan como espinas, vestido con túnica blanca manchada de rojo fingido. Su piel brillaba de sudor, y cada paso que daba hacía que sus músculos se tensaran bajo la tela. Sentí un calor subiendo por mis muslos, no del sol, sino de algo más profundo, carnal.

La procesión avanzaba lenta, el tambor retumbando en mi pecho como un corazón acelerado. Lo miré fijamente, y él, como si sintiera mi mirada, volteó. Nuestras ojos se cruzaron, y juro que vi un fuego ahí, no solo devoción.

¿Qué carajos me pasa? Esto es la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, no un desmadre erótico
, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Mis pezones se endurecieron contra el sostén, y entre las piernas, un pulso húmedo que me hacía apretar los muslos.

Al final de la estación, cuando la multitud se dispersó, lo busqué. Lo encontré en la placita, quitándose la corona de espinas falsa, riendo con unos carnales. Me acerqué, el corazón latiéndome como tamborazo. “Órale, Jesús, ¿te pesa mucho la cruz?”, le dije con voz juguetona, mordiéndome el labio. Él sonrió, esa sonrisa pícara que te deshace. “Más pesa el deseo cuando una chava como tú te mira así, Ana. ¿Cómo supiste mi nombre?” Le guiñé el ojo. “Se nota en la cara de santo pecador. ¿Vamos por un mezcal a refrescar la pasión?”

Acto primero cerrado, pensé mientras caminábamos hacia su casa, una casita colonial con patio de buganvilias. El aire olía a jazmín y tierra mojada por el rocío santo. Entramos, y el fresco de las paredes adobe nos envolvió. Nos sentamos en la sala, vasos en mano, el mezcal quemando la garganta como fuego bendito.

Empezamos platicando de la procesión, de la fe que arde en San Miguel cada año. “La pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo siempre me pone pensativo”, dijo él, su voz grave como trueno lejano. Yo me acerqué, mi rodilla rozando la suya. “A mí me pone caliente, Jesús. Esa entrega total, ese sufrimiento que lleva al éxtasis... neta, me imagino en esa cruz contigo.” Sus ojos se oscurecieron, y sentí su mano en mi muslo, cálida, firme. “¿Quieres vivir tu propia pasión, Ana?” Asentí, el pulso acelerado, el aroma de su sudor mezclado con mezcal llenándome la nariz.

Me levantó en brazos, sus bíceps duros contra mi espalda, y me llevó al cuarto. La cama king size con sábanas blancas como sudario nos esperaba. Me recostó despacio, su boca rozando mi cuello. “Déjame adorarte como a una virgen santa”, murmuró. Sus labios sabían a humo y tequila, su lengua trazando mi clavícula. Gemí bajito, el sonido ahogado en mi garganta. Le quité la camisa, revelando su torso marcado por el esfuerzo de la cruz, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Olía a hombre puro, a tierra y deseo.

Mis manos exploraron su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la piel. “Qué rico estás, pendejo”, le susurré, riendo. Él rio también, tirándome al colchón con gentileza. Me desvistió lento, botón por botón de mi blusa, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco besó mis senos libres, pezones duros como piedras preciosas. “Eres mi María Magdalena”, dijo, chupando uno con hambre santa. El placer me recorrió como rayo, un jadeo escapando de mis labios. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga tiesa presionando la tela. Chíngame ya, pensé, pero quería que el fuego creciera.

Nos volteamos, yo encima, cabalgando su cadera. Le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre hierro, oliendo a masculinidad cruda. Lamí la punta, salada, mientras él gruñía, sus dedos enredados en mi pelo. “Ana, me vas a matar de placer”. Chupé más profundo, mi lengua girando, saliva resbalando. Él se arqueó, el colchón crujiendo bajo nosotros. Pero no lo dejé acabar; quería la pasión completa.

Me subí sobre él, mi panocha mojada rozando su verga. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, el estirón delicioso, lleno. “¡Ay, Jesús, qué grande!”, grité, mis uñas clavándose en su pecho. Él embistió desde abajo, suave al principio, rítmico como el tambor de la procesión. El sudor nos unía, piel resbaladiza, slap-slap de carne contra carne. Olía a sexo, a jazmín marchito, a nosotros. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba, pellizcando pezones.

Esto es la pasión verdadera, no la de la cruz, sino la que nos mata y resucita
.

El ritmo subió, mis caderas girando, su verga golpeando profundo, rozando ese punto que me volvía loca. “Más fuerte, carnal, avienta todo”, le pedí. Él obedeció, volteándome bocabajo, entrando por atrás. Sus manos en mis nalgas, separándolas, el azote suave que ardía dulce. Gemí alto, la almohada ahogando mis gritos. Sentía cada vena, cada pulso, el calor subiendo por mi espina. “Ana, te vengo... ¡ahora!”, rugió, y su leche caliente me llenó, disparo tras disparo. Eso me llevó al borde: mi coño se contrajo, olas de placer rompiéndome, visión borrosa, cuerpo temblando. Muerte y resurrección, pensé en el clímax, gritando su nombre como oración.

Caímos exhaustos, jadeando, su peso sobre mí protector. El cuarto olía a semen, sudor, paz. Me besó la frente, suave. “Fue como la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, pero con final feliz”. Reí bajito, acurrucándome. “Neta, güey, cada Viernes Santo quiero repetirlo”. Afuera, las campanas tañían, anunciando la gloria. Nosotros, en nuestra gloria privada, nos dormimos entrelazados, el deseo saciado pero listo para renacer.

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