Pasión de Gavilanes Capítulo 120 Fuego en la Sangre
La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado del aroma dulce de las jacarandas y el lejano relincho de los caballos en el corral. Lucía se acurrucaba en el sillón de cuero viejo junto a Diego, su piel morena rozando la de él con esa electricidad que siempre los unía. La televisión iluminaba la sala con destellos azulados, y en la pantalla, Pasión de Gavilanes capítulo 120 alcanzaba su clímax dramático. Los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo se miraban con ojos llameantes, el beso robado en medio de la tormenta de venganza y deseo haciendo que el corazón de Lucía latiera más rápido.
Órale, qué pasión tan cabrona, pensó Lucía, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Diego, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho velludo y marcado por el sol, le pasó el brazo por los hombros. Olía a tierra húmeda y a ese jabón de lavanda que usaba después de domar potros. Ella se mordió el labio, el sonido de la lluvia en la telenovela mezclándose con el trueno lejano que retumbaba afuera.
—Mira nomás, nena —murmuró Diego con voz ronca, su aliento cálido contra su oreja—. Esos gavilanes tienen más fuego que nosotros.
Lucía giró la cara, sus ojos cafés clavándose en los verdes de él.
¿Más fuego? Pendejo, si supieras lo que me provocas con solo mirarme así, se dijo a sí misma. La escena en la tele mostraba a los amantes arrancándose la ropa bajo la tormenta, y el calor subió por su vientre como tequila puro.
Acto primero de su propia pasión: el roce inocente. Diego deslizó la mano por su muslo, cubierto solo por una falda ligera de algodón. La tela se arrugó bajo sus dedos callosos, y Lucía sintió el pulso acelerado en su cuello. El olor de su excitación empezaba a mezclarse con el perfume de jazmín que ella se había echado esa mañana. Fuera, la lluvia arreció, golpeando el tejado de teja como un tambor frenético.
—Diego... —susurró ella, pero él ya la había volteado hacia sí, sus labios capturando los de ella en un beso que sabía a café con canela y promesas rotas. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras las manos de Lucía trepaban por su espalda, clavando uñas en la carne firme. El gemido que escapó de su garganta vibró contra la boca de él, y Diego gruñó bajito, como un jaguar en celo.
Se separaron un segundo, jadeantes. En la pantalla, Pasión de Gavilanes capítulo 120 seguía, pero ya nadie prestaba atención. Lucía vio el bulto endurecido en los jeans de Diego, y una sonrisa pícara curvó sus labios carnosos.
—Neta, carnal, me traes loca —dijo ella con esa voz juguetona mexicana que lo volvía loco.
Él rio, un sonido grave que retumbó en su pecho. —Pues ven pa'cá, mi reina, y déjame mostrarte lo que es pasión de verdad.
La levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la camisa. Lucía envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su entrepierna húmeda. Caminaron hacia el dormitorio, el piso de losa fría contrastando con el calor de sus cuerpos. El aroma de la tierra mojada entraba por la ventana abierta, mezclándose con el sudor que ya perlaba sus pieles.
En el cuarto, iluminado solo por la luna filtrada por las cortinas de encaje, Diego la depositó en la cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio. Lucía se incorporó sobre los codos, admirando cómo él se quitaba la camisa, revelando el torso esculpido por años de trabajo en el rancho.
Dios mío, qué chulo está este wey. Cada vena, cada músculo, todo para mí.
Acto segundo: la escalada lenta, deliciosa. Diego se arrodilló frente a ella, besando sus tobillos, subiendo por las pantorrillas con labios que quemaban como brasas. Lucía arqueó la espalda, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación. Él levantó la falda, exponiendo las bragas de encaje negro empapadas. El olor almizclado de su arousal lo golpeó como un puñetazo, y gruñó:
—Estás chorreando, mi amor. ¿Tanto te calienta la novela?
—No la novela, pendejo... tú —respondió ella, tirando de su cabello negro para acercarlo.
La lengua de Diego trazó un camino ardiente por su muslo interior, deteniéndose en el borde de la tela. Lucía tembló, sus pezones endureciéndose bajo la blusa delgada. Él apartó las bragas con los dientes, y su boca encontró el clítoris hinchado. El primer lametón fue eléctrico: húmedo, caliente, con un succionar suave que la hizo gritar. ¡Ay, cabrón! El sabor salado y dulce de ella lo enloqueció; lamía como si fuera el último néctar del mundo, alternando chupadas y círculos con la lengua plana.
Lucía se retorcía, las manos aferradas a las sábanas, el olor de sus jugos impregnando el aire.
No pares, no pares, me voy a venir ya. Sus caderas se movían al ritmo de su boca, el sonido obsceno de succiones y gemidos ahogando la lluvia afuera. Diego metió dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos contra ese punto que la hacía ver estrellas. Ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, el grito ronco saliendo de su garganta como un aullido de coyote.
Pero no era suficiente. Diego se puso de pie, quitándose los jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. Lucía se lamió los labios, saboreando el residuo de su propio placer en ellos.
—Ven, mi rey. Chíngame como en la telenovela —suplicó ella, abriendo las piernas en invitación total.
Él se cernió sobre ella, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que ambos jadearan. Lucía sintió cada vena pulsando dentro, llenándola por completo. El olor de sexo crudo, sudor y pasión los envolvía como una niebla espesa. Diego empezó a moverse, embestidas profundas y lentas al principio, sus pelotas golpeando contra su culo con un plaf plaf rítmico.
—¡Qué rico te sientes, Lucía! Tan apretada, tan mía —gruñó él, mordiendo su cuello.
Ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas.
Es mío, todo este hombre es mío, y yo soy suya. Aceleraron, la cama crujiendo bajo ellos, el sudor goteando de sus cuerpos y mezclándose. Lucía lo montó entonces, girando para cabalgarlo como una amazona en su corcel. Sus tetas rebotaban, y Diego las amasó, pellizcando pezones duros como piedras. El clítoris rozaba contra su pubis con cada bajada, construyendo otra ola.
La tensión creció, psicológica y física: recuerdos de noches pasadas, promesas de futuro, el amor crudo que los ataba más que cualquier venganza de Gavilanes. Diego la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza animal. El sonido de carne contra carne, gemidos guturales, el olor almizclado... todo culminó cuando él rugió su nombre, llenándola con chorros calientes de semen. Lucía se vino de nuevo, el coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Acto tercero: el afterglow sereno. Colapsaron juntos, enredados en sábanas húmedas, el pecho de Diego subiendo y bajando contra el de ella. La lluvia amainaba, dejando un goteo suave en el alero. Lucía trazó círculos en su pecho con la uña, oliendo su mezcla en el aire.
—Mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 120, ¿verdad? —dijo él, besando su frente.
Ella rio bajito, satisfecha y empoderada.
Sí, wey. Nuestra pasión es real, eterna, como el tequila en las venas.
Se durmieron así, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono bajo la luna mexicana que velaba por ellos.