La Pasion de Jesucristo Segun San Juan
En el calor pegajoso de Puerto Vallarta, durante los ensayos de Semana Santa, todo empezó a arder de una forma que ni los santos del cielo podrían haber previsto. Yo soy Juan, el carnal que interpreta al discípulo amado en la obra La Pasion de Jesucristo segun San Juan. Y él, Jesús, el güey que hace de Cristo, con su cuerpo moreno y esculpido como si lo hubieran tallado en las playas de la costa, ojos negros que te clavan hasta el alma. Alto, fornido, con esa sonrisa pícara que dice "ven pa'cá" sin mover los labios. Llevábamos semanas rozándonos en el escenario, recitando versos del evangelio mientras el sudor nos chorreaba por la espalda, mezclándose con el olor a incienso de la iglesia.
El sol se colaba por las vitrales rotas esa tarde, pintando el piso de la sacristía con manchas rojas y doradas como sangre y oro. Habíamos terminado el ensayo temprano, los demás se fueron a echar la chela en la plaza, pero nosotros nos quedamos recogiendo los mantos y las coronas de espinas falsas. El aire estaba cargado, olía a madera vieja, cera derretida y algo más... ese aroma masculino de él, sudor fresco con un toque de mar y colonia barata que me volvía loco.
Órale, Juan, no seas pendejo, me dije mientras doblaba el sudario. Es tu carnal, tu compa de toda la vida. Pero ¿por qué cada vez que lee "Padre, la hora ha llegado" sientes que te está hablando directo a ti, que tu verga se despierta como si fuera Viernes Santo?
Jesús se acercó por detrás, su pecho rozó mi hombro. Sentí el calor de su piel a través de la camiseta blanca empapada. "Ey, San Juan, ¿me ayudas con esta corona? No vaya a ser que me clave de verdad", dijo con esa voz grave, juguetona, como si estuviéramos en un antro y no en casa de Dios. Le pasé la corona, nuestras manos se tocaron. Fue eléctrico, un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Él no la soltó de inmediato. Me miró fijo, los labios entreabiertos, respirando hondo.
"Sabes, carnal, esta pasión de Jesucristo según San Juan me tiene pensando en lo que de verdad duele... y lo que de verdad goza", murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y cerveza tibia. Mi pulso se aceleró, el corazón me retumbaba como tambores de una procesión. "¿Y tú qué piensas, discípulo mío?" Asentí, mudo, sintiendo cómo mi cuerpo respondía sin permiso, la tela de mis jeans apretando donde no debía.
Acto seguido, sin palabras, se inclinó y me besó. Fue suave al principio, labios carnosos probando los míos, un roce tentativo como preguntando permiso. Le devolví el beso, mis manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo negro húmedo. Sí, güey, esto es lo que querías, pensé mientras su lengua entraba en mi boca, saboreando a sal y deseo puro. Nuestras respiraciones se mezclaron, jadeos cortos que llenaban el silencio de la sacristía. Él me empujó contra la mesa de madera, el borde me clavó en la cadera, pero qué importaba, el dolor era chido comparado con el fuego que me subía por las venas.
Las manos de Jesús bajaron por mi pecho, desabotonando mi camisa con dedos ansiosos. Sentí sus palmas ásperas, de tanto cargar redes en la playa, rozando mis pezones endurecidos. Un gemido se me escapó, ronco, como el viento del Pacífico azotando las palmeras. "Qué rico estás, Juanito", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel, dejando un rastro húmedo que olía a su saliva y mi sudor. Yo no me quedé atrás: le quité la camiseta de un jalón, revelando ese torso perfecto, músculos que se contraían bajo la piel olivácea, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, probando el sabor salobre de su esfuerzo.
Caímos de rodillas sobre el tapete raído, el olor a polvo viejo se mezcló con el almizcle de nuestra excitación. Sus manos desabrocharon mis jeans, liberando mi verga tiesa que saltó ansiosa. "Mira nomás qué chingona", rio bajito, envolviéndola con su puño caliente, moviéndose despacio, torturándome con cada caricia. El tacto era fuego líquido, venas pulsantes bajo su piel callosa. Yo hice lo mismo, bajándole el cierre, sacando su miembro grueso, venoso, goteando ya de anticipación. Olía a hombre puro, a sexo inminente. La chupé primero, labios estirados alrededor de la cabeza, lengua girando en el glande salado, oyendo sus gemidos graves que retumbaban en las paredes como oraciones prohibidas.
No pares, carnal, esto es nuestro evangelio, me gritaba la cabeza mientras él me mamaba con maestría, succionando hondo, garganta contraída, haciendo ruidos húmedos que me volvían loco. El placer subía en oleadas, mis bolas se tensaban, el mundo se reducía a su boca caliente, su pelo entre mis dedos.
La intensidad creció como la marea en la bahía. Me volteó con gentileza, besándome la espalda mientras escupía en su mano y lubricaba mi entrada. "Dime si quieres parar, mi San Juan", susurró, voz temblorosa de contención. "No pares, chíngame ya, Jesús", rogué, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente pero delicioso, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso de su verga dentro de mí, su vientre peludo pegado a mi culo. Empezó a moverse, embestidas lentas que se volvieron feroces, piel chocando contra piel con palmadas resonantes, sudor chorreando por nuestras espaldas.
El aire se llenó de nuestros olores: semen próximo, axilas húmedas, feromonas que nublaban la mente. Gemía su nombre, "¡Jesús, más duro!", mientras él gruñía "¡Juan, mi amor, mi discípulo!". El clímax nos golpeó como un rayo, mi verga explotando sin tocarla, chorros calientes salpicando el piso, su leche inundándome profunda, cálida, mientras su cuerpo convulsionaba contra el mío. Colapsamos, exhaustos, abrazados en el suelo fresco, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.
Después, en el afterglow, nos quedamos así, desnudos bajo la luz mortecina. Él me acarició el pelo, besó mi frente. "Esta es nuestra pasión de Jesucristo según San Juan, carnal. No la del libro, la de verdad". Reí bajito, oliendo su piel ahora mezclada con la mía, sintiendo el semen secándose en mis muslos. Fuera, el pueblo se preparaba para la procesión, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio vía crucis de placer, consensual y ardiente.
Desde esa tarde, cada ensayo es un pretexto. La sacristía guarda nuestros secretos, y en cada verso del evangelio, siento su mirada prometiendo más. Qué chido ser el discípulo amado en la vida real.