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Il Divo Amor Y Pasion En La Piel

6934 palabras

Il Divo Amor Y Pasion En La Piel

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos invisibles. Entré al bar La Pasión Oculta, un lugar chido con luces tenues y jazz mezclado con boleros que flotaban como humo. Me senté en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal, y dejé que el ritmo me envolviera. De repente, las bocinas soltaron las notas de Il Divo Amor y Pasión, esa canción que siempre me eriza la piel, con voces que suenan como amantes susurrando promesas en la oscuridad.

Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido negro ajustado que marcaba cada curva, sentí un cosquilleo en el estómago. Neta, esa rola siempre me pone cachonda, hablando de amores intensos, de pasiones que queman. Miré alrededor y ahí estaba él: alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para ver un pecho firme, y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Se acercó, como si la música lo hubiera empujado.

¿Qué wey tan guapo? Piensa, Ana, no seas pendeja, pero míralo, neta se ve que sabe lo que hace.

Órale, preciosa, ¿te molesta si me siento? Esa canción me tiene nostálgico —dijo con voz grave, como el ronroneo de un jaguar.

Nah, siéntate, carnal. Yo soy Ana, y Il Divo Amor y Pasión es mi vicio secreto.

Se llamaba Marco, treinta y tantos, arquitecto de esos que diseñan casas en las Lomas. Hablamos de la rola, de cómo esas voces italianas y españolas te meten el amor por las venas. El tequila fluía, sus rodillas rozaban las mías bajo la barra, y cada roce era como una chispa. Olía a colonia cara mezclada con su sudor fresco, un aroma que me hacía salivar. Sus manos grandes, con venas marcadas, gesticulaban al hablar, y yo imaginaba esas palmas en mi cintura.

La tensión crecía con cada sorbo. La canción terminó, pero el ambiente seguía cargado. Bailamos pegaditos en la pista pequeña, su cuerpo duro contra el mío, mi culo rozando su entrepierna que ya se notaba firme. Sentí su aliento caliente en mi cuello, su barba raspando mi piel suave.

—Estás rica, Ana. Me tienes loco —murmuró, y su mano bajó por mi espalda, deteniéndose en la curva de mis nalgas.

Pos tú no estás tan pendejo, Marco. Vamos a otro lado antes de que explote aquí mismo.

Salimos al valet, su coche negro reluciente nos esperaba. En el camino a su penthouse en Reforma, su mano en mi muslo subía lento, dedos trazando círculos que me mojaban las bragas. El viento de la noche entraba por la ventana, trayendo olor a jacarandas y ciudad viva. Mi corazón latía como tambor, el pulso en mi clítoris sincronizado con el tráfico.

Acto dos: Llegamos a su depa, un lugar minimalista con vistas al Ángel. Me sirvió un mezcal ahumado, el vaso frío contrastando con mi piel ardiendo. Nos besamos por primera vez en la terraza, bajo las estrellas. Sus labios eran firmes, lengua juguetona explorando mi boca con sabor a tequila y deseo. Gemí bajito cuando mordió mi labio inferior, sus manos desabotonando mi vestido, dejando que cayera al piso como una promesa rota.

¡Chingado, qué beso! Siento su verga dura contra mi panza, gruesa, lista. Quiero probarla, lamerla hasta que ruegue.

Estaba en lencería negra, tetas al aire con pezones duros como piedras. Él se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y un vello que bajaba tentador hacia su pantalón. Lo jalé al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Le bajé el zip, saqué su polla erecta, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a hombre puro, almizcle que me mareaba. La lamí despacio, lengua plana desde la base hasta la cabeza, saboreando sal y calor. Él gruñó, mano en mi pelo, guiándome sin forzar.

Qué chingona chupas, mami. No pares.

Lo monté en el sofá, mi coño empapado deslizándose sobre su verga. Entró de una, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, jugos chorreando por sus bolas. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas a mi clítoris. El cuero pegaba a mi piel sudada, sonidos de carne contra carne mezclados con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su frente al valle de mis senos, salado al lamerlo.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran rítmicas, fuertes, el colchón —nos habíamos movido a la cama king size— rebotando. Olía a sexo, a nuestros fluidos mezclados, a sábanas frescas ahora húmedas. Me abrió las piernas ancho, lengua en mi clítoris mientras metía dos dedos curvos, tocando mi punto G. Grité, orgasmos pequeños construyéndose como olas.

Neta, este wey es un dios. Me come el chochito como si fuera su última cena, lengua vibrando, chupando mi crema.

La intensidad subía, psychological y física. Recordé la canción, Il Divo Amor y Pasión, sonando en mi mente: "Amor y pasión, en tu piel, en mi alma". Le susurré eso mientras él me penetraba de lado, una pierna sobre su hombro, su boca en mi cuello mordiendo suave. Sudábamos como locos, cuerpos resbalosos, pulsos acelerados latiendo juntos.

Él luchaba por no venirse, respirando hondo, ralentizando. Yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas, pidiendo más. "Dame duro, cabrón, hazme tuya". Escalamos juntos, tensión en espiral, hasta el borde.

Acto tres: El clímax llegó como tormenta. Lo volteé a cuatro patas, él detrás, agarrando mis caderas, polla golpeando mi cervix con precisión brutal. El slap-slap de piel era ensordecedor, mi clítoris frotándose en sus bolas. Olía a orgasmo inminente, ese almizcle dulce. Grité su nombre, coño contrayéndose en espasmos, leche chorreada por mis muslos. Él rugió, llenándome de semen caliente, chorros pulsantes que sentía adentro, desbordando.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en sábanas revueltas. Su peso sobre mí era reconfortante, sudor enfriándose, pieles pegajosas. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas. El skyline de la CDMX brillaba afuera, testigo mudo.

Esto fue más que un polvo, wey. Il Divo Amor y Pasión lo predijo: pasión que quema y deja huella.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando aún. En la cocina, tacos de carnitas improvisados a medianoche, riendo de tonterías. Se quedó mi número, promesa de más noches. Salí al amanecer, piernas flojas, coño sensible recordándome cada embestida. Caminé por Reforma, sol naciente calentando mi piel, con una sonrisa pendeja. Amor y pasión, al estilo Il Divo, pero en mi carne mexicana.

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