Libro Pasión Fútbol
El estadio Azteca rugía como un volcán en erupción, el aire cargado con el olor a elotes asados, chelas frías y ese sudor macho que se mezcla con la adrenalina del partido. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho pirulos que no se pierde ni un clásico de las Águilas, me acomodé en mi butaca con el corazón latiéndome a mil. En la mano traía mi nuevo vicio: Libro Pasión Fútbol, un librito que una amiga me prestó jurando que me iba a poner como moto. "Es sobre la pasión del fútbol que se desborda en la cama", me dijo con guiño. Neta, desde la primera página, ya sentía un cosquilleo entre las piernas.
El balón rodaba furioso en la cancha, los gritos de la afición retumbaban en mis huesos. "¡Golazo, cabrón!", aullé yo también, brincando como loca. Ahí lo vi. Dos asientos más allá, un wey alto, moreno, con playera del América ajustadísima que marcaba unos pectorales de infarto y unos brazos que pedían a gritos ser lamidos. Sus ojos cafés me clavaron cuando volteó, y una sonrisa pícara se le escapó. Órale, qué chulo, pensé, mientras mis pezones se ponían duros bajo la blusa delgada.
¿Y si este pendejo es el protagonista de mi propia página del Libro Pasión Fútbol? Imagínatelo: sudor perlando su piel, su verga dura presionando contra mí mientras grita "¡Gooool!" en mi oído.
El medio tiempo llegó y el tipo se acercó con una chela en la mano. "Ey, güerita, ¿vienes solita al estadio? Eso sí es pasión futbolera de la buena". Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel. Le sonreí, coqueta, y le mostré el libro. "Mira, carnal, este Libro Pasión Fútbol me tiene bien prendida. Habla de cómo el fútbol despierta lo más salvaje en uno". Él lo hojeó rápido, sus dedos rozando los míos, y soltó una carcajada ronca. "Neta, Ana? Suena chingón. Yo soy Marco, y si el fútbol es pasión, esta noche te muestro la mía". El contacto fue eléctrico, como un roce de lenguas invisibles.
El segundo tiempo fue una tortura deliciosa. Cada vez que las Águilas atacaban, Marco se inclinaba hacia mí, su muslo musculoso pegándose al mío. Olía a jabón fresco mezclado con hombre sudado, un aroma que me hacía mojarme sin remedio. Susurraba comentarios guarrillos: "Mira cómo embiste ese delantero, igualito como yo te voy a dar". Mi mente volaba, imaginando sus manos grandes explorándome, su boca devorándome. Cuando el América metió el gol del triunfo, nos abrazamos en la euforia, su pecho duro contra mis tetas, su aliento caliente en mi cuello. "Vamos a celebrar, preciosa", me dijo al oído, y yo asentí, el pulso tronándome en las sienes.
Salimos del estadio tomados de la mano, la multitud nos empujaba pero no importaba. El viento nocturno de la Ciudad de México nos refrescaba la piel ardiente. Marco me llevó a su troca, una pick-up chida estacionada cerca. "Vivo cerquita, en Polanco. ¿Vienes o qué?". Sí, wey, neta que sí. En el camino, su mano subió por mi muslo, rozando el borde de mi falda corta. Sentí el calor de sus dedos, el roce áspero de su palma callosa de tanto patear el balón en las canchas amateur. "Estás mojada ya, ¿verdad?", murmuró, y yo gemí bajito, abriendo las piernas un poquito más.
Llegamos a su depa, un lugar moderno con vistas al skyline, luces tenues y una cama king size que gritaba pecado. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos como un tacle furioso pero suave. Sabía a chela y a victoria, su lengua invadiéndome con hambre. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando su espalda bajo la playera. "Quítatela, pendejo", le ordené juguetona, y él obedeció riendo, revelando un torso esculpido, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Olía a deseo puro, ese musk masculino que nubla la razón.
Esto es mejor que cualquier capítulo del Libro Pasión Fútbol. Su piel bronceada bajo mis labios, salada y caliente, me hace querer devorarlo entero.
Me desvistió despacio, saboreando cada centímetro. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda con un gemido ronco. "Qué ricas estás, Ana, como para comerte viva". Bajó por mi vientre, besando, lamiendo, hasta arrodillarse ante mí. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar. "Abrete, güerita", susurró, y yo lo hice, exponiendo mi concha empapada. Su lengua fue un golazo: plana y lenta al principio, saboreando mis jugos dulces, luego rápida, chupando mi clítoris como si fuera el balón de su vida. Grité, mis caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación. El olor de mi excitación se mezclaba con el suyo, embriagador.
No aguanté más. Lo jalé al piso, sobre la alfombra suave. Le bajé el pantalón y ahí estaba: su verga gruesa, venosa, palpitando como lista para el penal. "Métemela ya, Marco, neta que te necesito". Él se puso condón –siempre responsable, el cabrón– y me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, qué chingón! El estirón delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sus embestidas profundas como pases filtrados. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, sus gruñidos roncos: "¡Te cojo tan rico, Ana!". Aceleramos, yo cabalgándolo ahora, mis tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. Sentía su pulso dentro, latiendo con el mío, el clímax construyéndose como un contragolpe imparable.
Me volteó a cuatro patas, su mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo. "¡Gooool!", rugió al darme duro, y yo exploté, mi concha contrayéndose en oleadas, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, pujando, hasta que se vino con un bramido gutural, colapsando sobre mí. Nos quedamos así, jadeantes, piel pegajosa, el aire espeso con olor a sexo y pasión cumplida.
Después, enredados en las sábanas frescas, Marco me acarició el pelo. "Ese Libro Pasión Fútbol fue el pretexto perfecto, ¿no?". Reí bajito, besando su pecho. "Fue el inicio, wey. La verdadera pasión la armamos nosotros". Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, el mundo era nuestro estadio privado. Me dormí con su brazo alrededor, sabiendo que esto no acababa aquí. Mañana, otro partido. Otra pasión.