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La Pasión Desenfrenada de Iztapalapa

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La Pasión Desenfrenada de Iztapalapa

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de Iztapalapa, pero el calor que sentía no era solo del clima. Era Semana Santa y La Pasión de Iztapalapa estaba en su apogeo. Miles de personas se agolpaban alrededor de los actores que recreaban la crucifixión, con sus túnicas empapadas de sudor y sus voces roncas gritando versos bíblicos. Yo, Ana, había venido con mis carnales a ver el desfile, pero en el fondo buscaba algo más que devoción religiosa. Quería sentir esa pasión cruda, esa intensidad que flotaba en el aire como el olor a incienso mezclado con el aroma de tacos al pastor de los vendedores ambulantes.

Me abrí paso entre la multitud, mi blusa ligera pegándose a mi piel por el bochorno. De repente, lo vi. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como carbones encendidos. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus músculos forjados en quién sabe qué gimnasio o cancha de fut. Estaba de pie junto a un puesto de aguas frescas, charlando con unos cuates, pero su mirada se cruzó con la mía. Neta, fue como un chispazo. Sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos, y levantó su vaso en un brindis silencioso.

Me acerqué, fingiendo interés en una elote asado. "¿Qué onda? ¿Vienes a ver la procesión o nomás a ligar?", le solté con picardía, mi voz ronca por el calor. Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. "Soy Marco, y las dos cosas, morra. Pero contigo ya me late más lo segundo". Su acento chilango puro me erizó la piel. Hablamos un rato, el ruido de la multitud ahogando nuestras palabras, pero nuestros cuerpos se acercaban cada vez más. Sentí su mano rozar mi brazo al pasarme un sorbo de su agua de jamaica, fresca y dulce, con un toque salado de su sudor.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es Iztapalapa, no un antro de Polanco, pero este wey me prende como nadie. Su olor, a hombre sudado y colonia barata, me marea.

La procesión avanzaba, los romanos azotando al Jesús con látigos de utilería que restallaban como truenos. Nosotros nos fuimos quedando atrás, caminando hacia una calle lateral menos concurrida. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre, y el aire se llenaba de campanas lejanas y murmullos de oraciones. Marco me tomó de la mano, su palma callosa y cálida envolviendo la mía. "Ven, conozco un lugarcito chido por aquí", murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Llegamos a un patio escondido detrás de una casa antigua, con buganvilias trepando las paredes y un banco de concreto bajo un árbol de pirul. El aroma de las flores se mezclaba con el de la tierra húmeda por un chorrito de agua cercana. Nos sentamos, nuestras piernas rozándose. Habló de su vida: mecánico en un taller de la zona, fanático del América, soltero y listo para lo que pintara. Yo le conté de mi curro en una tiendita de ropa, mis sueños de viajar a la playa. Pero las palabras se volvieron excusa. Sus ojos devoraban mis labios, y yo sentía mi corazón latiendo como tambor en la procesión.

"Ana, neta que me gustas un chorro", dijo, y sin más me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a tamarindo de las nieves que había comido antes. Su lengua exploró mi boca con urgencia, y yo respondí igual, mordisqueando su labio inferior. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi brasier con maestría. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mis pezones, endureciéndose al instante bajo su toque áspero.

El beso se profundizó, nuestros cuerpos pegándose. Sentí su verga dura presionando contra mi muslo a través del pantalón. Pinche dura como piedra, pensé, y mi concha se mojó al instante, un calor líquido que empapaba mis panties. Lo empujé contra el banco, montándome a horcajadas. "Aquí mismo, carnal", le susurré, mi voz temblorosa de deseo. Él asintió, sus manos amasando mis nalgas, apretando la carne suave.

Me quité la blusa con prisa, mis tetas rebotando libres al aire fresco de la noche que caía. Marco las devoró con la mirada, luego con la boca. Sus labios chuparon un pezón, lengua girando en círculos húmedos, mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, subiendo por mi espina como rayos. Olía su cabello, a shampoo de coco barato y sudor fresco. Gemí más fuerte, el sonido ahogado por el eco distante de los cohetes de la procesión.

Esto es mejor que cualquier sermón. Su boca me quema, me hace querer más, todo.

Desabroché su cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre hierro. La acaricie despacio, sintiendo las venas hincharse bajo mis dedos. Él gruñó, un sonido animal que me excitó más. "Chúpamela, Ana, porfa", rogó, y yo obedecí. Me arrodillé en el suelo polvoriento, el olor terroso subiendo a mi nariz. Lamí la punta, salada y almizclada, luego engullí la mitad, mi lengua bailando alrededor del glande. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, jadeando "¡Órale, qué rico!". Chupé con ganas, saboreando su pre-semen, mis jugos chorreando por mis piernas.

No aguanté más. Me paré, me quité el short y las panties de un jalón, quedando desnuda bajo las primeras estrellas. Mi coño depilado brillaba húmedo, invitándolo. Marco se bajó los pantalones, su culo firme expuesto. Me recargó contra la pared rugosa, el pirul susurrando con la brisa. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, el placer doliendo delicioso. Su verga estiraba mis paredes, frotando justo ahí, el punto que me volvía loca.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pieles húmedas, slap-slap resonando en el patio. El sudor nos unía, resbaloso y salado. Yo clavaba mis uñas en su espalda, oliendo su cuello, lamiendo la sal. "Más duro, pendejo, dame todo", le exigí, y él obedeció, follándome como poseído. Mis tetas rebotaban con cada golpe, mis gemidos mezclándose con su respiración agitada. Sentía mi clítoris hinchado rozando su pubis, chispas de placer acumulándose.

La tensión crecía, como la multitud antes del clímax de La Pasión de Iztapalapa. Cambiamos: yo de espaldas, él detrás, sus manos en mis caderas. Entró de nuevo, profundo, su saco golpeando mi culo. El placer era abrumador, mis piernas temblando. "Me vengo, Marco, ¡no pares!", chillé. El orgasmo explotó, olas de éxtasis contrayendo mi concha alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Nos quedamos así, jadeantes, unidos. El aire nocturno nos enfriaba el sudor, el aroma de sexo flotando pesado. Se salió despacio, un hilo de semen goteando. Me giró, besándome tierno ahora, sus labios hinchados. "Eres increíble, Ana. Neta, la mejor pasión de Iztapalapa". Reí, exhausta y satisfecha, mi cuerpo zumbando.

Nos vestimos entre risas y caricias. Caminamos de vuelta a la calle principal, la procesión terminando con aplausos y fuegos artificiales iluminando el cielo. Nos despedimos con promesas de vernos pronto, un número de cel garabateado en un papel. Mientras me iba con mis carnales, sentía su semen secándose entre mis piernas, un secreto cálido. Esa noche, en mi cama, reviví cada roce, cada sabor. La Pasión de Iztapalapa no era solo teatro; era real, ardiente, y la había vivido en carne propia.

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