Abismo de Pasion Capitulo 102
Isabella se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con la ciudad de México bullendo allá abajo como un mar de luces parpadeantes. El aire nocturno traía el aroma dulce de las jacarandas mezclándose con el humo lejano de los taquitos callejeros. Su piel bronceada, vestida solo con una bata de seda negra que rozaba sus curvas como una caricia prohibida, se erizaba ante la brisa. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal secreto, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. El corazón le latía fuerte, un tambor de deseo que resonaba en su pecho. ¿Y si esta noche caemos del todo en este abismo? pensó, mordiéndose el labio inferior, saboreando el leve gusto salado de su propia anticipación.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Marco, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba pinche problema en cada curva de sus labios. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales duros, ganados en el gym de la colonia Roma. Sus ojos oscuros la devoraron de inmediato, bajando por el escote de la bata hasta sus muslos firmes. "Isabella, mija, te extrañé tanto que me dolió el alma", murmuró con esa voz ronca, cargada de acento chilango puro. Ella sintió un calor líquido entre las piernas, el pulso acelerándose como si corriera en Insurgentes en hora pico.
Se acercó despacio, el sonido de sus pasos sobre el piso de mármol como un preludio erótico. Sus manos grandes tomaron su cintura, atrayéndola contra su cuerpo firme. El olor de su colonia, mezclado con su sudor natural, la invadió como una droga. "Marco... no sabes las noches que pasé pensando en ti, tocándome sola, imaginando tu verga dura dentro de mí", confesó ella en un susurro, su aliento cálido contra su cuello. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, saboreando el tequila que él había bebido antes. Las manos de Marco se colaron bajo la bata, acariciando la piel suave de su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas redondas con posesión juguetona.
Esto es el abismo de pasion capitulo 102, se dijo Isabella en su mente, mientras el mundo se desvanecía. Cada capítulo más profundo, más adictivo, como una telenovela que no puedes soltar.
La llevó adentro, cerrando la puerta con el pie. La sala estaba iluminada solo por velas que parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. La música de fondo, un bolero suave de Agustín Lara, llenaba el aire con promesas de placer. Isabella tiró de la camisa de él, desabotonándola con dedos temblorosos, revelando el torso velludo y marcado. Pasó las uñas por sus pezones oscuros, oyendo su jadeo ronco. "Qué chingón estás, cabrón", le dijo ella riendo bajito, con esa picardía mexicana que los unía. Él respondió quitándole la bata de un jalón, dejando su cuerpo desnudo expuesto: senos plenos con pezones erectos como chiles piquines, vientre plano y panocha depilada reluciendo de humedad.
La tensión crecía como una tormenta en el Popo. Marco la empujó suavemente al sofá de terciopelo rojo, arrodillándose entre sus piernas abiertas. Sus ojos brillaban de lujuria pura. "Déjame probarte, reina", suplicó, y su lengua caliente trazó un camino desde su ombligo hasta el clítoris hinchado. Isabella arqueó la espalda, gimiendo fuerte, el sonido ecoando en la habitación. Sentía cada lamida como fuego líquido: áspera, húmeda, saboreando su néctar salado y dulce. Sus dedos se enredaron en el pelo negro de él, tirando suave. "¡Ay, Marco, no pares, pendejo! Me traes loca", gritó, mientras oleadas de placer subían por sus muslos temblorosos. Él chupaba con devoción, introduciendo dos dedos gruesos en su interior apretado, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas.
Pero ella no era de quedarse atrás. Lo empujó hacia arriba, volteándolo en el sofá con fuerza juguetona. "Ahora me toca a mí, mi rey", ronroneó, desabrochando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas y la cabeza roja brillante de precum. El olor almizclado de su excitación la mareó. Isabella la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y varonil, mientras sus manos masajeaban las bolas pesadas. Marco gruñó como animal, "¡Chin! qué rica mamada, Isabella. Eres la mejor morra del mundo". Ella lo tomó entero en la boca, succionando con ritmo, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con el latido de su propio corazón desbocado.
La intensidad escalaba. Se pusieron de pie, tambaleantes de deseo, besándose mientras caminaban al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de satén negro arrugadas de anticipación. Marco la tumbó boca arriba, posicionándose entre sus piernas. Sus ojos se clavaron en los de ella: "Te quiero tanto, que duele. ¿Estás lista para caer conmigo?". Ella asintió, envolviendo sus caderas con las piernas. "Sí, cabrón, fóllame duro. Hazme tuya". Él entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Isabella sintió cada vena rozando sus paredes internas, el calor abrasador llenándola por completo. Gemían juntos, piel contra piel sudada, el slap slap de sus cuerpos uniéndose como música erótica.
El ritmo aumentó, salvaje. Marco embestía profundo, sus bolas golpeando su culo con cada thrust. Ella clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, oliendo el sudor fresco que perlaba su piel. "¡Más rápido, pinche semental! Siento tu verga tan adentro...", jadeaba ella, mientras su clítoris rozaba su pubis peludo. Las sensaciones explotaban: el roce ardiente, los jadeos entrecortados, el sabor de sus besos salados, el aroma de sexo puro impregnando el aire. Isabella sintió el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. "¡Me vengo, Marco! ¡Ay, Dios!", gritó, contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, chorros de placer mojando las sábanas.
Él no se detuvo, prolongando su éxtasis con embestidas precisas. Finalmente, con un rugido gutural, se corrió dentro de ella, chorros calientes inundándola, su cuerpo temblando sobre el de ella. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones latiendo al unísono. El silencio post-orgasmo era roto solo por sus respiraciones pesadas y el zumbido lejano de la ciudad.
Marco se acurrucó contra su pecho, besando suave sus senos. "Eres mi abismo, Isabella. Cada vez caemos más hondo". Ella sonrió, pasando dedos por su pelo húmedo, sintiendo la paz tibia del afterglow. El aroma de sus jugos mezclados flotaba en el aire, un perfume íntimo. Capítulo 102 cerrado con broche de oro, pensó, mientras el sueño los envolvía como una manta suave. Mañana, otro capítulo, otra caída al placer infinito.