Corazon Pas ion
La noche en Playa del Carmen olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas en la playa. El ritmo de la cumbia retumbaba en mis huesos, haciendo que mis caderas se movieran solas. Yo, Ana, con mi vestido floreado ceñido al cuerpo, sudaba un poquito bajo las luces de colores que parpadeaban al son de la música. Neta, hacía calor, pero no solo por el trópico; era esa vibra de fiesta que te prende el alma.
Ahí lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice órale, mami, ven pa'cá. Sus ojos cafés me clavaron como si ya supiera todos mis secretos. Estaba con unos cuates bailando, camisa blanca abierta dejando ver su pecho tatuado con un corazón latiendo. Me acerqué, fingiendo casualidad, y pedí una chela fría. Nuestras manos se rozaron al pasarla, y sentí un chispazo que me erizó la piel.
—Wey, ¿vienes a conquistarme o qué? —le solté, juguetona, con esa confianza que solo te da una buena noche mexicana.
—Si tú dejas, corazoncito, te llevo al cielo —respondió él, su voz ronca como el rugido del mar, acercándose tanto que olí su colonia mezclada con sudor fresco.
Empezamos a platicar entre sorbos de cerveza y risas. Hablaba de su vida como surfista, de olas gigantes en Puerto Escondido, y yo le conté de mis días como diseñadora en Cancún, creando joyas que capturan el espíritu maya. Pero debajo de las palabras, latía algo más. Sus miradas se demoraban en mis labios, en el escote donde mi piel brillaba con sudor. Mi corazón pasión ya galopaba, latiendo fuerte contra mis costillas.
La música nos jaló a la pista de arena. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me guiaban en un baile pegadito. Sentía su aliento caliente en mi cuello, el roce de su pecho contra mis tetas. Cada giro era una promesa, cada paso un roce que me humedecía las bragas. Chingado, qué hombre. Pensé en alejarme, pero neta, ¿pa' qué? Esto era puro fuego mexicano, consensual y ardiente.
¿Y si esta noche es la que cambia todo? Mi cuerpo grita sí, mi mente duda un segundo, pero el deseo gana.
La fiesta se ponía más loca, pero nosotros nos escabullimos. Caminamos por la playa, pies hundiéndose en la arena tibia, el oleaje susurrando secretos. La luna llena pintaba todo de plata, y el aire traía aroma a coco de algún vendedor lejano. Javier me tomó la mano, entrelazando dedos, y paramos frente a su cabaña rústica con palapas y hamacas.
—Pasa, mi reina. Quiero conocerte de verdad —dijo, abriendo la puerta con una llave que tintineó como música.
Adentro, velas parpadeaban, iluminando una cama king con sábanas blancas y una botella de tequila reposado en la mesa. Nos sentamos en el borde, y él sirvió shots. El líquido quemaba dulce la garganta, soltando mis inhibiciones. Platicamos más profundo: de amores pasados que no cuajaron, de sueños locos como viajar por la Riviera Maya en moto. Sus dedos trazaban círculos en mi rodilla, subiendo despacio, enviando ondas de calor a mi entrepierna.
Lo miré a los ojos, vi el hambre mutua. Me incliné y lo besé. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y sal, lengua explorando mi boca como si fuera un tesoro. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mi espalda, desatando el vestido. La tela cayó, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras bajo su mirada.
—Estás de poca madre, Ana. Perfecta —murmuró, bajando la cabeza para chupar uno, lengua girando lento, dientes rozando justo para hacerme arquear.
Sentí mi concha palpitar, jugos empapando mis panties. Le quité la camisa, arañando suave su pecho, bajando a su six pack marcado por el sol. Su verga ya presionaba contra los jeans, dura como hierro. La toqué por encima, sintiendo el pulso, y él gruñó, un sonido animal que me mojó más.
Nos recostamos, piel contra piel. Sus besos bajaban por mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mis muslos. Me quitó las bragas con dientes, olfateando mi aroma almizclado de excitación. Qué rico, separó mis labios con dedos gruesos, frotando el clítoris hinchado. Gemí fuerte cuando metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas.
Mi corazón pasión explota, cada caricia es un latido que me acerca al borde.
—Te voy a comer hasta que grites mi nombre —prometió, y su lengua atacó. Lamidas largas, chupadas suaves, succionando mi jugo como néctar. El sonido húmedo de su boca en mi panocha se mezclaba con mis jadeos y el romper de olas afuera. Me retorcía, manos en su pelo negro, empujándolo más adentro. El orgasmo vino como tsunami, cuerpo convulsionando, chorros calientes en su cara mientras gritaba ¡Javier, chingado!.
Él se levantó, quitándose los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con gota perlada en la punta. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras lo besaba. Qué chingona, pensé, saboreando su pre-semen salado.
—Muévete pa'cá, carnal —le dije, guiándolo dentro de mí. Entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Sus caderas empezaron un ritmo lento, profundo, cada embestida rozando mi G-spot. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, mezclándose con mi piel. Olía a sexo puro, a cuerpos en llamas.
Aceleramos. Él de rodillas, yo envuelta en sus brazos, piernas alrededor de su cintura. Follando duro, piel chocando con palmadas húmedas, gemidos convirtiéndose en gritos. Pásame la pasión, mi amor, jadeé, clavando uñas en su espalda. Sentí su verga hincharse más, mis paredes apretándolo como puño.
—Me vengo, mi vida —gruñó, y explotó dentro, chorros calientes bañando mi útero. Yo lo seguí, segundo orgasmo partiéndome en dos, visión borrosa de placer infinito.
Colapsamos, jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón aún acelerado. Besos suaves, caricias perezosas. Afuera, el mar cantaba arrullo.
—Eso fue corazón pasión puro, Ana. Tú y yo, conectados —dijo, trazando mi clavícula con dedo.
Sonreí, sintiendo paz profunda. No era solo sexo; era almas tocándose en la noche mexicana. Mañana quién sabe, pero esta noche fue eterna. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, alma plena. Órale, qué chido vivir así.