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Icono de Pasion Desatada

6954 palabras

Icono de Pasion Desatada

La galería de arte en el corazón de Polanco bullía de vida esa noche. Luces tenues iluminaban las paredes cubiertas de lienzos vibrantes, y el aroma a tequila reposado y jazmín flotaba en el aire. Yo, un fotógrafo freelance que andaba por ahí buscando inspiración, no podía quitarle los ojos de encima a ella. Sofia, la artista estrella de la expo, con su vestido rojo ceñido que marcaba cada curva como si fuera una escultura viva. La gente la llamaba icono de pasion, y neta que lo era: morena, ojos negros como la noche de Oaxaca, labios carnosos que prometían pecados deliciosos.

Me acerqué con una copa en la mano, el corazón latiéndome a todo lo que daba.

"Órale, qué chulada de pinturas", le dije, fingiendo que el lienzo abstracto de rojos y naranjas era lo que me tenía clavado.
Ella giró, su perfume dulce invadiéndome como una ola, y sonrió con esa picardía mexicana que te deshace.
"Gracias, guapo. ¿Te late el fuego o nomás vienes a posar de entendido?"
Su voz ronca, con ese acento chilango que me erizaba la piel, me puso a mil.

Charlamos un rato, coqueteando entre sorbos de mezcal. Me contó que sus cuadros nacían de sus sueños más calientes, de esa pasión que le ardía por dentro. Yo le confesé que la había visto en una expo anterior y desde entonces era mi musa secreta. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de manos. Sentía el calor de su cuerpo cerca del mío, el sonido de su risa mezclándose con el jazz suave de fondo. ¿Y si la invito a salir de aquí?, pensé, mientras mi mente ya la desnudaba.

La noche avanzaba, y cuando la galería empezó a vaciarse, ella me tomó de la mano.

"Ven a mi taller, quiero mostrarte algo privado."
No lo pensé dos veces. Subimos a su auto, un Mustang rojo que rugía como su energía, y manejamos por las calles iluminadas de la Roma. El viento entraba por la ventana, trayendo olor a tacos de la esquina y a su piel sudada. Mi verga ya palpitaba, dura como piedra, imaginando lo que vendría.

En su taller, un loft con vistas al skyline, el aire estaba cargado de trementina y algo más primal: deseo puro. Lienzos a medio terminar cubrían las paredes, todos con explosiones de color que gritaban sexo. Sofia se quitó los zapatos, descalza sobre el piso de madera que crujía bajo sus pies.

"Aquí es donde despierto mi icono de pasion", murmuró, acercándose tanto que sentí su aliento caliente en mi cuello.

La besé entonces, sin más preámbulos. Sus labios suaves y jugosos sabían a mezcal y miel, su lengua danzando con la mía en un tango furioso. Mis manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo el vestido. Ella gimió bajito, un sonido que me recorrió la espina como corriente eléctrica. Qué rica, pinche diosa, pensé mientras la levantaba y la sentaba en la mesa de trabajo. El vestido se subió, revelando muslos morenos y lisos, y un tanga negro que apenas cubría su monte de Venus.

Le quité el vestido despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Sus tetas perfectas, redondas y erguidas, con pezones oscuros que se endurecían al aire fresco. Las chupé, lamiendo el salado de su sudor, mordisqueando suave hasta que arqueó la espalda y jadeó:

"¡Ay, cabrón, no pares!"
Sus uñas se clavaron en mi nuca, enviando chispas de dolor placentero. Yo bajé más, besando su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Le arranqué el tanga, y ahí estaba: su coño depilado, hinchado y húmedo, brillando bajo la luz de las velas.

Metí la lengua, probando su néctar dulce y salado, lamiendo el clítoris hinchado mientras ella se retorcía.

"¡Sí, así, lame mi concha, pendejo caliente!"
gritó, jalándome el pelo. El sabor era adictivo, como tamarindo maduro mezclado con pecado. Mis dedos entraron en ella, dos, luego tres, sintiendo las paredes calientes y apretadas que me succionaban. Ella gozaba fuerte, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca, el taller lleno de sus gemidos y el chapoteo húmedo.

Pero quería más. Me puse de pie, me quité la ropa a la brava, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando pre-semen. Sofia la miró con hambre,

"Qué chingona, ven a follarme."
La cargué hasta el colchón en el suelo, rodeado de cojines y telas suaves. Nos besamos de nuevo, cuerpos pegados, piel contra piel sudada. Sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho, sus piernas envolviéndome la cintura.

La penetré despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño me tragaba entero. ¡Qué apretada, Virgen de Guadalupe! Estábamos los dos jadeando, el sudor chorreando, el olor a sexo invadiendo todo. Empecé a bombear, lento y profundo, luego más rápido, el sonido de carne contra carne retumbando como tambores aztecas. Ella clavaba las uñas en mi espalda, arañando, gritando:

"¡Más duro, rómpeme, soy tu icono de pasion!"

La volteé a cuatro patas, admirando su culo redondo y perfecto. Le di nalgadas suaves, viendo cómo la piel se enrojecía, y volví a entrar, esta vez desde atrás, golpeando su próstata... digo, su punto G profundo. Mis bolas chocaban contra su clítoris, y ella se volvía loca, masturbándose mientras yo la taladraba.

"¡Me vengo, ayúdame a correrme!"
Su coño se contrajo como un puño, ordeñándome, chorros de jugo caliente empapando las sábanas. Ese apretón me llevó al borde.

Cambié de posición, la puse encima. Sofia cabalgó como jinete en rodeo, tetas rebotando, pelo negro volando. Yo la amasaba, pellizcando pezones, mientras ella giraba las caderas en círculos infernales. El clímax nos alcanzó juntos: ella gritando mi nombre, yo rugiendo como león, eyaculando chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta que rebosó. Sentí cada pulso, cada espasmo, el mundo reduciéndose a ese placer explosivo.

Caímos exhaustos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, el latido de mi corazón como tambor para ella. Olía a sexo, a nosotros, a pasión consumada.

"Eres increíble", susurró, besándome el cuello.
Yo la abracé, sintiendo la paz después de la tormenta. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en su taller, habíamos creado nuestra propia obra maestra.

Nos quedamos así un rato, hablando de nada y todo. De cómo la icono de pasion que todos veían en sus cuadros ahora ardía en carne viva conmigo. No era solo un polvo; era conexión, fuego mexicano que no se apaga fácil. Cuando amaneció, con el sol filtrándose por las ventanas, supe que esto era solo el principio. Ella, mi musa eterna, y yo, su devoto.

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