Pasión Cap 82 El Despertar del Deseo
La luz tenue del atardecer teñía de naranja las calles empedradas de San Miguel de Allende, mientras yo, Leticia, caminaba con el corazón latiéndome a mil por hora hacia la plaza principal. Hacía meses que no veía a Diego, mi amor intermitente, ese chulo moreno con ojos que prometían pecados deliciosos. Habíamos quedado en la fuente del centro, donde el agua murmuraba secretos como un amante ansioso. El aire olía a jazmines frescos y a tacos de carnitas asándose en un puesto cercano, un aroma que me hacía salivar no solo por la comida.
Lo vi de lejos, recargado en una banca con esa pose despreocupada, camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho.
¿Por qué carajos me pones así cada vez, pendejo?pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Me acerqué con pasos lentos, mis sandalias de tacón resonando contra el empedrado, y él se enderezó al instante, su sonrisa lobuna iluminando todo.
—Mamacita, qué buena estás —murmuró al abrazarme, su voz ronca como tequila reposado deslizándose por mi garganta. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, apretándome contra su cuerpo firme, y olí su colonia mezclada con sudor fresco, ese olor que me volvía loca.
Nos sentamos en la banca, charlando de tonterías: mi trabajo en la galería de arte, sus viajes vendiendo vinos por Guanajuato. Pero la tensión crecía como tormenta de verano. Sus dedos rozaban mi muslo desnudo bajo la falda corta, enviando chispas por mi piel. Neta, quería montármelo ahí mismo, pero nos controlamos. —Vamos a mi hotel, carnal —le propuse, mi voz temblorosa de anticipación.
El trayecto en taxi fue un suplicio delicioso. Su mano subió por mi pierna, rozando el encaje de mis calzones, y yo mordí mi labio para no gemir. El chofer nos miró por el retrovisor con picardía, pero nos valía. Llegamos al boutique hotel en la colonia Guadalupe, con sus paredes de adobe blanco y velas aromáticas en cada rincón. Subimos las escaleras de caracol, su aliento caliente en mi nuca, y apenas cerramos la puerta de la suite, sus labios cayeron sobre los míos como hambre acumulada.
Beso salvaje, lenguas enredadas saboreando el dulce de mi gloss de fresa y el salado de su boca. Lo empujé contra la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo su peso. Me quité la blusa despacio, dejando que mis senos rebotaran libres, pezones duros como piedras preciosas bajo su mirada ardiente. —Qué chingones —gruñó, incorporándose para lamer uno, su lengua áspera haciendo círculos que me erizaban la piel entera.
Me recosté, abriendo las piernas invitadora, y él se arrodilló entre ellas como un devoto. Sus dedos bajaron mi falda y calzones en un movimiento fluido, exponiendo mi panocha húmeda y palpitante. El aire fresco del ventilador rozaba mi clítoris hinchado, pero nada comparado con su aliento caliente cuando se acercó.
Esto es Pasión Cap 82, nuestra entrega favorita, donde la protagonista se rinde al placer total, recordé de esa novela erótica mexicana que leíamos juntos en secreto, la que nos había inspirado noches como esta.
—Saboreame, pendejo —le ordené juguetona, y él obedeció, su lengua plana lamiendo desde mi entrada hasta el botón sensible. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las vigas de madera, mientras sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce y salado, mezclado con su sudor. Chupaba con hambre, succionando mi clítoris como si fuera un dulce de tamarindo, y yo arqueé la espalda, uñas clavadas en su cabello negro revuelto.
Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y masculina. Él jadeó, caderas empujando instintivo, qué rico verlo perder el control. Lo tragué profundo, garganta relajada por práctica, mientras mis manos jugaban con sus bolas pesadas.
—No aguanto más, mi reina —confesó con voz quebrada, y yo sonreí triunfante, montándome a horcajadas. Froté mi humedad contra su longitud, lubricándonos mutuamente, el roce eléctrico haciendo que mis muslos temblaran. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenaba cada rincón vacío de mi ser. ¡Ay, cabrón! el placer era cegador, paredes internas apretándolo como guante.
Cabalgamos despacio al principio, mis senos rebotando con cada movimiento, sus manos guiando mis caderas. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros gemidos sincronizados. Sudábamos, gotas resbalando por mi espina dorsal, oliendo a sexo puro y pasión desatada. Aceleré, rotando las caderas en círculos que lo volvían loco, su verga golpeando ese punto dulce adentro.
En Pasión Cap 82 ella toma el control y él se rinde, justo como ahora, pensé, el recuerdo avivando el fuego.
Me volteó sin aviso, poniéndome a cuatro patas sobre las almohadas mullidas. Entró de nuevo de un embestida profunda, sus bolas chocando contra mi clítoris, y grité de placer. Me jalaba el pelo suave, no violento, solo dominante juguetón, mientras su otra mano bajaba a frotar mi botón hinchado. El ritmo era feroz ahora, cama temblando, mi corazón retumbando en oídos. Sentía cada vena de su polla frotando mis paredes, el calor construyéndose como volcán.
—Vente conmigo, Leticia —ordenó ronco, y eso bastó. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, músculos convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Él se hundió profundo una última vez, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos.
Nos quedamos así un rato, respiraciones agitadas calmándose, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón. Besos suaves en mi piel, caricias perezosas. —Esto fue épico, como Pasión Cap 82 pero en esteroides —rió bajito, y yo le pellizqué juguetona.
—La próxima será Cap 83, wey, prepárate —le contesté, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado pero ya anhelando más. Afuera, las campanas de la parrocha tañían la hora, y el viento traía olor a buganvilias. En sus brazos, todo era perfecto, nuestra pasión eterna como las fiestas patronales de este pueblo mágico.