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Pasión Prohibida Capítulo 56

7458 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 56

La noche en Polanco envolvía todo con su velo de luces tenues y el bullicio lejano de la ciudad que nunca duerme. Ana se miró en el espejo del hotel, ajustando el escote de su vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa. ¿Qué chingados estoy haciendo aquí otra vez? pensó, mientras el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el leve sudor de anticipación que perlaba su nuca. Hacía semanas que no veía a Javier, pero cada mensaje, cada mirada robada en las reuniones familiares, avivaba esa pasión prohibida que los consumía desde el primer roce accidental en la boda de su hermana.

Él era el cuñado perfecto a los ojos de todos: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que derretía voluntades. Pero para ella, Javier era fuego puro, el wey que la hacía sentir viva en medio de su matrimonio gris con Roberto, un hombre bueno pero soso como pan sin sal.

Esta noche es nuestro capítulo 56, el que nadie más leerá, pensó Ana, recordando cómo habían bautizado su aventura como una novela erótica secreta que solo ellos escribían con sus cuerpos.
El corazón le latía con fuerza, un tambor que resonaba en sus oídos por encima del zumbido del aire acondicionado.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, con camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Javier entró sin decir palabra, cerrando con llave y avanzando hacia ella como un depredador elegante. Sus ojos chocolate se clavaron en los de Ana, devorándola entera.

—Órale, nena, luces como diosa del pecado —murmuró él, su voz ronca rozando el aire como terciopelo áspero.

Ana tragó saliva, sintiendo el calor subirle por las mejillas hasta el vientre. Se acercó, sus tacones repiqueteando en el mármol frío del piso. El olor a su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, la invadió, despertando recuerdos de noches pasadas: lenguas enredadas, uñas clavándose en espaldas, gemidos ahogados contra almohadas.

—No seas pendejo, Javier. Si nos cachan, se arma el desmadre —susurró ella, pero su cuerpo la traicionaba, arqueándose hacia él como imán.

Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de Ana cuando la rodeó con brazos fuertes. Sus manos grandes subieron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al suelo en un susurro sedoso, dejando a Ana en lencería de encaje rojo que contrastaba con su piel morena. Javier aspiró hondo, inhalando su esencia: vainilla dulce y deseo crudo.

La besó entonces, lento al principio, labios carnosos probando los suyos como si saboreara un tequila añejo. Ana gimió suave, el sabor salado de su boca mezclándose con el suyo propio, mientras sus lenguas danzaban un tango prohibido. Sus dedos se enredaron en el cabello de él, tirando lo justo para oírlo gruñir, un sonido animal que le erizó la piel.

La llevó a la cama king size, tumbándola con gentileza fiera. Javier se quitó la camisa, revelando abdominales marcados por horas en el gym y cicatrices leves de una juventud salvaje. Ana lo miró, lamiéndose los labios, el pulso acelerado latiéndole en las sienes y entre las piernas. Qué rico se ve, cabrón, pensó, mi pasión prohibida hecha hombre.

Él se arrodilló entre sus muslos, besando el interior suave de sus rodillas, subiendo con mordiscos juguetones que la hacían retorcerse. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso contra la piel sensible, enviando chispas directas a su centro. Ana jadeó cuando sus labios alcanzaron el encaje húmedo, el aliento caliente filtrándose a través de la tela.

—Estás chorreando por mí, muñeca —dijo Javier, voz cargada de triunfo, mientras deslizaba la tanga a un lado.

Su lengua la encontró al instante, lamiendo con devoción, saboreando su néctar salado y dulce. Ana arqueó la espalda, garras en las sábanas blancas, el olor almizclado de su propia excitación llenando la habitación junto al perfume de él. Cada lamida era un latigazo de placer, círculos lentos alrededor de su clítoris hinchado, succiones que la llevaban al borde. ¡Ay, Diosito, no pares! gritó en su mente, mordiéndose el labio para no despertar a los huéspedes vecinos.

Pero Javier conocía su cuerpo como un mapa sagrado. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, en ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de sus movimientos se mezclaba con sus gemidos ahogados, un coro obsceno que aceleraba su pulso. Ana se corrió primero, olas de éxtasis rompiendo en ella, piernas temblando, visión nublada por el placer cegador. Gritó su nombre, un eco ronco: ¡Javier!

Él no se detuvo, lamiendo hasta el final, prolongando las réplicas hasta que ella lo jaló hacia arriba, desesperada por más. Lo desvistió con manos torpes, bajando pantalón y bóxers para liberar su verga dura, palpitante, venosa y lista. La tomó en su palma, acariciando de raíz a punta, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Javier siseó, ojos entrecerrados.

—Chúpamela, reina, como solo tú sabes —rogó él, voz quebrada.

Ana se lamió los labios, bajando para engullirlo. El sabor salobre de su pre-semen la embriagó, mientras lo tomaba profundo, garganta relajada por práctica. Su lengua jugaba con la cabeza sensible, succionando con hambre, manos masajeando sus bolas pesadas. Javier gruñó, caderas moviéndose instintivo, follándole la boca con cuidado. El olor a macho puro la mareaba, sudor fresco perlándole la frente.

Pero querían más, siempre más en esta pasión prohibida capítulo 56 de su saga secreta. Javier la volteó boca abajo, almohada bajo caderas, y se posicionó atrás. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola hasta el fondo. ¡Qué grande, pendejo, me rompes en dos! pensó extasiada, mientras él embestía suave al inicio.

El ritmo creció, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sudor uniéndolos en una segunda piel resbalosa. Javier le jalaba el pelo con ternura bruta, mordiendo su hombro mientras la penetraba profundo. Ana empujaba hacia atrás, clítoris frotándose contra la almohada, doble placer construyéndose. Sus pechos rebotaban pesados, pezones duros rozando sábanas frescas.

—Te amo, Ana, joder, no aguanto más —jadeó él, acelerando, bolas golpeando su culo redondo.

Ella volteó cabeza, besándolo torpe, lenguas chocando salvajes. El clímax los alcanzó juntos: Javier se hinchó dentro, eyaculando chorros calientes que la llenaron, mientras Ana explotaba de nuevo, paredes contrayéndose ordeñándolo. Gritos mudos, cuerpos temblando, el mundo reduciéndose a ese unión prohibida.

Colapsaron exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Javier la abrazó por atrás, verga aún semi-dura dentro, besando su cuello salado. El aroma a sexo impregnaba el aire, mezclado con sus perfumes agotados. Ana suspiró, mano sobre la de él en su vientre.

Esta pasión prohibida nos va a matar algún día, pero qué muerte tan chingona, se dijo, mientras el sueño la reclamaba.

La ciudad seguía rugiendo afuera, indiferente a su secreto. En ese afterglow, con pulsos calmándose y pieles enfriándose, Ana supo que habría un capítulo 57. Porque Javier era su vicio, su fuego eterno, y ella no podía —ni quería— apagarlo.

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