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Pasion Pelicula en la Piel

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Pasion Pelicula en la Piel

La noche en el cine de la Roma estaba perfecta, con ese olor a palomitas dulces mezclándose con el perfume de las parejas que se arrumaban en las butacas. Yo, Ana, había convencido a Marco de venir a ver Pasion Pelicula, esa cinta nueva que prometía ser un fuego puro, llena de besos robados y cuerpos que se enredan como si no hubiera mañana. Él, mi carnal de ojos cafés y sonrisa pícara, se recargó en el asiento, su mano ya buscando la mía en la oscuridad. Neta, desde que compramos los boletos, sentía un cosquilleo en el estómago, como si el destino ya nos estuviera guiñando el ojo.

La pantalla se encendió y la historia empezó: una morra como yo, intensa y libre, topándose con un vato que la hace vibrar hasta el alma. Los actores se miraban con esa hambre que te eriza la piel, sus labios rozándose en un beso que parecía eterno. Sentí la palma de Marco caliente contra la mía, sus dedos entrelazándose con fuerza. ¿Por qué carajos esta peli me está poniendo así de caliente?, pensé, mientras mi blusa de algodón se pegaba un poco a mi espalda por el calor que subía desde mi entrepierna. El sonido de las respiraciones agitadas en la cinta llenaba el auditorio, y de pronto, la mano de Marco subió por mi muslo, despacito, como probando el terreno. No dije nada, solo apreté las piernas, sintiendo el roce de sus yemas callosas contra mi falda tejida.

En la pantalla, la pareja se desnudaba bajo la luz de una luna mexicana, sus cuerpos brillando con sudor salado. Olía a jazmín en el aire del cine, o tal vez era mi propio aroma mezclándose con el de él, ese musk terroso que siempre me volvía loca. Marco se inclinó hacia mí, su aliento cálido en mi oreja: "Chingón, esta pasion pelicula nos va a matar a los dos, ¿verdad, mi reina?". Su voz ronca me recorrió la espina, y asentí, mordiéndome el labio. Su dedo índice trazó un círculo en mi rodilla, subiendo centímetro a centímetro, hasta que toqué su mano para detenerlo... o animarlo. El corazón me latía como tambor en fiesta, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera, cálida y pegajosa.

Salimos del cine con las mejillas ardiendo, el eco de los gemidos de la peli todavía retumbando en nuestras cabezas. Caminamos rápido hacia su vochito estacionado en la calle empedrada, las luces de neón de los antros reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. Adentro del coche, el cuero de los asientos crujió cuando me senté a horcajadas sobre él, mis rodillas hundiéndose en el piso. "No seas pendejo, Marco, llévame a casa ya", le dije juguetona, pero mis caderas ya se movían solas, frotándome contra la dureza que crecía bajo sus jeans. Él rio bajito, sus manos grandes agarrando mis nalgas con fuerza, amasándolas como masa de tamal. El olor a su colonia barata y sudor fresco me invadió las fosas nasales, delicioso, adictivo.

Quiero devorarlo aquí mismo, neta, como en esa pinche pasion pelicula, sin reglas ni frenos.

El trayecto a mi depa en la Condesa fue un tormento bendito. Sus dedos se colaban bajo mi falda cada alto en el semáforo, rozando el encaje de mis calzones, haciendo que jadeara contra el vidrio empañado. "Estás empapada, mi amor", murmuró, metiendo un dedo juguetón adentro, solo un poquito, para sacarlo brillante y lamerlo con esa mirada de lobo. Saboreé su boca cuando nos besamos en el siguiente alto, su lengua danzando con la mía, gusto a chicle de menta y deseo puro. Mi clítoris palpitaba, rogando más, y apreté sus hombros, mis uñas clavándose en su camisa.

Llegamos al edificio y subimos las escaleras tropezando, riendo como chavos tontos. Adentro de mi cuarto, iluminado solo por la luna que se colaba por la ventana, tiré mi bolso al suelo. El aire olía a mi vela de vainilla apagada y al jazmín del balcón. Marco me empujó suave contra la pared, sus labios devorando mi cuello, chupando la piel hasta dejar un moretón rosado. "Te quiero toda, Ana, como en esa película de pasion pelicula", gruñó, mientras sus manos levantaban mi blusa, exponiendo mis tetas al fresco de la noche. Sus pezones se endurecieron al instante con el aire, y él los tomó en su boca, succionando con hambre, la lengua girando en espirales que me hacían arquear la espalda.

Me arrodillé despacio, desabrochando su cinturón con dientes, el sonido metálico del cierre retumbando en mi cabeza. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro, a sexo inminente. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su prepucio, gimiendo cuando él enredó sus dedos en mi pelo. "Qué chido, mi vida, no pares", jadeó, sus caderas empujando suave. Lo chupé profundo, garganta relajada, sintiendo cómo latía contra mi paladar, el calor subiendo por mi pecho. Mis jugos corrían por mis muslos, el encaje empapado rozando mi piel sensible.

Lo empujé a la cama, mi cama king con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Me quité la falda de un tirón, quedando en calzones y nada más, mi cuerpo curvilíneo expuesto para él. Marco se lamió los labios, sus ojos devorándome. "Eres mi pinche diosa", dijo, y gateé sobre él, frotando mi coño contra su polla dura, lubricándola con mi humedad. El roce era eléctrico, piel contra piel, calor contra calor. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, gimiendo alto cuando me llenó por completo, estirándome delicioso. Dios mío, qué grande se siente, como si me partiera en dos de placer.

Cabalgamos así, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos guiando mis caderas. El sonido de carne chocando carne llenaba la habitación, chapoteos húmedos y gemidos roncos. Sudábamos juntos, gotas resbalando por mi espalda, su pecho pegajoso contra el mío cuando me incliné para besarlo. "Más fuerte, carnal, dame todo", le supliqué, y él obedeció, volteándome de golpe para ponerme a cuatro patas. Entró desde atrás, profundo, su vientre golpeando mis nalgas, el placer subiendo como ola en la playa de Acapulco.

Esto es mejor que cualquier pasion pelicula, neta, es nuestra propia cinta, privada y ardiente.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro de mí. Sentía cada vena, cada pulso, el roce en mi punto G que me hacía ver estrellas. Él metió una mano entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado con círculos precisos, y exploté primero, el orgasmo rompiéndome en mil pedazos. Grité su nombre, el cuerpo temblando, jugos chorreando por sus bolas. Él no tardó, gruñendo como bestia, llenándome con chorros calientes que me hicieron correrme de nuevo, más suave, más profundo.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. El aire olía a sexo crudo, a semen y sudor mezclado con vainilla. Nuestros corazones latían al unísono, calmándose poco a poco. "Esa pasion pelicula fue solo el principio, mi amor", murmuró él, besando mi piel salada. Yo sonreí en la oscuridad, sintiendo su calor contra mí, el afterglow envolviéndonos como manta suave. Esto es lo que quiero siempre: nosotros, reales, sin guion, pero con todo el fuego del mundo.

Nos quedamos así hasta el amanecer, planeando la secuela de nuestra propia historia, sabiendo que cada noche sería una nueva toma de pasión infinita.

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