Pasion Entre Dos Personas
En el corazón de la Zona Rosa, donde las luces neón parpadean como promesas calientes y la música salsa retumba en el pecho, Karla entró al bar con el vestido rojo ceñido que le hacía sentir como una diosa. El aire olía a tequila reposado, sudor fresco y ese perfume dulzón de las noches mexicanas que prometen desmadre. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo más que un trago: pasión entre dos personas que la hiciera olvidar el estrés del jodido trabajo en la agencia de publicidad.
Se sentó en la barra, cruzando las piernas con gracia, y pidió un margarita con sal. El bartender, un morro simpático, le guiñó el ojo. Órale, reina, ¿qué tal si te pongo extra picante?
Ella rio, sintiendo el cosquilleo en la piel. Entonces lo vio. Diego, alto, con camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y un tatuaje asomando en el cuello. Sus ojos cafés profundos la atraparon como un imán. Él estaba con unos cuates, pero su mirada se clavó en ella, intensa, como si ya supiera lo que vendría.
¿Qué carajos me pasa? Este wey me ve y ya siento el calor subiendo por las piernas, pensó Karla, mientras sorbía su trago. El limón ácido explotó en su lengua, refrescante contra la humedad que empezaba a formarse entre sus muslos. Diego se acercó, con esa sonrisa chueca tan mexicana, pícara. ¿Bailamos, preciosa? No muerdo... a menos que me lo pidas.
Su voz grave vibró en el aire cargado de ritmos cubanos.
La pista estaba repleta, cuerpos pegados sudando al compás. Él la tomó de la cintura, fuerte pero suave, y la giró. Sus manos grandes en su cadera enviaron chispas eléctricas por su espina. El olor de su colonia, madera y algo salvaje, se mezcló con el de su propio aroma floral. Pinche pasion entre dos personas, neta que esto es lo que necesitaba, se dijo mientras sus pechos rozaban su torso firme. Cada vuelta, cada paso, la tensión crecía: el roce de sus muslos, el aliento caliente en su oreja, el latido acelerado que sentía contra su vientre.
Después de tres canciones, jadeantes, se fueron a una mesa apartada. Él pidió tequilas dobles. Salud por las noches que no se olvidan, Karla.
¿Cómo sabía su nombre? Se lo había dicho en la barra, pero él lo repetía como una caricia. Sus rodillas se tocaron bajo la mesa, y ella no las apartó. Hablaron de todo: de la CDMX caótica que aman, de tacos al pastor perfectos, de sueños locos. Pero bajo las palabras, el fuego ardía. Sus dedos jugaban con el borde de su vaso, rozando los de ella accidentalmente... o no.
No aguanto más. Quiero sentirlo todo. El alcohol zumbaba en sus venas, pero era él quien la embriagaba. ¿Salimos de aquí?
murmuró Diego, su voz ronca. Ella asintió, el pulso retumbando en sus oídos como tambores.
El taxi los llevó a su depa en Polanco, un loft moderno con vistas a la ciudad iluminada. Apenas cerraron la puerta, sus bocas se encontraron. Beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo. Sus manos exploraban: él desabrochó su vestido, dejando caer la tela roja al piso con un susurro suave. Ella sintió el aire fresco en su piel desnuda, solo en lencería negra. Eres una chulada, Karla. Pinche tentación
, gruñó él, besando su cuello, mordisqueando suave.
Lo empujó al sofá, quitándole la camisa. Su pecho moreno, músculos tensos bajo sus palmas. Olía a hombre puro, sudor limpio y esa colonia que la volvía loca. Sus pezones se endurecieron al roce de sus labios. Su boca... ay, cabrón, qué bien sabe. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, palpitante. La tocó con reverencia, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Él gimió, un sonido gutural que la mojó más.
Se arrodilló, mirándolo a los ojos. Quiero probarte, Diego.
Su lengua lamió la punta, salada, deliciosa. Lo tomó en la boca, chupando lento, profundo, oyendo sus jadeos roncos. ¡Mierda, qué rico! exclamó él, enredando dedos en su cabello. Ella aceleró, saboreando cada pulgada, el pulso en su garganta.
Él la levantó, la cargó al cuarto. La cama king size los recibió, sábanas frescas de algodón egipcio. La desvistió por completo, besando cada centímetro: pechos llenos, vientre plano, el monte de Venus húmedo. Sus dedos encontraron su clítoris, frotando círculos perfectos. ¡Sí, así, no pares! gritó ella internamente, arqueando la espalda. El olor a sexo llenaba la habitación, almizclado, excitante. Él lamió su coño, lengua experta hundiéndose, succionando. Karla temblaba, uñas clavadas en su espalda, el placer construyéndose como una ola en Acapulco.
Esta pasion entre dos personas es puro fuego, me quema viva y lo amo, pensó mientras él se ponía condón, rápido y seguro. Se montó en él, guiándolo adentro. Llenura absoluta, estirándola delicioso. Cabalgó lento al principio, sintiendo cada vena, cada embestida contra su punto G. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El slap-slap de piel contra piel, gemidos mezclados con risas jadeantes.
¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!exigió ella, y él obedeció, volteándola a cuatro patas.
Desde atrás, la penetró profundo, manos en sus caderas, jalando cabello suave. El espejo al frente mostraba el espectáculo: sus cuerpos brillantes de sudor, ella con boca abierta en éxtasis, él embistiendo como un toro. El olor a sexo intenso, el sabor salado de su piel cuando lo besó de lado. La tensión crecía, coño apretándolo, bolas golpeando su clítoris. Me vengo... ya...
El orgasmo la destrozó, olas de placer convulsionándola, gritando su nombre. Él la siguió, gruñendo, llenando el condón con chorros calientes. Colapsaron, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El silencio roto solo por el tráfico lejano y sus corazones galopantes.
Después, en la ducha, agua caliente cascabeando sobre ellos. Jabón espumoso, manos lavando con ternura. Eres increíble, Karla. Neta, no quiero que esto acabe aquí.
Ella sonrió, besándolo bajo el chorro. Quizá no acabe. Esta pasion entre dos personas podría ser el inicio de algo chingón.
Se secaron, envolviéndose en toallas suaves. En la cama, cuerpos desnudos pegados, hablaron hasta el amanecer. De la vida en México, de antojos de chilaquiles, de volver a bailar salsa. El sol tiñó las cortinas de oro, y Karla sintió una paz profunda, el afterglow envolviéndola como un abrazo.
Se despidieron con un beso largo, prometiendo más. Salió a la calle, el sol calentando su piel aún sensible, sonrisa permanente. Pasion entre dos personas... qué chingonería. La ciudad bullía, pero ella flotaba, satisfecha, lista para lo que viniera.