Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Kenia Abismo de Pasión (1) Kenia Abismo de Pasión (1)

Kenia Abismo de Pasión (1)

6338 palabras

Kenia Abismo de Pasión

Alejandro caminaba por la playa de Puerto Vallarta bajo el sol del atardecer, el arena caliente aún quemándole las plantas de los pies. El mar susurraba promesas con sus olas suaves, y el aire traía ese olor salado mezclado con el aroma de cocos asados de los vendedores ambulantes. Hacía meses que no se sentía tan vivo, desde que dejó atrás el estrés de la ciudad. Neta, necesito esto, pensó, mientras su mirada se perdía en el horizonte.

Entonces la vio. Kenia. Estaba de pie junto a una palmera, con un vestido ligero de gasa blanca que se pegaba a su piel morena por la brisa marina. Su cabello negro caía en ondas salvajes hasta la cintura, y sus ojos, oscuros como el fondo del océano, lo atraparon de inmediato. Era curvilínea, con caderas que prometían pecado y labios carnosos que invitaban a morderlos. Kenia, abismo de pasión, se le cruzó por la mente como un relámpago, sin saber por qué. Ella reía con unas amigas, su voz ronca cortando el aire como una caricia.

Se acercó, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. “Órale, guapa, ¿esta playa te queda chica o qué?”, le dijo con una sonrisa pícara. Ella giró, lo midió de arriba abajo y soltó una carcajada que le erizó la piel. “Wey, si vienes con esa labia, capaz y te sigo el rollo”, respondió, con ese acento norteño juguetón que lo desarmó. Se llamaba Kenia, de Monterrey, aquí de vacaciones con las morras. Charlaron de todo: del pinche calor, de tacos de mariscos y de cómo la vida en México siempre te sorprende con sus curvas.

La tensión creció rápido. Sus manos rozaron al pasar una cerveza fría, y el contacto fue eléctrico, como si sus pieles hablaran solas. El sudor perlaba su escote, y él no podía dejar de imaginar el sabor salado de su cuello. “Ven, bailemos”, le propuso ella, tirando de su mano hacia la zona donde sonaba cumbia rebajada. Sus cuerpos se pegaron en la arena, el ritmo latiendo en sincronía con sus pulsos acelerados. Olía a vainilla y a algo más primitivo, su perfume mezclado con el calor de su piel.

¿Qué carajos me pasa con esta chava? Es como si me jalara a un hoyo sin fondo, pero qué rico se siente, pensó Alejandro, mientras sus caderas se mecían contra las de ella.

La noche cayó como un manto estrellado, y terminaron en una cabaña playera que ella había rentado, lejos del bullicio. El viento traía el rumor del mar, y la luz de la luna se colaba por las cortinas de bambú. Kenia lo miró con ojos encendidos. “No soy de las que da vueltas, Alejandro. Si quieres, ven y tómame, pero hazlo bien chingón”. Él no lo pensó dos veces; la besó con hambre, sus labios suaves y calientes abriéndose para él como una flor nocturna. Sabía a tequila y a menta, un néctar que lo volvía loco.

Sus manos exploraron. Deslizó los dedos por su espalda, sintiendo la curva de su espina dorsal bajo la tela fina. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho. “Quítamelo todo, pendejo”, murmuró contra su boca, y él obedeció, arrancando el vestido con urgencia. Su cuerpo desnudo era un templo: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos por el aire fresco, vientre plano y ese monte de Venus que lo llamaba. La tocó, suave al principio, trazando círculos en su piel suave como terciopelo. El olor de su excitación lo invadió, almizclado y dulce, haciendo que su verga se pusiera dura como piedra.

La llevó a la cama de sábanas blancas, el colchón hundiéndose bajo su peso. Ella se arrodilló sobre él, cabalgándolo con los ojos fijos en los suyos. “Mírame, carnal. Siente cómo te quiero”. Sus uñas arañaron su pecho, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente. Él la agarró de las nalgas, redondas y firmes, amasándolas mientras ella se movía. El slap de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos. Sudor goteaba de su frente al valle entre sus senos, y él lo lamió, salado y caliente.

El deseo escalaba como una ola gigante. Kenia se inclinó, sus tetas rozando su torso, y lo besó profundo, lenguas enredadas en una danza húmeda. “Más adentro, wey, no te rajes”, lo provocó, y él la volteó, poniéndola a cuatro patas. El vista de su culo alzado lo enloqueció; entró en ella despacio, sintiendo su calor envolvente, apretado y resbaladizo. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte: “¡Sí, así, chingame duro!”. El ritmo se aceleró, sus caderas embistiendo con fuerza, el sonido de carne contra carne como un tambor primitivo.

Internamente, Alejandro luchaba con la intensidad. Esta morra es puro fuego, un abismo que me traga entero. No quiero que acabe nunca. Sus manos subieron a sus caderas, guiándola, mientras el olor de sexo impregnaba el aire. Ella giró la cabeza, mordiéndose el labio, y él vio el éxtasis en su rostro: mejillas sonrojadas, ojos entrecerrados, boca entreabierta soltando gemidos que eran música pura. Tocó su clítoris hinchado, frotando en círculos, y ella tembló, sus paredes contrayéndose alrededor de él.

La tensión llegó al pico. “Me vengo, Alejandro, ¡no pares!”, gritó ella, su voz quebrándose. Su orgasmo lo arrastró; ondas de placer lo recorrieron desde la base de la verga hasta la nuca, explotando en chorros calientes dentro de ella. Colapsaron juntos, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas sincronizándose con el vaivén del mar afuera. Él la abrazó por detrás, besando su hombro salado, sintiendo su corazón martillando contra su palma.

En el afterglow, yacían enredados, la brisa refrescando sus cuerpos exhaustos. Kenia trazó patrones perezosos en su pecho con un dedo. “Neta, wey, fuiste chingón. Me dejaste temblando”. Él sonrió, inhalando su aroma post-sexo, esa mezcla embriagadora de ellos dos. “Tú eres el abismo, Kenia. Pasión pura que me hundió y me salvó”.

Hablaron hasta el amanecer, de sueños y locuras, compartiendo risas y besos suaves. No hubo promesas eternas, solo ese momento perfecto, un oasis en la vida cotidiana. Cuando el sol tiñó el cielo de rosa, se despidieron en la playa con un abrazo largo, sabiendo que México guarda siempre un rincón para pasiones así. Alejandro se alejó con el sabor de ella en la boca, el cuerpo aún vibrando, convencido de que Kenia, abismo de pasión, había cambiado algo en él para siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.