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Duelo de Pasiones

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Duelo de Pasiones

Karla entró al salón de fiestas con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. El aire estaba cargado de humo de cigarros, olor a tequila reposado y el dulce aroma de las flores de cempasúchil que adornaban las mesas. Era una boda en las afueras de Guadalajara, de esas donde la banda toca sin parar y la gente se suelta el pelo hasta el amanecer. Vestida con un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas generosas, se sentía como una reina tapatía lista para conquistar. Pero entonces lo vio: Diego, el wey que siempre le hacía la vida de cuadritos en la oficina. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras. Competían por el mismo puesto de gerente, pero neta, cada mirada entre ellos era pura electricidad.

Él la vio de inmediato y levantó su vaso de chela en un brindis burlón. ¡Órale, Karla! ¿Vienes a robarme el show otra vez? gritó por encima de la música. Ella se acercó contoneándose, el sonido de sus tacones resonando como un desafío. Si por show te refieres a ganarte en todo, sí, pendejo, respondió con una risa que no ocultaba el cosquilleo en su vientre. Bailaron un son jalisciense, cuerpos rozándose apenas, pero suficiente para que el calor subiera. Sus manos en la cintura de ella, firmes pero respetuosas, enviaban chispas por su espina. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que la mareaba más que el pulque.

¿Qué chingados me pasa con este güey? Siempre me saca de quicio, pero su toque... ay, wey, me prende como yesca
, pensó Karla mientras giraban. La tensión era palpable, un duelo de pasiones silencioso que había empezado meses atrás en juntas interminables, miradas robadas y roces accidentales en el elevador. Esa noche, con el tequila aflojando las riendas, el duelo iba a estallar.

La banda cambió a un corrido romántico, y Diego la jaló más cerca. Sus pechos rozaron el pecho duro de él, y sintió su verga endureciéndose contra su muslo. ¿Sientes eso, carnala? Es lo que me provocas cada pinche día, murmuró en su oído, su aliento caliente oliendo a limón y sal. Karla no se achicó; deslizó una mano por su espalda, clavando uñas suavemente. Entonces demuéstramelo, no seas mamón. Pero si no das la talla, te dejo viendo. El desafío colgaba en el aire como el humo de la fogata afuera.

Se escabulleron del salón hacia el jardín trasero, donde las luces tenues de faroles pintaban sombras juguetona en la hierba húmeda por el rocío. El sonido lejano de la banda se mezclaba con el crujir de las hojas bajo sus pies. Diego la acorraló contra un muro de adobe, sus labios chocando en un beso feroz. Lenguas danzando como en un duelo de espadas, sabor a tequila y menta invadiendo su boca. Manos ávidas: las de él amasando sus nalgas, las de ella tirando de su camisa para sentir el calor de su piel tersa, músculos contraídos bajo sus palmas.

Neta, este wey besa como dios
, se dijo Karla, mientras él bajaba por su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Gemidos bajos escapaban de su garganta, vibrando contra la de él. La levantó en vilo, piernas de ella envolviéndolo, y la llevó a un rincón apartado detrás de unos arbustos frondosos. Olía a tierra mojada y jazmín silvestre, un perfume embriagador que avivaba el fuego en sus entrañas.

En el suelo mullido, se desnudaron con prisa ansiosa. La piel de Diego era como terciopelo caliente bajo sus dedos, pectorales firmes, abdomen marcado por horas en el gym. Ella lo empujó boca arriba, montándolo como amazona. Ahora yo mando en este duelo, susurró, rozando su verga erecta con el calor húmedo de su concha. Él gruñó, manos en sus tetas plenas, pellizcando pezones duros como piedras preciosas. ¡Hazme tuyo, reina! Pero no te rindas fácil.

Karla descendió lento, torturándolo. Su boca envolvió la cabeza hinchada, lengua girando en espirales, saboreando la sal pre-seminal que brotaba como néctar. Diego jadeaba, caderas alzándose, dedos enredados en su cabello negro azabache. ¡Chin... qué chido chupas, Karla! Me vas a volver loco. Ella succionaba con hambre, garganta relajada, hasta que él la detuvo temblando. Si sigues, me vengo ya, y este duelo apenas empieza.

Lo volteó, ahora él encima, besando su vientre suave, bajando a su monte de Venus depilado. Lengua experta separando labios mayores, lamiendo el clítoris hinchado con precisión quirúrgica. Karla arqueó la espalda, uñas clavándose en la tierra, gemidos ahogados contra su antebrazo. ¡Sí, ahí, pendejo divino! No pares. El placer subía en olas, su concha contrayéndose, jugos dulces empapando la boca de él. Olor almizclado de su arousal llenaba el aire, mezclado con el de su excitación masculina.

El clímax la sacudió como terremoto, piernas temblando, visión nublada por estrellas. Pero no pararon. Diego se posicionó, verga gruesa presionando su entrada resbaladiza. ¿Lista para el round final, mi pasionaria?. Ella asintió, ojos en llamas. Entra de una, hazme gritar. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Llenura absoluta, venas pulsantes rozando paredes sensibles. Ritmo creciente: embestidas profundas, pelvis chocando con palmadas húmedas, sudor goteando de frentes.

Este duelo de pasiones es lo mejor que me ha pasado, carajo. Su verga me parte en dos y lo amo
, pensó Karla mientras él la volteaba a cuatro patas, manos en sus caderas, penetrando con furia controlada. Pechos balanceándose, pezones rozando la hierba áspera, placer duplicado. Él azotaba suave sus nalgas, no para doler sino para encender. ¡Eres tan rica, Karla! Tan apretada, tan mojada por mí. Ella respondía empujando hacia atrás, buscando más, más profundo.

Cambiaron posiciones como en una coreografía salvaje: ella encima cabalgando, tetas rebotando, él sentado con ella en su regazo, besos devoradores. El orgasmo los alcanzó juntos, un estallido sincronizado. Diego gruñendo ronco, semen caliente inundándola en chorros potentes. Karla convulsionando, concha ordeñándolo, grito primal escapando de sus labios. Pulsos acelerados latiendo al unísono, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso y satisfecho.

Después, yacían jadeantes bajo las estrellas, piel pegajosa enfriándose al viento nocturno. Diego la besó en la frente, tierno ahora. Neta, Karla, esto no era solo rivalidad. Te quiero de verdad, wey. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Yo también, cabrón. Pero en la oficina, sigo pateándote el culo. Rieron bajito, el eco de la banda recordándoles el mundo afuera. El duelo de pasiones había terminado en empate perfecto, con promesas de más rondas.

Se vistieron lento, caricias perezosas prolongando el afterglow. Caminaron de regreso tomados de la mano, el jardín testigo de su nuevo comienzo. Karla sentía el cuerpo liviano, el alma plena, sabiendo que ese fuego no se apagaría fácil.

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