La Pasion Dolorosa de Jesus en Mi Carne
El sol de Taxco caía a plomo sobre la plaza, tiñendo de dorado las fachadas coloniales y el aroma a incienso flotaba pesado en el aire de Semana Santa. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi piel morena brillando de sudor bajo el huipil ligero, no podía quitarle los ojos de encima. Él era el Señor de la Columna, el actor que cargaba la cruz en la procesión, con el cuerpo marcado por espinas falsas pero músculos reales que se tensaban como cuerdas bajo la piel oliva. Su mirada, cuando pasó frente a mí, me atravesó como un clavo ardiente. ¿Quién chingados era ese pendejo que me ponía la piel de gallina?
La multitud murmuraba oraciones, el tambor retumbaba en mi pecho como un corazón desbocado, y el olor a cera derretida se mezclaba con el de mi propia excitación traicionera. Me mordí el labio, sintiendo el calor subir por mis muslos. Esa noche, en la posada con balcón a la calle empedrada, no dormí. Su imagen me quemaba: el sudor resbalando por su torso, las gotas atrapadas en el vello oscuro de su pecho. Pasión dolorosa de Jesús, pensé, recordando el viejo libro de mi abuela, pero en mi mente se retorcía en algo sucio, carnal, prohibido.
Al día siguiente, en el mercado, lo vi de nuevo. Sin cruz, sin corona, solo él, con una camisa blanca pegada al cuerpo por el bochorno, comprando frutas. Nuestras miradas chocaron otra vez. Me acerqué, el corazón latiéndome en la garganta. "¿Eres el Jesús de anoche?", le pregunté, con voz ronca. Él sonrió, dientes blancos relampagueando. "Jesús para los devotos, carnal para los que me conocen de cerca. ¿Y tú?". "Ana, la que no puede sacarte de la cabeza". Reímos, pero el aire entre nosotros crujía de tensión. Olía a mangos maduros y a su loción de sándalo, que me mareaba.
¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es pecado, pero qué rico pecado, me dije mientras caminábamos por la callejuela estrecha, rozándonos los brazos adrede.
Acto primero: la chispa. Terminamos en mi balcón, con chelas frías sudando en la mesa de madera. Hablamos de la procesión, de cómo cargar esa cruz le dejaba marcas reales en la espalda, moretones que dolían pero lo ponían vivo. "La pasión duele, pero es lo que te hace sentir", dijo, y su mano rozó mi rodilla. Sentí el calor de su palma, áspera de tanto trabajo, subir despacio por mi muslo. No lo detuve. Al contrario, me abrí un poco, invitándolo. El sol se ponía, pintando el cielo de rojo sangre, y el ruido de la calle abajo era un murmullo lejano.
Acto segundo: la escalada. Sus labios encontraron los míos en un beso que sabía a cerveza y sal, hambriento, con dientes que mordían suave mi labio inferior. "Ana, nena, me vuelves loco desde la plaza", gruñó, su voz grave vibrando en mi pecho. Lo jalé adentro, a la cama con sábanas de algodón crudo que olían a lavanda fresca. Nos desnudamos lento, saboreando cada prenda que caía. Su cuerpo era un mapa de pecados: cicatrices leves de la procesión, músculos duros como piedra tallada. Pasé las uñas por su espalda, trazando las marcas rojas. Él jadeó, ojos oscuros ardiendo. "¿Te gusta el dolor, Jesús?", susurré, adaptando su nombre a mi juego sucio.
"Llámame así, cabrona, y verás". Me volteó boca abajo, su peso sobre mí como la cruz, pero delicioso. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, el slap de su palma contra mi piel resonando en la habitación, un eco caliente que me hacía arquear la espalda. Dolor y placer, como la pasión dolorosa de Jesús, pensé, mientras el ardor se convertía en un pulso húmedo entre mis piernas. Lamí el sudor de su cuello, salado y masculino, y él bajó la boca a mi nuca, mordiendo lo justo para dejar huella. "¡Ay, pinche Jesús, más!", gemí, mi voz rompiéndose.
Se deslizó debajo de mí, guiándome a sentarme en su cara. Su lengua, caliente y experta, exploró mi centro, lamiendo lento al principio, saboreando mi miel dulce y salada. Oí mis propios jadeos, roncos, mezclados con el chapoteo obsceno de su boca devorándome. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su barba incipiente que raspaba delicioso. El olor a sexo nos envolvía, almizclado, adictivo. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. "¡Chingado, sí, ahí!", grité, clavándole las uñas en los hombros hasta sacar sangre mínima, roja como la de su corona falsa.
Pero no paró. Me levantó, fuerte como un toro, y me empaló en su verga dura, gruesa, latiendo dentro de mí como un corazón furioso. El estirón inicial dolió rico, un fuego que se expandía. Cabalgamos así, piel contra piel resbalosa de sudor, pechos rebotando, sus manos apretando mis caderas con fuerza que magullaría mañana. "Eres mi Virgen puta", murmuró, y yo reí, excitada por lo blasfemo. "Y tú mi Jesús pecador". Cada embestida era un latigazo de placer-dolor, sus bolas golpeando mi culo, el sonido húmedo y rítmico como un tambor de procesión pervertida.
La tensión crecía, mis músculos internos apretándolo, ordeñándolo. Él gruñía en mi oído, aliento caliente oliendo a deseo: "Ven conmigo, Ana, déjame llenarte". Cambiamos posiciones, él encima ahora, misionero salvaje, piernas enredadas, uñas arañando su espalda mientras yo lamía el sudor de su clavícula. El clímax nos golpeó como un rayo: yo primero, convulsionando, un grito ahogado que sabía a éxtasis, paredes internas palpitando alrededor de él. Él siguió, profundo, derramándose caliente dentro, un torrente que me inundó, goteando por mis muslos.
Acto tercero: el resplandor. Nos quedamos tirados, jadeantes, el aire espeso con olor a semen y piel quemada. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Eso fue... la pasión dolorosa de Jesús hecha carne", dije riendo bajito, acariciando las marcas que le dejé. Él levantó la vista, ojos suaves ahora. "Y tú mi redención, nena. Dolor que sana". Afuera, las campanas tañían, recordándonos el mundo, pero aquí, enredados en sábanas revueltas, éramos dioses de nuestro propio pecado dulce.
Nos duchamos juntos después, agua tibia lavando el sudor, manos explorando lento ya, besos suaves. Salimos al balcón, envueltos en toallas, con el fresco de la noche y el aroma a jazmines del patio. "Vuelve mañana, mi Jesús", le pedí, y él asintió, sellándolo con un beso que prometía más. La pasión dolorosa de Jesús no era solo la cruz; era esto, vivo, latiendo en mi carne, en mi alma mexicana y caliente.