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Liturgia de la Pasión del Señor

7261 palabras

Liturgia de la Pasión del Señor

El aire en la habitación está cargado de incienso dulce, como en esas procesiones de Semana Santa en el centro de Guadalajara. Velas parpadean sobre la mesita de noche, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe pintado de blanco. Has preparado todo con esmero: una cruz de madera tallada que trajiste de la tiendita de artesanías en Tlaquepaque, pétalos de cempasúchil esparcidos por el suelo y una bata de seda roja que resbala sobre tu piel morena como una caricia prohibida. Esta noche no será una misa cualquiera, piensas, mientras el corazón te late con fuerza en el pecho. Tu Señor llega pronto, puntual como siempre, con esa mirada que te deshace por dentro.

Él entra, alto y fuerte, con la camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. "¿Lista para la liturgia de la pasión del Señor?", te dice con voz grave, un guiño juguetón en los ojos cafés. Tú asientes, mordiéndote el labio, sintiendo ya el calor subirte por las piernas. "Sí, mi Señor, estoy lista para adorarte", respondes, usando ese tono devoto que tanto le prende. Se acerca despacio, el olor de su colonia mezclándose con el incienso, y te toma de la barbilla con dedos firmes pero tiernos. Sus labios rozan los tuyos en un beso ligero, como el primer versículo de una oración erótica.

"Qué chido es esto, carnal, piensas. Su boca sabe a tequila reposado y a promesas calientes. Quiero que me devore ya, pero hay que ir lento, como buena liturgia."

La primera parte del ritual comienza. Te arrodillas frente a él, sobre los pétalos que crujen suaves bajo tus rodillas desnivas. Él se para erguido, como una estatua viva, y tú desabrochas su cinturón con manos temblorosas de anticipación. El sonido del metal chasqueando resuena en la habitación silenciosa, y el bulto en sus pantalones crece ante tus ojos. "Recita conmigo", ordena él, suave pero dominante. "Padre nuestro que estás en los cielos..." Empiezas, pero tus palabras se entrecortan cuando liberas su verga gruesa, palpitante, que salta libre oliendo a hombre puro, a deseo acumulado. La tocas con la lengua primero, un roce húmedo que lo hace gemir bajito, como un réquiem que se transforma en tango.

El tacto de su piel es aterciopelado y caliente, venas marcadas latiendo contra tu palma. La chupas despacio, saboreando la sal de su prepucio, mientras él recita versos de la pasión, adaptados: "Y el Señor fue traicionado con un beso..." Tú respondes besando la punta, succionando con devoción, sintiendo cómo se endurece más en tu boca. El sudor perla en su frente, gotea hasta su abdomen, y tú lo lames, probando el sabor salado mezclado con tu saliva. Tus pechos se aprietan contra sus muslos, pezones duros rozando la tela de sus pantalones bajados. Neta, esto es el paraíso, sientes en lo más hondo, mientras la humedad entre tus piernas se hace insoportable, empapando tus bragas de encaje.

Él te levanta con gentileza, "Ahora la flagelación, mi devota", murmura, y te gira de espaldas. Tus manos se apoyan en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo tus palmas. Sientes su aliento en tu nuca, caliente, y luego el primer azote: no duele, es un golpe juguetón con la palma abierta sobre tu nalga, que resuena como un tambor ritual. "¡Ay, cabrón!", exclamas riendo, pero arqueas la espalda pidiendo más. Él acaricia el lugar enrojecido, fresco alivio, y baja tus bragas despacio, exponiendo tu panocha hinchada, lista. El aire fresco besa tu intimidad mojada, y gimes cuando sus dedos exploran, separando labios carnosos, rozando el clítoris con maestría.

Sus dedos dentro de mí son como el aceite santo, resbalosos, llenándome. Quiero gritar su nombre, pero sigo el ritual: "Perdónanos nuestras deudas..." mientras él me penetra con dos dedos, curvándolos justo ahí, donde explota el placer.

La tensión sube como el humo del incienso, envolviéndolos. Él te besa la espalda, lengua trazando la curva de tu espina, mordisqueando suave hasta que tiemblas. "La coronación de espinas", susurra, y te pone una diadema improvisada de rosas rojas con espinas cortadas, que pinchan levemente tu frente, un dolorcillo exquisito que aviva el fuego. Te voltea boca arriba, y se hunde entre tus piernas, lamiendo tu chochito con hambre santa. Su lengua es un torbellino: chupa, succiona, mete la punta dentro, saboreando tus jugos dulces como néctar de maguey. Tú agarras su cabello, tirando suave, "¡Sí, mi Señor, así! ¡Qué rico te sabe mi ofrenda!" Los gemidos llenan el cuarto, mezclados con el crepitar de las velas.

El medio tiempo del ritual llega al pico: la crucifixión. Él te alza en brazos, fuerte como un madero, y te acuesta en la cama con las manos extendidas hacia los lados, como en la cruz. Te ata las muñecas con una bufanda de seda roja, flojito para que puedas soltar en cualquier momento. "¿Estás bien, mi reina?", pregunta siempre atento, y tú asientes, "Más que bien, pendejito, dame tu pasión". Se posiciona entre tus muslos abiertos, la verga erguida rozando tu entrada húmeda. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El sonido es obsceno: carne contra carne, jugos chorreando. Sientes cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo.

Empieza a moverse, lento al principio, como un viacrucis sensual. Cada embestida es una estación: profundiza, sale casi todo, vuelve a hundirse. Tus paredes lo aprietan, masajeándolo, y él gruñe "¡Qué apretadita estás, morra!" Sudor gotea de su pecho al tuyo, mezclándose, salado en tu lengua cuando lo lames. Acelera, caderas chocando con un clap-clap rítmico, tus pechos rebotando, pezones rozados por su torso. Internalizas el placer: Es como si mi alma se partiera en éxtasis, cada roce un latigazo de gozo. Le clavas las uñas en la espalda, arañando leve, y él responde mordiendo tu cuello, dejando marcas rojas como estigmas.

La intensidad crece, tus gemidos se vuelven gritos ahogados: "¡Cógeme más duro, Señor! ¡Avienta todo!" Él obedece, follando con furia bendita, el olor a sexo impregnando todo, almizcle y pasión. Tus piernas lo envuelven, talones clavándose en sus nalgas musculosas, urgiéndolo más adentro. El clímax se acerca como la resurrección: sientes la ola subir desde el vientre, explotando en espasmos que te arquean. "¡Me vengo, cabrón! ¡Sííí!", gritas, contrayéndote alrededor de su verga, ordeñándolo. Él ruge, "¡Toma mi pasión!", y se derrama dentro, chorros calientes inundándote, pulsos interminables.

El afterglow es puro. Se desata, te abraza contra su pecho jadeante, besos suaves en la sien. Las velas se apagan una a una, dejando un resplandor anaranjado. "Qué liturgia tan chingona, mi amor", dice él, riendo bajito. Tú acaricias su rostro, oliendo a él por todos lados. Esto es nuestra fe, nuestra pasión compartida, reflexionas, mientras el sueño los envuelve en paz satisfecha, con el eco de gemidos aún vibrando en el aire.

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