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El Poder y la Pasion Ardiente

6849 palabras

El Poder y la Pasion Ardiente

La noche en Polanco bullía con luces neón y el eco distante de mariachis en algún antro cercano. Ana ajustó el escote de su vestido rojo fuego, sintiendo la seda rozar su piel como una caricia prohibida. Tenía treinta y cinco años, dueña de su propia agencia de publicidad, y esa velada en el hotel más chido de la colonia era su territorio. El poder, pensó, mientras sorbía un tequila reposado que quemaba dulce en su lengua, es lo que me hace sentir viva.

Entonces lo vio. Diego, con su traje negro impecable, barba recortada y ojos que prometían tormentas. Era inversionista, wey con lana de sobra, dueño de hoteles en la Riviera Maya. Sus miradas se cruzaron en la barra, y el aire se cargó de electricidad. Él se acercó, oliendo a colonia cara y a hombre que sabe lo que quiere.

¿Bailamos, reina? —dijo con voz grave, extendiendo la mano.

Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

¿Por qué no? Esta noche soy yo la que manda.
Tomó su mano, cálida y firme, y se dejaron llevar por el ritmo de una cumbia sensual que retumbaba en los altavoces. Sus cuerpos se rozaron, el calor de su pecho contra sus senos, el sudor perlado en su cuello que ella inhaló como un afrodisíaco.

Hablaron de negocios al principio, de el poder en el mundo corporativo, pero pronto la charla viró a lo personal. Él confesó que odiaba las formalidades, que prefería la pasión cruda. Ella rio, juguetona.

¿Y tú, Ana? ¿Qué te enciende de veras?

La pasión que viene con el poder, carnal. Esa que te hace temblar.

El flirteo escaló. Sus manos en su cintura, bajando apenas un dedo por su cadera. Ella presionó contra él, sintiendo su dureza crecer bajo el pantalón. Neta, este pendejo me va a volver loca, pensó, mientras su pulso latía en las sienes.

La fiesta se desvaneció cuando él susurró:

Vámonos a mi penthouse, aquí no hay privacidad pa' lo que traemos.

Ana asintió, el deseo ardiendo en su concha como brasas. Salieron al valet, el viento nocturno fresco lamiendo sus piernas desnudas.

En el elevador privado, la tensión explotó. Diego la acorraló contra la pared de espejo, sus labios devorando los de ella. Saboreó a tequila y menta, su lengua invasora danzando con la suya. Manos por todos lados: él amasando sus nalgas, ella arañando su espalda. El ding del elevador los separó, jadeantes.

El penthouse era un sueño: ventanales con vista a la ciudad iluminada, cama king size con sábanas de hilo egipcio, velas ya encendidas que olían a vainilla y jazmín. Diego sirvió más tequila, pero Ana tomó el control.

Quítate la camisa, chulo. Quiero verte.

Él obedeció, revelando un torso esculpido, vello oscuro bajando a su abdomen marcado. Ella se desvistió despacio, dejando caer el vestido como una cascada roja. Quedó en tanga negra y tacones, sus tetas firmes erguidas por el deseo. Diego gruñó, acercándose.

Se tumbaron en la cama, piel contra piel. Sus besos bajaron por su cuello, mordisqueando hasta los pezones duros como piedras. Ana gimió, arqueando la espalda, el roce de su barba raspando delicioso.

Esto es el poder y la pasión, pura y jodidamente real
, pensó, mientras sus dedos exploraban su verga gruesa, palpitante en su palma. La piel aterciopelada, venas hinchadas, la punta ya húmeda de precúm.

Diego descendió, besando su vientre, lamiendo el ombligo. Llegó a su monte de Venus, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo. Separó sus muslos con manos fuertes, y su lengua atacó el clítoris hinchado. Ana gritó, clavando uñas en las sábanas. ¡Órale, qué chingón! Lamidas lentas, círculos precisos, chupando como si fuera el mejor tequila del mundo. Ella se mecía contra su boca, jugos empapando su barbilla, el sonido chapoteante llenando la habitación.

Pero Ana quería más poder. Lo empujó hacia atrás, montándolo a horcajadas. Su verga erecta rozó su entrada húmeda, untándola de su esencia. Se frotó contra él, torturándolo, hasta que ambos suplicaron.

¡Métemela ya, reina! —rogó él, caderas alzándose.

No tan rápido, mi rey. Primero sientes mi poder.

Se hundió despacio, centímetro a centímetro, su concha apretada envolviéndolo como guante de terciopelo caliente. Ambos jadearon al unísono. Ella cabalgó lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas, el glande golpeando su punto G. El slap slap de carne contra carne, sus gemidos mezclados con el zumbido de la ciudad abajo.

La intensidad creció. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, vista al espejo donde vio sus caras de éxtasis. Entró de nuevo, profundo, sus bolas chocando contra su clítoris. Manos en sus caderas, jalándola hacia él. Ana se tocó el botón, círculos frenéticos, mientras él la embestía como pistón.

¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —exigió ella, empoderada.

Él obedeció, sudando, gruñendo como animal. El olor a sexo impregnaba el aire, salado y dulce. Sus pechos rebotaban, pezones rozando las sábanas frías. La tensión se acumulaba, espirales en su bajo vientre, pulsos en su verga.

El clímax llegó como avalancha. Ana explotó primero, su concha convulsionando, ordeñando su polla, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, visión borrosa, cuerpo temblando. Diego la siguió, hinchándose dentro, eyaculando chorros calientes que llenaron su interior, goteando por sus muslos.

Colapsaron, enredados, respiraciones entrecortadas. Él la besó suave, limpiando el sudor de su frente con labios tiernos. Ana se acurrucó contra su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

Eso fue... el poder y la pasión en su máxima expresión, murmuró él.

Ella sonrió, trazando círculos en su piel.

Neta, esto no es solo un polvo. Es conexión, fuerza compartida.
Permanecieron así, con la ciudad como testigo, saboreando el afterglow. Mañana volverían a sus imperios, pero esa noche, el poder y la pasión los unieron en algo eterno.

Despertaron con el sol filtrándose por las cortinas, cuerpos pegajosos y satisfechos. Ana se estiró, sintiendo el leve dolor placentero entre las piernas. Diego preparó café de olla, con canela y piloncillo, el aroma casero llenando el espacio lujoso.

¿Repetimos, mi jefa? —bromeó él, guiñando.

Siempre, mientras haya poder y pasión.

Se besaron lento, prometiendo más noches así. Ana salió al balcón, inhalando el aire fresco de la mañana, sintiéndose invencible. Esto es vida, wey. Puro fuego mexicano.

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