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Pasión Vasco Irresistible

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Pasión Vasco Irresistible

Estaba en Puerto Vallarta, en esa playa chingona donde el sol besa la arena como si fuera su amor eterno. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México, harta del pinche tráfico y buscando un poco de aventura. El aire olía a sal y coco, y el sonido de las olas rompiendo era como un ritmo que me aceleraba el pulso. Me senté en la terraza de un bar playero, con un michelada helada en la mano, cuando lo vi. Alto, moreno, con esa barba recortada que gritaba macho vasco. Sus ojos verdes brillaban bajo el sombrero de paja que se había puesto para no quemarse, y su camisa blanca abierta dejaba ver un pecho tatuado con algún símbolo antiguo de su tierra.

Se acercó con una sonrisa pícara, pidiendo una cerveza en un español con acento norteño, pero con ese toque vasco que lo hacía sonar como un pirata sexy. ¿Puedo sentarme aquí, guapa? Esta vista es buena, pero la tuya la supera, dijo, y su voz grave me erizó la piel. Le contesté con una risa, Órale, vasco, siéntate, pero no me vayas a salir con mamadas. Empezamos a platicar. Se llamaba Iker, venía de Bilbao por negocios, pero su mirada decía que andaba cazando algo más. Hablaba de pintxos y sidra, pero yo solo podía pensar en cómo sus manos grandes agarrarían mi cintura.

La tensión creció con cada sorbo. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el calor del día se mezclaba con el de nuestros cuerpos acercándose. Me tocó el brazo casualmente, y sentí un chispazo. Este wey me va a volver loca, pensé. Bailamos salsa en la arena, sus caderas pegadas a las mías, su aliento caliente en mi cuello oliendo a cerveza y hombre. Eres fuego, Ana, murmuró, y yo respondí apretándome más, sintiendo su dureza contra mí. La pasión vasca empezaba a desatarse, esa fuerza cruda que prometía arrasar con todo.

Su piel áspera contra la mía suave, el roce de su barba en mi hombro... Dios, qué rico se siente este calor que sube desde mi vientre.

Ya no aguantamos más. Caminamos tambaleantes hacia su hotel boutique, el de esas habitaciones con vista al mar y jacuzzi privado. El pasillo olía a jazmín, y nuestras risas nerviosas rebotaban en las paredes. Entramos, y él cerró la puerta con un beso que me robó el aire. Sus labios gruesos, urgentes, sabían a sal y tequila. Me quitó el vestido floreado de un jalón, dejando mis tetas al aire, y yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su espalda musculosa.

Me cargó como si no pesara nada y me tiró en la cama king size, con sábanas frescas que contrastaban con su cuerpo ardiente. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Qué chula tu panocha, Ana, gruñó, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda. Lamía mi clítoris con lengua experta, chupando suave al principio, luego fuerte, mientras yo gemía ¡chinga, Iker, no pares!. Mis jugos lo empapaban, olor a excitación pura llenando la habitación. Metí mis dedos en su pelo negro, tirando, mientras mis caderas se movían solas contra su boca voraz.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, volteándolo. Ahora yo, vasco pendejo, le dije juguetona, y bajé a su entrepierna. Su verga estaba tiesa como palo, gruesa, venosa, con ese prepucio que invitaba a jugar. La olí primero, ese aroma masculino mezclado con sudor del baile. La lamí desde la base, saboreando la piel salada, hasta meterla entera en mi boca. Él jadeaba, Joder, qué boca tan rica tienes, mexicana caliente, y sus manos guiaban mi cabeza. La chupé profunda, sintiendo cómo palpitaba en mi garganta, saliva chorreando por mis tetas.

La tensión era insoportable. Nuestros cuerpos sudados se frotaban, piel contra piel resbalosa. Él me volteó de nuevo, poniéndome a cuatro patas, y sentí la punta de su verga rozando mi entrada húmeda. Dime si quieres, guapa, preguntó, y yo supliqué ¡Métemela ya, cabrón! Quiero sentir tu pasión vasca adentro. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer me hizo gritar, y él empezó a bombear, lento al inicio, dejando que sintiera cada vena.


El ritmo subió. Sus embestidas eran fuertes, profundas, haciendo que mis tetas rebotaran y el colchón crujiera. El sonido de carne contra carne, chapoteo de mis jugos, gemidos roncos llenaban el aire. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente como lava. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, este wey me está rompiendo en dos, pero qué chingón se siente. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Sus manos amasaban mis nalgas, dando nalgadas suaves que ardían rico.

Me volteó de lado, levantando una pierna, penetrándome así, íntimo, mirándonos a los ojos. Eres mía esta noche, dijo, y yo Y tú mío, vasco mío. El orgasmo se acercaba, como una ola gigante. Mi concha se contraía alrededor de su verga, pulsos rápidos. Él aceleró, gruñendo en euskera algo que sonaba salvaje. ¡Me vengo, Ana!, y sentí su leche caliente inundándome, disparo tras disparo. Eso me llevó al borde: exploté, temblando, gritando su nombre, uñas clavadas en su culo firme.

Caímos exhaustos, jadeando. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor mezclado con el perfume floral de las sábanas. Él me abrazó por detrás, su verga aún semi-dura contra mis nalgas, besando mi cuello. Pasión vasca pura, ¿eh?, murmuró riendo bajito. Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo tembloroso. Qué pedo, este viaje valió cada peso.

Nos quedamos así, escuchando las olas lejanas, cuerpos entrelazados. Hablamos de tonterías, de volver a vernos, pero sabíamos que era un fuego de una noche. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me besó despacio, saboreando mis labios hinchados. Salí del hotel con piernas flojas, el sabor de él aún en mi boca, recordando cada roce, cada gemido. Esa pasión vasca me había marcado, un recuerdo ardiente que me haría mojarme cada vez que pensara en Puerto Vallarta.

En el avión de regreso, cerré los ojos y reviví todo: el calor de su piel, el thrust poderoso, el clímax que me dejó sin aliento. Chingón, suspiré. México y sus sorpresas, siempre listo para encender la chispa.

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