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La Pasion de Cristo Cancion Prohibida

7314 palabras

La Pasion de Cristo Cancion Prohibida

El calor de esa noche en Puerto Vallarta me tenía sudando como si estuviera en el pinche infierno. La brisa del mar Pacífico entraba por las ventanas abiertas del bar playero, trayendo ese olor salado mezclado con el humo de los cigarros y el sudor de la gente bailando. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, buscando desconectar con unas chelas y buena música. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la humedad, y mis sandalias crujían contra la arena compacta del piso.

Ahí lo vi por primera vez. Cristo, el tipo que todos llamaban así por su barba espesa y esos ojos oscuros que parecían clavar el alma. Estaba en un rincón del escenario improvisado, con su guitarra acústica, cantando boleros que ponían la piel de gallina. Neta, wey, pensé, ese pendejo tiene algo que me hace vibrar por dentro. Su voz grave retumbaba en el aire caliente, y cuando entonó los primeros acordes de una rola desconocida, el mundo se detuvo.

La pasión de Cristo canción prohibida, que enciende el fuego de la carne...

Sus labios se movían con esa letra que nadie conocía del todo, pero que sonaba como un secreto pecaminoso. Olía a ron y a colonia barata, un aroma que me llegó directo al estómago, revolviéndome las tripas de deseo. Me acerqué al bar, pedí una michelada bien fría, y mis ojos no se despegaban de él. Terminó la canción, y la gente aplaudió como loca. Él bajó del escenario, sudado, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Caminó directo hacia mí, como si me hubiera estado esperando toda la noche.

Órale, mamacita, ¿te gustó la rola? —me dijo con una sonrisa pícara, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

La pasion de cristo cancion, ¿eh? Suena cabrona, pero prohibida de verdad —respondí, sintiendo un cosquilleo en las nalgas al mirarle la boca.

Charlamos un rato, riéndonos de pendejadas. Él era músico callejero, tocaba en bares de la costa, y esa canción era su creación, inspirada en las procesiones de Semana Santa pero torcida con un toque carnal que solo los que la escuchaban de cerca entendían. Me invitó una chela, y pronto estábamos bailando pegaditos, su mano en mi cintura, el calor de su cuerpo presionando contra el mío. Sentía su verga endureciéndose contra mi muslo, y yo me mojaba como nunca, el olor de mi propia excitación mezclándose con el salitre del mar.

Acto uno del deseo: esa tensión inicial que me tenía mordiéndome el labio. No aguanté más y le propuse irnos a su cabaña cerca de la playa. Sí, carnal, esto va a estar chido, pensé mientras subíamos a su moto destartalada, el viento azotándome el pelo y su espalda dura contra mis tetas.

Llegamos a su lugar, una casita de madera con vistas al océano, iluminada solo por velas y la luna llena. El aire olía a jazmín silvestre y a madera húmeda. Cristo puso la guitarra a un lado y sacó una vieja grabadora. —Escucha esto, Ana. La pasion de cristo cancion en su versión completa. La escribí pensando en noches como esta.

Presionó play, y la melodía grave llenó el cuarto, su voz grabada susurrando versos sobre sufrimiento convertido en placer, clavos que no duelen sino que penetran el alma. Me senté en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso, y él se acercó despacio, arrodillándose frente a mí como en una oración perversa. Sus manos ásperas por las cuerdas de la guitarra subieron por mis piernas, levantando el vestido. Sentí el roce de sus callos en mi piel suave, enviando chispas directas a mi clítoris.

¿Quieres que pare? —murmuró, su aliento caliente en mi entrepierna.

Neta que no, pendejo. Sigue —jadeé, abriendo las piernas.

Acto dos: la escalada. Su lengua encontró mi concha empapada, lamiendo despacio al ritmo de la canción. Saboreaba mi jugo salado, gimiendo contra mí, el sonido vibrando en mis pliegues. Yo arqueaba la espalda, oliendo su pelo mojado de sudor, agarrando las sábanas que crujían bajo mis uñas.

Esto es mejor que cualquier misa, Cristo. Tu pasión me está matando de gusto
, pensé mientras mis caderas se movían solas.

Él se quitó la camisa, revelando músculos marcados por el sol, tatuajes de cruces y rosas en su pecho. Lo jalé hacia arriba, besándolo con hambre, probando mi propio sabor en su boca. Nuestras lenguas bailaban como la canción, que ahora repetía en loop: la pasion de cristo cancion prohibida, un mantra que nos volvía locos. Le bajé los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, el olor almizclado de su prepucio excitándome más.

Chúpamela, ricura —gruñó, y yo obedecí, metiéndomela hasta la garganta. El sabor salado de su piel, el gemido ronco que soltó, el sonido húmedo de mi boca chupando... todo me tenía al borde. Pero él me detuvo, riendo bajito. —Aún no, mi reina. Quiero sentirte toda.

Me recostó, quitándome el vestido de un tirón. Mis tetas rebotaron libres, pezones duros como piedras. Se colocó encima, frotando su pija contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris hinchado rogando por más. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité internamente, el placer quemando como fuego. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, sincronizadas con la guitarra de la canción. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con la letra prohibida, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Yo clavaba mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él gemía de placer. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, sintiendo su verga golpear mi punto G. Sudor goteaba de mi frente a su pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para más intensidad.

No pares, Cristo. Esta pasión es nuestra, no de nadie más
.

La tensión subía como marea, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él aceleró, gruñendo mamacita, me vengo, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, chorros de placer mojando sus bolas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, jadeando, la canción fading out en la grabadora.

Acto tres: el afterglow. Yacíamos enredados, el mar rugiendo afuera como aplauso. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón latir calmándose. Olía a nosotros, a semen y sudor seco, un perfume íntimo. —Esa canción... la pasion de cristo cancion, la escribí para momentos así. Pasión que redime, que libera —susurró.

Yo sonreí, besando su piel salada. Neta que sí, wey. Me cambiaste la noche. Nos quedamos así, hablando pendejadas hasta el amanecer, con la promesa de más noches prohibidas. La luna se hundía en el horizonte, y yo sabía que esta pasión no era de cruz ni de sufrimiento, sino de puro gozo carnal, mexicana y eterna.

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