Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Donde se grabo Minas de Pasion el templo de mi extasis Donde se grabo Minas de Pasion el templo de mi extasis

Donde se grabo Minas de Pasion el templo de mi extasis

6911 palabras

Donde se grabo Minas de Pasion el templo de mi extasis

Llegas a Taxco con el sol pegando como plomo derretido en tu piel morena. Las calles empedradas suben y bajan como las curvas de un cuerpo en celo, y el aire huele a plata recién pulida mezclada con el aroma terroso de las minas cercanas. Eres fanática de Minas de Pasión, esa telenovela que te tuvo pegada a la tele noches enteras, con sus dramas ardientes y pasiones que explotaban como chispas en la oscuridad. Sueñas con pisar donde se grabó Minas de Pasión, ese pedazo de tierra guerrerense que vio nacer las escenas más calientes de la historia.

Entras a un bar chiquito en la plaza, con mesas de madera astillada y cumbia sonando bajito desde un viejo tocadiscos. Pides un michelada helada, el limón fresco explotando en tu lengua salada, y ahí lo ves: Marco, un wey alto, moreno, con ojos negros como pozos profundos y brazos musculosos de tanto cargar plata de las minas. Lleva una camisa ajustada que marca su pecho ancho, y una sonrisa pícara que te hace apretar las piernas sin querer.

¿Qué chingados, este carnal parece sacado de la novela? Alto, fuerte, con esa mirada que dice "ven pa'cá y te hago mía".

—Oye, nena, ¿vienes por la plata o por algo más caliente? —te suelta él, sentándose a tu lado sin pedir permiso, su rodilla rozando la tuya como una promesa.

Le cuentas de la telenovela, de cómo quieres ver donde se grabó Minas de Pasión. Él se ríe, una carcajada ronca que vibra en tu pecho. —Yo te llevo, güey. Conozco cada rincón de esas minas. Mañana al amanecer, ¿sale?

La tensión ya pica desde esa noche. En tu hotelito colonial, te duchas con agua tibia que resbala por tus tetas firmes, imaginando sus manos en vez del jabón. Tu mano baja, roza tu panocha húmeda, pero te detienes. Mañana, cabrona, mañana lo saboreas de verdad.

Al alba, Marco te recoge en su troca destartalada. Suben por caminos polvorientos, el motor rugiendo como un animal enjaulado. El paisaje se vuelve salvaje: cerros verdes salpicados de entradas oscuras a las minas, el olor a tierra mojada invadiendo la cabina. Él pone reggaetón suave, su mano en la palanca rozando tu muslo cada vez que cambia. Sientes el calor subiendo, tu chichi endureciéndose bajo la blusa ligera.

Llegan a la mina, un túnel olvidado donde se grabó Minas de Pasión. El cartel oxidado lo confirma, y un escalofrío te recorre la espina. —Aquí filmaron las escenas de amor más locas —dice él, bajando de la troca y extendiendo la mano—. Ven, no muerde... pero yo sí.

Entran linterna en mano. El aire es fresco, húmedo, oliendo a mineral y algo primitivo, como sudor viejo. El eco de sus pasos retumba, amplificando cada respiración tuya agitada. Se detienen en una cámara amplia, con vetas de plata brillando débilmente bajo la luz. Marco se acerca, su aliento caliente en tu cuello.

—Eres más rica que cualquier plata de aquí —murmura, sus labios rozando tu oreja. Te gira despacio, y sus ojos te devoran. Tus pezones se marcan como balas contra la tela. Él los roza con los pulgares, un toque eléctrico que te hace gemir bajito.

Pinche wey, me tiene ya mojadísima. Siento mi concha palpitando, rogando por su verga dura.

Lo besas primero, hambrienta, tu lengua invadiendo su boca con sabor a café y deseo. Él gruñe, manos bajando a tu culo redondo, amasándolo fuerte. Te quita la blusa de un jalón, exponiendo tus tetas al aire frío de la mina. Sus labios chupan un pezón, succionando con fuerza, dientes rozando justo lo suficiente para que un rayo de placer te cruce el vientre. Gimes alto, el eco multiplicando tu voz como un coro de amantes.

Desabrochas su pantalón, liberando su pinga gruesa, venosa, ya goteando precome. La tocas, piel suave sobre acero, y él jadea. —Chíngame con la mano, nena, suplica. La acaricias lento, sintiendo cada pulso, el olor almizclado de su excitación llenando el espacio. Baja de rodillas en la tierra fría, tu lengua lame la punta salada, saboreando su esencia masculina. Lo engulles centímetro a centímetro, garganta relajada, sus manos en tu pelo guiando el ritmo. Él gime ronco: —¡Qué mamada tan chingona, carajo!

Te pone de pie, te baja los shorts. Sus dedos encuentran tu panocha empapada, resbaladiza de jugos. Frota tu clítoris hinchado en círculos, metiendo dos dedos gruesos que curvan adentro, tocando ese punto que te hace arquear la espalda. —Estás chorreando, mi reina —dice, voz entrecortada—. Quiero comerte entera.

Te acuesta sobre una manta que sacó de la troca, el suelo áspero contra tu espalda pero olvidado en el fuego. Su lengua ataca tu sexo, lamiendo lento desde el ano hasta el botón, chupando tus labios mayores como fruta madura. Saborea tus mieles dulces y saladas, nariz enterrada en tu vello púbico perfumado de sudor. Tus caderas se mueven solas, follándole la cara, gemidos rebotando en las paredes rocosas.

No aguanto más, este pendejo me va a hacer venir como nunca. Mi cuerpo es puro nervio vivo.

—Métemela ya, Marco, por favor —suplicas, voz ronca. Él se posiciona, la cabeza de su verga presionando tu entrada húmeda. Entra despacio, estirándote deliciosamente, pulgada a pulgada hasta llenarte por completo. Sientes cada vena rozando tus paredes, su pubis chocando contra tu clítoris. Empieza a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel ecoando como tambores tribales.

Acelera, tus uñas clavándose en su espalda tatuada, piernas envolviéndolo. El sudor perla sus músculos, goteando en tus tetas, salado en tu lengua cuando lo lames. El olor a sexo crudo impregna la mina: almizcle, tierra, plata. Tus orgasmos vienen en olas; el primero te aprieta alrededor de él, gritando su nombre al vacío rocoso. Él no para, follando más duro, bolas golpeando tu culo.

—Me vengo, nena, ¡ahí te echo todo! —ruge, hinchándose dentro. Su leche caliente inunda tu interior, chorro tras chorro, mientras tú explotas de nuevo, visión nublada de estrellas plateadas.

Se derrumban juntos, jadeos entremezclados en la penumbra. Su peso sobre ti es reconfortante, verga aún semi-dura pulsando dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire enfría el sudor en vuestras pieles, dejando un brillo pegajoso.

Aquí, en donde se grabó Minas de Pasión, encontré mi propia mina de placer infinito. Este wey no es de telenovela, es real, y me tiene enganchada pa'siempre.

Salen al sol renacido, manos entrelazadas. Taxco brilla abajo, pero tú llevas el verdadero tesoro adentro: el recuerdo de esa pasión cruda, mexicana hasta los huesos. Marco te promete más visitas a "su" mina privada. Y tú sabes que volverás, una y otra vez, por más de esa pasión que no acaba.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.