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La Historia de la Pasion de Cristo

6175 palabras

La Historia de la Pasion de Cristo

Todo empezó en una noche calurosa de verano en Polanco, donde el aire olía a jazmín y tacos al pastor asándose en la esquina. Yo, Ana, acababa de salir de mi trabajo en la agencia de publicidad, con el cuerpo todavía vibrando de la adrenalina del día. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, poderosa, lista para lo que viniera. Entré al bar La Europea, ese lugar con luces tenues y música lounge que te envuelve como un abrazo pecaminoso. Ahí lo vi: Cristo. Sí, se llamaba así, un morro alto, moreno, con ojos negros que te clavaban como espinas dulces y una sonrisa que prometía redención en forma de placer.

Estaba solo en la barra, con una cerveza en la mano, su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Órale, qué mamado, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Me acerqué, pedí un margarita con sal, y nuestras miradas se cruzaron. "Qué onda, güeyita", me dijo con esa voz grave, ronca, como si fumara cigarros finos. "Nada, nomás ando buscando un poco de pasión", respondí coqueta, sintiendo ya el calor subiendo por mis muslos. Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de cómo la vida en México te pone a prueba como una pasión eterna. Él era artista, pintaba murales inspirados en lo sagrado y lo profano. "Mi nombre es Cristo, pero no soy santo, carnal", soltó riendo, y su risa era un sonido gutural que me erizaba la piel.

La tensión crecía con cada sorbo. Su rodilla rozaba la mía bajo la barra, un toque casual que mandaba chispas eléctricas directo a mi centro. Olía a colonia con notas de sándalo y algo más primitivo, sudor fresco mezclado con deseo. "Ven, vamos a caminar", me propuso, y yo asentí, el corazón latiéndome como tambores en una catedral. Salimos a la calle, el viento nocturno lamía mi piel expuesta, y de pronto su mano tomó la mía, fuerte, posesiva pero tierna. Caminamos hasta su departamento en una torre con vista al skyline, el ascensor subiendo lento, nuestro aliento acelerado llenando el espacio cerrado.

Adentro, el lugar era un oasis: velas encendidas, un colchón king size con sábanas de algodón egipcio, y en la pared un cuadro suyo, una figura crucificada en éxtasis erótico. "Esta es la historia de la pasión de Cristo", murmuró, señalándolo, mientras sus dedos trazaban mi espalda baja. Me quedé helada, no de miedo, sino de pura excitación.

¿Será que él sabe lo que despierta en mí? Esta pasión no es de sufrimiento, es de entrega total, carnal, mexicana hasta los huesos.
Lo besé primero, mis labios chocando contra los suyos suaves pero firmes, saboreando la sal de su boca, el tequila residual. Sus manos grandes me levantaron como si no pesara nada, depositándome en la cama. "Dime qué quieres, Ana", jadeó, su aliento caliente en mi cuello.

"Te quiero a ti, Cristo, todo de ti", respondí, quitándome el vestido con un movimiento fluido. Quedé en lencería roja, tetas firmes asomando, mi piel morena brillando bajo la luz ámbar. Él se desnudó despacio, revelando un cuerpo esculpido por horas en el gym y al sol de Coyoacán: abdomen marcado, verga gruesa ya semierecta, palpitando. El olor a macho invadió la habitación, ese aroma almizclado que te moja al instante. Me tumbó suavemente, sus labios bajando por mi clavícula, chupando mis pezones hasta que dolían de placer. No mames, qué rico, gemí internamente, mientras mis uñas se clavaban en su espalda, dejando surcos rojos como latigazos voluntarios.

La escalada fue gradual, como una buena historia que te atrapa. Sus dedos exploraron mi entrepierna, separando labios hinchados, encontrando mi clítoris endurecido. "Estás empapada, pendeja deliciosa", murmuró juguetón, y yo reí, arqueándome. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: jugos chorreando, mi coño apretándolo como vice. Yo lo masturbé a él, piel sedosa sobre acero, pre-semen untándose en mi palma, salado en mi lengua cuando lo probé. "Sabe a pecado", le dije, y él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.

Nos volteamos, yo encima, montándolo como reina. Su verga entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué chingona se siente! El roce era fuego líquido, cada vena pulsando contra mis paredes. Cabalgaba lento al principio, sintiendo sus bolas peludas golpeando mi culo, el slap slap resonando. Sudábamos juntos, gotas saladas cayendo de su frente a mis tetas, lamiéndolas yo con avidez. "Más rápido, Cristo, dame tu pasión", supliqué, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, caderas chocando con fuerza rítmica.

La intensidad subió como una tormenta en el Pacífico. Cambiamos posiciones: él atrás, perrito estilo, sus manos en mis caderas, jalándome contra su pelvis. El espejo frente a la cama nos mostraba: yo con pelo revuelto, boca abierta en éxtasis, él con músculos tensos, verga desapareciendo en mí. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas, a nopal y chile en el aire. Sus dedos jugaron con mi ano, presionando suave, prometiendo más. "Te voy a llenar, Ana, esta es nuestra historia", jadeó, y yo sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.

Exploté primero, gritando su nombre, coño convulsionando, chorros calientes mojando sus muslos. Él siguió, gruñendo como toro, semen caliente inundándome, desbordando, goteando por mis piernas. Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas. "Neta, Cristo, esto fue la historia de la pasión de Cristo hecha carne", susurré, riendo bajito. Él me abrazó fuerte, su corazón latiendo contra el mío.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestras pieles doradas. No hubo promesas vacías, solo la certeza de que esta pasión renacería. México es así: pasión eterna, resurrección en cada encuentro. Y yo, Ana, supe que había encontrado mi propio Cristo carnal, mi salvación en éxtasis.

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