Abismo de Pasion Cap 32 El Vortice del Placer
El sol del atardecer teñía de naranja la hacienda en las afueras de La Rinconada, ese rincón olvidado del Valle de Bravo donde el aire olía a pino fresco y jazmín salvaje. Elisa caminaba por el jardín, su vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa cálida, pegándose a sus curvas como una caricia prohibida. Hacía semanas que no veía a Damián, desde esa pelea tonta por celos que los había separado. Pero hoy, neta, algo en el pecho le ardía, un fuego que no se apagaba con el tiempo.
Él apareció de repente, saliendo de la sombra de la pérgola, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho bronceado. Sus ojos negros la devoraban, como si el mundo entero se redujera a ella.
"Elisa, mi reina, no aguanto más este abismo de pasión que nos separa",murmuró con voz ronca, acercándose con pasos lentos, deliberados. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, el pulso acelerándose en las sienes. ¿Cuántas noches había soñado con esto? Con sus manos fuertes tomándola, borrando el dolor con puro deseo.
Se detuvieron a un aliento de distancia. El aroma de su colonia mezclada con sudor masculino la invadió, embriagador como tequila reposado. Elisa alzó la vista, mordiéndose el labio inferior. Órale, qué chulo se ve, pensó, mientras su mano temblorosa rozaba el brazo de él. La piel de Damián estaba caliente, tensa bajo sus dedos, y un gemido bajo escapó de su garganta. Cap 32 del abismo de pasión comenzaba así, con esa tensión eléctrica que hacía crujir el aire.
—Ven aquí, pendejo —susurró ella, juguetona, tirando de su camisa para pegarlo a su cuerpo—. Me tienes loca desde que te fuiste.
Los labios de Damián cayeron sobre los de ella como una tormenta, urgentes, hambrientos. Sabían a menta y a algo salvaje, a promesas rotas y anhelos reprimidos. Elisa se derritió en el beso, sus lenguas danzando en un ritmo frenético, explorando cada rincón húmedo. Sus manos subieron por la espalda de él, clavando uñas en la tela, mientras el corazón le martilleaba como tambor de mariachi. El mundo se desvanecía: solo existían sus bocas fusionadas, el roce áspero de su barba incipiente contra su mejilla suave, el calor que subía desde su vientre.
Acto primero: la chispa. Damián la levantó en brazos sin esfuerzo, sus músculos flexionándose bajo el peso de ella, y la llevó adentro de la casa, hacia el dormitorio principal. El pasillo olía a madera de cedro y velas de cera de abeja recién encendidas. Elisa reía bajito, nerviosa, excitada, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. Esto es lo que necesitaba, carajo, se dijo, sintiendo ya la humedad entre sus muslos, esa traicionera anticipación que la hacía retorcerse.
La depositó en la cama king size, cubierta de sábanas de hilo egipcio suaves como piel de bebé. La luz del atardecer filtraba por las cortinas de lino, pintando sus cuerpos en tonos dorados. Él se arrodilló frente a ella, besando su cuello expuesto, lamiendo la sal de su sudor con la lengua plana y caliente. Elisa arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios entreabiertos.
"Más, mi amor, no pares", suplicó, mientras sus manos bajaban a desabrocharle el vestido, dejando al descubierto sus pechos llenos, coronados por pezones oscuros ya endurecidos por el deseo.
El acto dos iniciaba con la escalada. Damián succionó un pezón con avidez, tirando suavemente con los dientes, enviando ondas de placer directo a su centro. Ella gimió alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe, crudo y animal. Sus dedos se hundieron en el colchón, arrugando las sábanas, mientras él bajaba más, besando el ombligo, el hueso de la cadera, hasta llegar al borde de sus bragas de encaje negro. El olor a su excitación lo golpeó, almizclado y dulce, como miel de maguey caliente.
—Estás empapada, preciosa —gruñó él, mirándola con ojos nublados de lujuria, mientras deslizaba la prenda por sus piernas torneadas—. Neta, me vuelves loco.
Elisa separó las rodillas, invitándolo, vulnerable y poderosa al mismo tiempo. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos al principio, luego rápidos, succionando con maestría. Ella gritó, las caderas elevándose, persiguiendo esa fricción divina. Siento cada lamida como fuego líquido, ay Dios, pensó, mientras olas de placer la recorrían, haciendo que sus muslos temblaran contra las orejas de él. El sonido húmedo de su boca devorándola llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos entrecortados y el zumbido distante de grillos afuera.
Pero no quería acabar así, no todavía. Lo empujó hacia arriba, volteándolo con una fuerza sorprendente nacida del hambre. Ahora era su turno. Desabrochó su pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La piel era aterciopelada, caliente como hierro forjado, y el olor masculino la mareó. Elisa la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, luego la engulló profunda, gimiendo alrededor de la carne dura. Damián maldijo en voz baja, "¡Chingado, Elisa, qué rica boca!", sus caderas embistiendo suavemente, follándole la garganta con cuidado, empoderado por su entrega mutua.
La tensión crecía, psicológica y física. Recordaban las peleas, los celos absurdos por la ex de él, pero aquí, en esta cama, todo se disolvía en sudor y gemidos. Ella se subió encima, frotando su sexo húmedo contra la longitud de él, lubricándolo con sus jugos.
"Te quiero dentro, cabrón, hazme tuya", exigió, y él obedeció, guiándola hacia abajo. La penetración fue lenta, exquisita: centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Ambos gritaron al unísono, el placer explosivo como fuegos artificiales en la feria patronal.
Cabalgaron juntos, ella arriba dictando el ritmo, rebotando con fuerza, pechos saltando hipnóticos. Damián la sujetaba por las caderas, amasando la carne suave, dejando marcas rojas que mañana dolerían deliciosamente. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando entre ellos, mezclándose. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras ella giraba las caderas, moliendo su clítoris contra el pubis de él. Esto es el abismo, cap 32 puro fuego, pensó ella en un arrebato, perdida en el vértigo.
Cambiaron posiciones: él la puso a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto. Entró de nuevo, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. Elisa enterró la cara en la almohada, gritando ahogada, "¡Más duro, mi rey, rómpeme!". Él aceleró, una mano bajando a frotar su clítoris, la otra tirando de su cabello largo. El orgasmo la alcanzó como tsunami, contracciones violentas ordeñando su verga, jugos chorreando por sus muslos. Damián la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.
Acto tres: el afterglow. Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, a ellos dos fundidos. Damián la besó en la frente, suave ahora, trazando círculos perezosos en su espalda. Elisa se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón, sintiendo la paz invadirla como brisa nocturna.
—Nunca más te dejo ir —murmuró él, besándole la sien.
—Neta, Damián, este abismo de pasión nos tiene atrapados para siempre —respondió ella, sonriendo con los ojos cerrados, sabiendo que el capítulo 32 era solo el principio de más noches así, de deseo infinito y amor redentor.
La luna se colaba por la ventana, testigo plateado de su unión, mientras dormían abrazados, exhaustos y plenos.