Pasión de Amor al Ritmo de Pancho Barraza
La noche en Guadalajara estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, pero adentro de mi depa, con las luces bajas y el aire acondicionado zumbando bajito, todo se sentía perfecto. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, y ahí estaba él, mi carnal Javier, esperándome con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Llevábamos saliendo unos meses, pero cada vez que lo veía, era como si fuera la primera. Qué wey tan guapo, pensé, mientras me quitaba los tacones y lo veía recargado en la barra de la cocina, con su camisa negra ajustada marcando el pecho.
"Ven pa'cá, morra", me dijo con esa voz ronca que parece salida de un corrido. Puso play a la bocina y de repente el cuarto se llenó con los acordes de banda, esa tuba grave y el clarinete que te eriza la piel. Era Pasión de Amor de Pancho Barraza, la rola que tanto nos gustaba. "Esta es nuestra rola, ¿no?", murmuró, acercándose con un movimiento lento, como si el ritmo lo guiara. Sus manos me rodearon la cintura, y yo me pegué a él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela. Olía a su colonia fresca, mezclada con un toque de sudor del día, y ese aroma me revolvió el estómago de pura anticipación.
Empezamos a bailar despacio, mis caderas moviéndose al son de la letra que hablaba de amores intensos y noches sin fin.
¿Por qué me pones así, Pancho Barraza? Tus palabras me encienden el fuego, pensé, mientras Javier me apretaba más contra él. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, dura y caliente, y un escalofrío me recorrió la espalda. Sus labios rozaron mi cuello, besos suaves al principio, como plumas, pero cada roce mandaba chispas directo a mi entrepierna. "Te deseo tanto, Ana", susurró en mi oído, su aliento cálido haciendo que se me erizaran los vellos.
La canción seguía sonando, envolviéndonos en su pasión de amor, y yo no pude más. Lo besé con hambre, mi lengua buscando la suya, saboreando el toque salado de la cerveza en su boca. Nuestras manos exploraban, las suyas subiendo por mi blusa, desabotonándola con dedos temblorosos de deseo. Me quitó el sostén y ahuecó mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gimí contra su boca. ¡Qué rico se siente su toque! Mi piel ardía, sensible a cada caricia, y el sonido de nuestras respiraciones agitadas se mezclaba con la banda de fondo.
Me cargó hasta el sofá, sin dejar de besarme, y yo le arranqué la camisa, arañando su espalda con las uñas. Su pecho era firme, cubierto de un vello suave que raspaba delicioso contra mis palmas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la bultaca palpitante. "Quítatelo todo, cabrón", le ordené juguetona, y él obedeció riendo, esa risa grave que me moja al instante. Se paró desnudo frente a mí, su verga erguida, gruesa y venosa, apuntando directo a mí como una promesa. El olor de su excitación llegó hasta mí, almizclado y varonil, haciendo que mi concha se contrajera de antojo.
Me tendí en el sofá, abriendo las piernas, y él se arrodilló entre ellas. Sus ojos devoraban mi cuerpo, deteniéndose en mis labios hinchados de tanto beso, en mis tetas subiendo y bajando con cada jadeo. "Eres una chingona, Ana", dijo, antes de bajar la cabeza. Su lengua lamió mi clítoris despacio, círculos suaves que me hicieron arquear la espalda. ¡Madre mía, qué lengua tan sabrosa! Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras él chupaba y succionaba, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me vuelve loca. Estaba empapada, mis jugos cubriendo su barbilla, y el slap-slap de sus dedos entrando y saliendo era música para mis oídos.
Pero yo quería más, quería sentirlo todo. Lo jalé del pelo, levantándolo. "Fóllame ya, Javier, no aguanto". Él se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada, untándose con mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, qué chingón se siente! Lleno por completo, su grosor pulsando dentro de mí. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, siguiendo el ritmo de Pancho Barraza que aún sonaba de fondo, ahora en repeat. Cada thrust mandaba ondas de placer por mi cuerpo, mis paredes apretándolo, ordeñándolo.
Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotaban con cada salto, y él las amasaba, pellizcando fuerte. Sudábamos a chorros, el olor de sexo impregnando el aire, salado y dulce. "Más rápido, morra, ¡dame todo!", gruñó, y yo aceleré, mis caderas girando, sintiendo su verga golpear profundo. Mis pensamientos eran un torbellino:
Esto es puro fuego, pasión de amor como dice la rola, no quiero que acabe nunca. El clímax se acercaba, esa tensión en el vientre creciendo, mis gemidos volviéndose gritos.
Él me dio la vuelta de nuevo, poniéndome a cuatro patas, y embistió con fuerza, sus bolas chocando contra mi clítoris. El sofá crujía bajo nosotros, la música alcanzando su crescendo justo cuando yo exploté. ¡Me vengo, cabrón! Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñando su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él no tardó, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos derrumbamos juntos, jadeantes, el sudor pegándonos piel con piel. La rola de Pancho Barraza se apagó, dejando solo nuestros corazones latiendo como tambores. Javier me besó la frente, suave ahora, tierno. "Te amo, Ana, esto fue de película". Yo sonreí, sintiendo su semen goteando fuera de mí, cálido y satisfactorio. Qué chido es esto, puro amor y pasión. Nos quedamos así, envueltos en las sábanas que arrastramos del cuarto, hablando pendejadas entre risas, planeando la próxima noche con más banda y más fuego.
Al día siguiente, desperté con su brazo alrededor de mi cintura, el sol filtrándose por las cortinas. Todo olía a nosotros, a sexo y promesas. Puse play otra vez a Pasión de Amor Pancho Barraza, y él abrió un ojo, sonriendo. "Otra ronda, ¿morra?". Y así, con esa rola de fondo, supimos que esto apenas empezaba.