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Toña Abismo de Pasión

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Toña Abismo de Pasión

La noche en Polanco ardía con luces neón y el ritmo de la salsa que retumbaba en el antro. Yo, Toña, me movía entre la gente con un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante impaciente. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de cuerpos que se rozaban en la pista. Hacía semanas que no sentía esa cosquilla en el estómago, esa hambre que no se sacia con tragos ni charlas superficiales. Neta, necesito algo real, pensé mientras sorbía mi margarita, el limón fresco explotando en mi lengua.

Ahí lo vi. Alejandro, alto, con esa barba recortada y ojos oscuros que prometían travesuras. Estaba con unos cuates, riendo a carcajadas, pero su mirada se clavó en mí como un imán. Me acerqué al bar, fingiendo pedir otro trago, y él no tardó en soltar el anzuelo.

¿Qué hace una chava como tú sola en un lugar como este?

Le sonreí, juguetona. Buscando problemas, le contesté, y su risa grave me erizó la piel. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que nunca duerme, de tacos al pastor que extrañaba de Guadalajara, de cómo la vida en México DF te acelera el pulso. Sus manos rozaron las mías al pasarme el sal, y sentí un chispazo eléctrico que subió por mi brazo hasta el pecho. Olía a colonia cítrica y algo masculino, terroso. Bailamos después, sus caderas pegadas a las mías, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Cada giro, cada roce, avivaba el fuego en mis entrañas. Este güey me va a volver loca, me dije, mientras su aliento cálido me acariciaba el cuello.

La tensión crecía como una tormenta. Sus dedos trazaban patrones invisibles en mi espalda baja, y yo presionaba mi nalga contra su entrepierna, sintiendo su dureza crecer. No era solo deseo físico; había algo en su forma de mirarme, como si viera el abismo dentro de mí, ese Toña abismo de pasión que guardaba para momentos como este. Salimos del antro tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche nos golpeó, cargado del aroma a jazmín de los jardines cercanos. Tomamos un taxi hasta mi depa en la Roma, riendo como pendejos, besándonos en el asiento trasero con urgencia contenida.

Al llegar, cerré la puerta y lo empujé contra la pared del pasillo. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, su lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito cuando sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta dejar mis piernas al descubierto. El pasillo estaba dimly iluminado por una lámpara de lava, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Lo jalé a mi cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia.

Me desabrochó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que revelaba. Qué chingón eres, murmuré, mientras sus labios rozaban mis pechos, el pezón endureciéndose bajo su lengua húmeda. Olía a mi propio arousal, ese musk dulce que impregna el aire cuando el cuerpo pide a gritos ser tocado. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por horas en el gym, músculos tensos que palpité bajo mis uñas. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, frotándome contra su pantalón, sintiendo su verga palpitante contra mi centro húmedo.

Te quiero dentro de mí, ya, pensé, pero en voz alta solo jadeé: Desnúdate, cabrón.

Se rio, esa risa ronca que me ponía la piel de gallina, y se bajó el pantalón. Su miembro saltó libre, grueso y venoso, con una gota de precum brillando en la punta. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor y pulso acelerado, y lo acerqué a mi boca. Lo lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su salinidad salada, mientras él gruñía y enredaba los dedos en mi cabello negro ondulado. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me devore como yo a él. Chupé más profundo, mi saliva lubricándolo, el sonido obsceno de succión llenando la habitación junto a nuestros jadeos.

Pero no quería acabar así. Me incorporé, quitándome las bragas empapadas, y me posicioné sobre él. Su mirada era puro fuego cuando me hundí lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. ¡Órale, qué rico! exclamé, mientras empezaba a moverme, mis caderas girando en círculos lentos. El roce de su pubis contra mi clítoris enviaba ondas de placer por mi espina dorsal. Él agarró mis nalgas, amasándolas con fuerza, guiando mis movimientos más rápido. El sudor nos unía, resbaladizo y caliente, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, embistiéndome con fuerza controlada. Cada choque de su pelvis contra mi culo producía un plaf húmedo, acompañado de mis gemidos ahogados en la almohada. Sus manos recorrían mi espalda, pellizcando mis pezones, mientras susurraba en mi oído: Eres un abismo, Toña, me estás tragando entero. Sentí el orgasmo construyéndose, una presión deliciosa en mi bajo vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga.

No pares, mi amor, hazme explotar
, le rogué, y él aceleró, su respiración entrecortada contra mi nuca.

Explotamos juntos. Mi clímax me sacudió como un terremoto, olas de éxtasis recorriendo cada nervio, mi coño apretándolo en espasmos mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, caliente y abundante, llenándome con pulsos que sentía en lo más profundo. Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, el corazón latiéndonos a mil. El cuarto olía a nosotros, a pasión satisfecha, con el eco distante de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mi pecho, mis dedos trazando lazy patrones en su espalda. Esto no fue solo un polvo, pensé, mientras el sueño nos vencía. Alejandro murmuró algo sobre repetir, y yo sonreí en la oscuridad. Toña, abismo de pasión, había encontrado a alguien digno de sumergirse en sus profundidades. La noche mexicana nos había regalado esto: conexión pura, sin ataduras, solo el placer crudo y honesto de dos adultos que se desean sin reservas. Mañana sería otro día, pero esta memoria quedaría grabada en mi piel, en mi alma.

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