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Remake Caliente de Pasión de Gavilanes

6901 palabras

Remake Caliente de Pasión de Gavilanes

En la penumbra de la sala de la hacienda, con el aire cargado del aroma a jazmín del jardín y el eco lejano de un mariachi en la radio, Gabriela se recargaba en el sofá de cuero suave. Sus ojos cafés brillaban fijos en la pantalla del tele, donde pasaba el remake de Pasión de Gavilanes, esa telenovela que había revivido con más fuego que la original. Llevaba puesto un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas con el calor de la noche veraniega en Sinaloa. Diego, su vecino y carnal secreto, se sentó a su lado, su cuerpo fuerte rozando el de ella como una promesa. Olía a tierra fresca y loción barata, ese olor que la volvía loca.

Órale, wey, esta versión está más perra que la primera, murmuró Diego, su voz grave retumbando en el pecho de Gabriela. Ella sonrió, sintiendo el cosquilleo en la piel donde sus muslos se tocaban. Habían empezado como vecinos en esa colonia chida de Culiacán, pero desde que vieron el primer capítulo del remake, algo se encendió. Las pasiones prohibidas de los hermanos Reyes y las Henao les recordaban su propia historia: familias que no se llevaban, miradas robadas en las fiestas, toques accidentales que no lo eran tanto.

La pantalla mostraba a los amantes besándose bajo la lluvia, y Gabriela sintió un calor subirle por el vientre. No seas pendejo, pensó, si él no da el primer paso, yo lo haré. Extendió la mano y la puso en la pierna de Diego, sintiendo los músculos tensos bajo el pantalón de mezclilla. Él giró la cabeza, sus ojos negros clavados en los de ella, y el silencio se llenó del zumbido del ventilador y sus respiraciones aceleradas.

El beso llegó natural, como en la telenovela. Los labios de Diego eran calientes, con sabor a chicle de menta y algo salado de la piel sudada. Gabriela jadeó cuando su lengua entró, explorando con hambre. Sus manos subieron por la espalda de él, arañando suavemente la camisa, mientras el sonido de la lluvia falsa en la tele se mezclaba con el trueno real que retumbaba afuera. Esto es nuestro remake, se dijo ella, el corazón latiéndole como tambor en las costillas.

Acto primero: la tentación. Diego la jaló a su regazo, el bulto duro presionando contra su entrepierna. Gabriela se movió despacio, frotándose contra él, sintiendo la fricción que mandaba chispas por su espinazo.

Pinche Diego, siempre tan cabrón, pero neta que me prende
, pensó mientras le desabotonaba la camisa, revelando el pecho moreno cubierto de vello oscuro. Lo besó ahí, lamiendo el sudor salado, inhalando su aroma macho que la mareaba más que un trago de tequila.

Él no se quedó atrás. Sus manos grandes subieron el vestido, acariciando los muslos suaves, hasta llegar a las bragas de encaje. Estás mojada, morra, gruñó en su oído, el aliento caliente erizándole la piel. Gabriela asintió, mordiéndose el labio, mientras él metía los dedos, rozando el clítoris hinchado. Un gemido se le escapó, alto y ronco, ahogado por el clímax de la escena en la tele donde los amantes se arrancaban la ropa.

La tensión crecía como tormenta. Se levantaron, tambaleantes, y Diego la cargó hasta la recámara, el colchón hundiéndose bajo su peso. Afuera, la lluvia caía a cántaros, golpeando el tejado de teja con un ritmo frenético. Gabriela se quitó el vestido de un tirón, quedando en bra y bragas, sus pechos turgentes subiendo y bajando. Diego se desvistió rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillando de precum.

Ven, chulo, fóllame como en el remake, susurró ella, abriendo las piernas. Él se arrodilló entre ellas, besando el interior de los muslos, lamiendo hasta llegar al centro. Su lengua era mágica, chupando el néctar dulce y salado, haciendo que Gabriela arqueara la espalda, las uñas clavadas en las sábanas. El placer subía en olas, el sonido de su succionar mezclado con sus jadeos y la lluvia torrencial. ¡Sí, wey, así! gritó, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, el cuerpo temblando, el olor a sexo llenando la habitación.

Pero no pararon. Diego subió, posicionando la verga en la entrada húmeda. Mírame, Gabriela, esto es pasión de gavilanes, pero nuestro, dijo, empujando lento. Ella sintió el estiramiento delicioso, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Gimiendo, se aferró a sus hombros, las caderas moviéndose al unísono. El slap-slap de piel contra piel competía con la tormenta, el sudor goteando, mezclándose.

En el medio del acto, las emociones bullían.

¿Y si nos cachan? ¿Y si las familias se enteran?
pensó Gabriela, pero el miedo se disipaba con cada embestida profunda. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas. Eres mía, pinche reina, jadeaba, azotando suave su nalga, el sonido rojo en la piel. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándolo, el clítoris rozando sus bolas, el placer acumulándose como nube de tormenta.

Internal struggle: Diego dudó un segundo, recordando las broncas familiares. Pero neta, esta morra me tiene loco, no la suelto. Aceleró, follando más duro, sus gruñidos animales. Gabriela sentía cada vena pulsando dentro, el calor subiendo, los pezones duros rozando las sábanas ásperas. El aroma a musgo de la lluvia se colaba por la ventana, mezclándose con el almizcle de sus cuerpos.

La intensidad psicológica crecía. Se miraban en el espejo del clóset, viéndose follar como bestias, los ojos llenos de deseo puro. Esto es mejor que la telenovela, pensó ella, riendo entre gemidos. Diego la jaló del pelo suave, besándola con furia, lenguas enredadas, sabores compartidos.

Acto final: la liberación. Gabriela sintió el orgasmo venir, un tsunami. ¡Me vengo, cabrón! chilló, las paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Diego rugió, embistiendo una última vez, llenándola de semen caliente, chorros y chorros, el exceso goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él latiendo contra su pecho.

En el afterglow, la lluvia amainaba, dejando un goteo suave. Diego la abrazó, besando su frente sudada. Te quiero, Gabriela, aunque sea nuestro remake prohibido de Pasión de Gavilanes, murmuró. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Neta que sí, y que siga la pasión
. El tele aún sonaba bajito, pero ellos ya habían escrito su propio final ardiente.

Se quedaron así, piel con piel, el olor a sexo y lluvia impregnado en las sábanas. Afuera, el mundo seguía, familias y rencores, pero adentro, solo paz y promesas. Gabriela cerró los ojos, saboreando el beso perezoso de Diego, sabiendo que esto era solo el principio de su saga caliente.

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