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El Diario de una Pasión Insaciable

8187 palabras

El Diario de una Pasión Insaciable

Querido diario, hoy empecé a escribirte de nuevo porque neta que no aguanto más este fuego que me quema por dentro. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en esta chingona Ciudad de México que nunca duerme. Trabajo en una agencia de publicidad en Polanco, rodeada de pendejos trajeados que se la pasan presumiendo sus carros y relojes. Pero tú sabes, carnal, que mi cabeza anda en otro lado. O mejor dicho, en otro cuerpo. Diego, ese wey alto, moreno, con ojos que te tragan entero. Es el nuevo diseñador gráfico, llegó hace dos meses y desde el primer día supe que íbamos a enredarnos. Hoy en la junta, su pierna rozó la mía bajo la mesa. Fue un roce de nada, pero sentí como si me hubieran echado chile en la piel. Su aroma, una mezcla de colonia cara y sudor fresco, me llegó directo al cerebro. Órale, pensé, este cuate me va a volver loca.

La oficina huele a café quemado y impresoras calientes, pero yo solo olía a él. Al salir, me invitó un café en la esquina, en esa tiendita con mesas de metal que vibra con el claxon de los coches. Hablamos de todo y nada: del tráfico infernal, de tacos al pastor que nos morimos por comer. Su voz grave, como un ronroneo, me erizaba la piel. Cuando me tocó la mano para pasar el azúcar, sus dedos ásperos por el teclado me hicieron imaginarlos en otros lados. Neta, diario, salí de ahí con las bragas empapadas. Esta pasión que siento es como un volcán a punto de reventar. Mañana lo busco, no aguanto más.

Entrada del 15 de mayo: Diego me besa por primera vez y el mundo se detiene. Sus labios gruesos, su lengua juguetona... ay, diario, qué rico sabe a menta y deseo.

Han pasado tres días desde ese café y ya no hay vuelta atrás. Lo invité a mi depa en la Condesa después del trabajo. Mi lugar es chiquito pero chulo, con plantas por todos lados y una vista al Parque México que enamora. Le dije que íbamos a "revisar unos diseños", pero los dos sabíamos que era pretexto. Entró oliendo a lluvia fresca, porque acababa de llover y las calles brillaban como espejo. Nos sentamos en el sofá con unas cheves frías, riéndonos de los jefes pendejos. Su mano en mi muslo, subiendo despacito, como si pidiera permiso. Le miré a los ojos, negros como la noche, y le dije "Ven pa'cá, wey". Me jaló a su regazo y nos besamos como si no hubiera mañana.

Su boca era puro fuego, chupando mi lengua con hambre. Sentí su verga dura contra mi nalga, gruesa y palpitante a través del pantalón. Le quité la camisa y toqué su pecho firme, cubierto de vello negro que olía a hombre puro. Qué chingón, pensé, este cuate es un dios. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la cama. La habitación estaba tibia, con el ventilador zumbando bajito y el olor a sábanas limpias mezclado con nuestro sudor. Se desnudó despacio, dejándome ver su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym. Su verga saltó libre, venosa y lista, haciendo que mi concha se contrajera de pura anticipación.

Me tumbó suave y empezó a besarme el cuello, lamiendo hasta mis tetas. Sus dientes rozando los pezones duros, mordisqueando justo lo necesario para que gimiera. "Qué rico, Diego, no pares", le susurré. Bajó más, besando mi panza, mis caderas, hasta llegar a mi entrepierna. El aire fresco de la habitación contrastaba con su aliento caliente en mi clítoris. Me abrió las piernas y metió la lengua, chupando mi jugo como si fuera el mejor tequila. Gemí fuerte, agarrando sus chinos revueltos. El sonido de mi humedad al ser lamida, chapoteando, me ponía más caliente. Mi cuerpo se arqueaba, olas de placer subiendo por la espalda.

Diario mío, esa noche follamos hasta el amanecer. Su pija dentro de mí, llenándome completa, era el paraíso. Cada embestida un trueno en mi alma.

Pero no todo es rose. En la oficina fingimos ser solo cuates, pero las miradas que nos echamos queman. Hoy en el elevador, solos por un segundo, me acorraló contra la pared. Su mano dentro de mi falda, dedos hurgando mi tanga mojada. "Estás chorreando por mí, ¿verdad, morra?", me dijo al oído, su voz ronca. Asentí, mordiéndome el labio para no gritar cuando metió dos dedos y los movió en círculos. El ding del elevador nos salvó, pero salí temblando, con el corazón a mil. Esta pasión es adictiva, como los churros con cajeta de la abuela, pero mil veces más peligrosa. ¿Y si nos cachan? ¿Y si se acaba? No quiero pensar, solo sentir.

El fin de semana nos fuimos a Valle de Bravo, escapando del pinche tráfico. Alquilamos una cabaña junto al lago, con vista al agua turquesa y pájaros cantando al amanecer. Llegamos de noche, exhaustos pero cachondos. En la terraza, bajo las estrellas, nos desvestimos a la luz de la luna. Su piel brillaba plateada, músculos tensos. Me puso de rodillas en la madera áspera y metí su verga en la boca. Sabía a sal y pre-semen, gruesa llenándome la garganta. La chupé despacio, lamiendo la cabeza, mientras él gemía "Sí, así, Ana, qué buena mamada". El viento fresco en mis tetas desnudas, el olor a pino y lago, todo era perfecto.

Me levantó y me penetró contra la baranda, de pie. Sus caderas chocando contra mis nalgas, piel contra piel en un ritmo salvaje. Cada estocada profunda me hacía gritar, el placer subiendo como marea. Sentía su verga rozando mi punto G, hinchándome más. "Te voy a llenar, mi amor", gruñó, y se corrió adentro, caliente y espeso. Yo exploté segundos después, mi concha apretándolo, jugos chorreando por mis piernas. Nos quedamos así, jadeando, abrazados mientras el lago lamía la orilla bajito.

Los días siguientes fueron puro paraíso. Paseamos en lancha, comimos trucha fresca que sabía a río puro, y follamos en cada rincón: en la cocina con olor a tortillas calientes, en la ducha con agua tibia cayendo como lluvia. Una tarde, en la cama con sábanas revueltas, me miró serio. "Ana, esto no es solo sexo. Te quiero de verdad". Mi corazón dio un vuelco. Yo también, pero el miedo a complicarlo todo me frenó. Le besé y lo monté, cabalgándolo lento. Sus manos en mis caderas guiándome, pechos rebotando. El sudor nos unía, resbaloso y salado. Aceleré, sintiendo el orgasmo crecer como tormenta. Grité su nombre al correrme, y él me siguió, arqueándose debajo de mí.

Diario, esta pasión me consume. ¿Es amor o solo lujuria? Sea lo que sea, no la suelto.

Volvimos a la ciudad, pero algo cambió. En la oficina, las caricias robadas se volvieron más intensas. Una noche, después de unas copas en un bar de la Roma, terminamos en su depa. Era más grande que el mío, con arte mexicano en las paredes y jazz sonando suave. Me ató las manos con su corbata, juguetón. "Confía en mí, preciosa". Lo hice. Me vendó los ojos con una bufanda de seda, y el mundo se volvió tacto y sonido. Sus besos cayeron como lluvia por mi cuerpo: cuello, tetas, ombligo. Sentí plumas –¿o era su pelo?– rozando mis muslos. Luego su lengua en mi ano, lamiendo prohibido pero delicioso. Gemí, sorprendida y encendida.

Me penetró despacio, primero la verga en mi concha, luego un dedo en mi culo, estirándome. El doble placer me volvía loca, nervios disparándose. "Más, Diego, fóllame duro". Obedeció, embistiéndome fuerte mientras frotaba mi clítoris. El sonido de carne chocando, nuestros jadeos, el olor a sexo puro... exploté en un orgasmo que me dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos. Él se corrió en mi boca después, su leche cremosa bajando por mi garganta. Tragué todo, saboreando nuestra unión.

Ahora, sentada aquí con una taza de atole humeante, escribo esto. Esta pasión es mi diario vivo, cada página un latido acelerado. Diego duerme a mi lado, su pecho subiendo y bajando tranquilo. Le acaricio la mejilla, oliendo su piel familiar. ¿Hacia dónde va esto? No sé, pero por ahora, lo vivo al máximo. Mañana será otro día de fuego, de roces escondidos y noches eternas. El diario de una pasión como esta no termina nunca, solo se enciende más.

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