Luz Casal La Pasión Desatada
La noche en el departamento de Polanco se sentía cargada de promesas. Ana se recargó en el sillón de piel suave, con una copa de vino tinto en la mano, mientras Marco trajinaba en la cocina preparando unos guisados rápidos. El aroma del chile guajillo y el cilantro fresco flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de jazmín que ella se había echado esa tarde. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas, pero adentro, el mundo era solo de ellos dos.
Qué chido estar así, nomás nosotros, pensó Ana, observando cómo la camisa de Marco se pegaba un poco a su espalda por el calor de la estufa. Habían pasado una semana pesada en el jale, ella en la agencia de publicidad, él en la constructora, pero ahora, viernes por la noche, todo eso se desvanecía. Marco salió con dos platos humeantes de enchiladas suizas, su sonrisa pícara iluminando la habitación más que la lámpara de diseño.
—Órale, mi reina, come que te hace falta energía —dijo él, guiñándole el ojo mientras se sentaba a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron. El contacto envió una chispa eléctrica por la piel de Ana, que sintió un cosquilleo familiar en el estómago.
Comieron entre risas y pláticas de la semana, recordando anécdotas del pinche tráfico de Reforma y el jefe menso que Ana tenía. Cuando terminaron, Marco se levantó y fue al equipo de sonido. —Vamos a poner algo que prenda el ambiente —anunció, y de pronto, la voz ronca y apasionada de Luz Casal llenó el espacio con La Pasión. La guitarra eléctrica vibraba como un latido acelerado, y las letras hablaban de un fuego que no se apaga.
Ana cerró los ojos, dejando que la música la envolviera.
«La pasión... que no se apaga...»Las palabras se colaban en su mente, avivando un calor que ya bullía en su vientre. Abrió los ojos y vio a Marco extendiendo la mano. —Baila conmigo, carnala.
Se pusieron de pie, y sus cuerpos se unieron en un vaivén lento al ritmo de la canción. Las manos de él en su cintura, firmes pero tiernas, la guiaban. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el thump-thump de su corazón sincronizado con la batería. El olor de su loción, madera y especias, la mareaba de deseo. Sus caderas se mecían juntas, rozándose con intención creciente.
—Te ves tan rica esta noche —murmuró Marco contra su oreja, su aliento cálido erizando la piel de Ana—. No aguanto verte así.
Ella levantó la cara, sus labios encontrándose en un beso suave al principio, que pronto se volvió hambriento. Lenguas danzando, saboreando el vino y el picor de las enchiladas. Las manos de Ana subieron por la espalda de él, arañando levemente la tela de la camisa, mientras las de Marco bajaban a sus nalgas, apretándolas con esa posesión juguetona que la volvía loca.
La canción de Luz Casal La Pasión seguía sonando, ahora en loop porque Marco la había puesto en repeat. Perfecto. Se separaron un segundo, jadeantes, mirándose con ojos nublados de lujuria. Ana tiró de la camisa de él, desabotonándola con dedos temblorosos. La piel morena y musculosa de Marco quedó expuesta, y ella no pudo resistir lamerle el pecho, saboreando el salado de su sudor fresco.
—¡Ay, wey, qué delicia! —gimió él, levantándola en brazos como si no pesara nada. La llevó al sofá, depositándola con cuidado, pero sus ojos prometían tormenta. Se arrodilló entre sus piernas, besando su cuello, bajando por el escote del vestido negro que ella llevaba, ajustado como un guante.
Ana arqueó la espalda, sintiendo el roce áspero de la barba incipiente de Marco en sus pechos. Esto es lo que necesitaba, este hombre que me hace sentir viva, pensó, mientras él bajaba el vestido, exponiendo sus senos. El aire fresco de la habitación endureció sus pezones al instante, y Marco los tomó en su boca, chupando con una succión que la hizo gemir alto. El sonido de su propia voz se mezcló con la música, creando una sinfonía erótica.
Las manos de ella volaron a su pantalón, desabrochándolo con urgencia. La verga de Marco saltó libre, dura y palpitante, venosa como ella recordaba. La tocó, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. —Ven pa'cá —le pidió, y él obedeció, posicionándose sobre ella.
Pero no entraron directo al grano. Marco era maestro en el juego previo. Bajó más, levantando el vestido hasta la cintura, quitándole las panties con dientes. El olor de su excitación, almizclado y dulce, llenó el aire. Él inhaló profundo, mirándola con adoración. —Hueles a paraíso, mi amor.
Su lengua encontró su clítoris, lamiendo en círculos lentos, luego rápidos. Ana se agarró del cabello de él, empujándolo más adentro, sus caderas moviéndose al ritmo de Luz Casal La Pasión. ¡Qué rico, no pares, pendejo! gritó en su mente, mordiéndose el labio para no venirse tan pronto. El placer subía en oleadas, sus muslos temblando, el sofá crujiendo bajo ellos.
—Ya, Marco, métemela —suplicó al fin, incapaz de aguantar más. Él se incorporó, frotando la punta de su verga contra su entrada húmeda, lubricándola. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de carne contra carne uniéndose a la guitarra eléctrica.
Se movieron juntos, primero lento, saboreando cada embestida. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. El sudor los unía, resbaloso y caliente. Él aceleró, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. —¡Sí, así, cabrón! —gritó ella, olvidando el mundo.
La tensión crecía, como una cuerda a punto de romperse. Ana sentía su orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el bajo vientre. Marco gruñía contra su cuello, su respiración entrecortada. Es mío, todo él, esta pasión que no se acaba, pensó ella, mientras sus paredes lo apretaban rítmicamente.
La canción llegaba a su clímax, y ellos también. Ana explotó primero, un grito gutural escapando de su garganta, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando sus sexos unidos. Marco la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un rugido animal, pulsos calientes llenándola.
Se quedaron así, unidos, respirando agitados mientras la música bajaba de volumen en el loop. Marco se salió con cuidado, recostándose a su lado. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando cómo su corazón volvía a la normalidad. El aire olía a sexo, sudor y pasión satisfecha.
—Eso fue de Luz Casal La Pasión, ¿verdad? —dijo ella riendo bajito, trazando círculos en su piel.
—Pura pasión, mi vida. Contigo siempre es así —respondió él, besándole la frente.
Se levantaron envueltos en una cobija, yendo a la cama. Ahí, entre sábanas frescas, se acurrucaron, hablando susurros de planes para el fin de semana: un brunch en Condesa, cine, más de esto. Ana se durmió con una sonrisa, el eco de la canción en su mente, sabiendo que su casal ardía con una luz eterna.