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El Color de la Pasión Desnuda

7073 palabras

El Color de la Pasión Desnuda

Ana se dejó caer en el mullido sofá de su depa en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. El sol de la tarde se colaba por las persianas, pintando rayas doradas en su piel morena. Tenía el cel en la mano, aburrida después de un día de oficina, y de repente se le antojó curiosear. Tecleó el color de la pasión wikipedia en la barra de búsqueda, pensando en esa telenovela que su jefa no paraba de chismear. La página cargó rápido: una historia de amores intensos en Yucatán, traiciones que ardían como chile habanero, pasiones que explotaban en colores vibrantes de rojo y fuego.

Leía embobada, imaginando a los protagonistas enredados en sábanas revueltas, sus cuerpos chocando con furia. El corazón le latió más fuerte. Órale, qué chido sería vivir algo así, no este amorcito tibio con Ricardo, pensó, mientras un calorcillo se le subía por el vientre. Justo entonces, la puerta se abrió con un clic. Ricardo entró, fresco de gym, con su camiseta pegada al pecho sudado y esa sonrisa pícara que siempre la derretía.

—¿Qué onda, nena? ¿Ya extrañándome? —dijo él, dejando las llaves en la mesa y acercándose con paso felino.

Ana levantó la vista, el cel aún en la mano. —Ven, güey, mira esto. Estaba viendo el color de la pasión wikipedia. Es una novela bien cabrona, de esas donde el amor es puro fuego.

Ricardo se rio, sentándose a su lado y rodeándola con un brazo. Olía a sudor limpio y desodorante mentolado, un aroma que siempre le hacía cosquillas en la nariz. —¿Novela? ¿Tú viendo telebasura? ¿Qué te picó?

Ella se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su muslo contra el suyo. —No mames, es que describe la pasión como un color vivo, rojo sangre, que te quema por dentro. Me dio... envidia.

Él arqueó una ceja, notando el rubor en sus mejillas. Sus dedos le rozaron el brazo, enviando chispas. —¿Envidia? ¿De qué, mi reina? Si yo te doy todo lo que quieres.

Pero Ana sentía esa tensión, ese deseo latente que bullía bajo la rutina. Sus besos de siempre eran chidos, pero hoy quería más: el rojo furioso de la pasión que acababa de leer.

La noche avanzaba con el rumor de los coches en la avenida. Cenaron tacos de suadero que pidieron por app, riendo de tonterías, pero Ana no podía sacarse la novela de la cabeza. Cada mirada de Ricardo le parecía cargada, como si él también oliera la electricidad en el aire. Terminaron en la cocina, él lavando platos, ella secando, sus caderas rozándose accidentalmente. Cada roce era una promesa, un pulso acelerado contra la piel.

Quiero que me tome como en esa pinche novela, sin frenos, que me haga sentir el color de la pasión en cada poro, se dijo Ana, mordiéndose el labio mientras lo veía mover los músculos de la espalda bajo la playera.

—Ricardo... —murmuró ella, dejando el trapo y abrazándolo por detrás. Sus tetas se aplastaron contra él, suaves y firmes, y él dejó escapar un gemido bajo.

—¿Sí, mi amor? —Se giró despacio, sus ojos oscuros clavados en los de ella, y la levantó en volada para sentarla en la encimera de granito frío. El contraste con su piel caliente la hizo jadear.

Se besaron entonces, no como siempre, sino con hambre. Sus lenguas danzaron, saboreando el picor de los tacos y el dulzor de sus salivas mezcladas. Las manos de él subieron por sus muslos, arrugando la falda, mientras ella le clavaba las uñas en el cuello. Olía a su perfume mezclado con el vapor de la cocina, un olor embriagador que le nublaba la mente.

—Quiero que sea como en esa novela —susurró Ana contra su boca—. Puro fuego, Ricardo. Hazme tuya de verdad.

Él gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho. —¿Eso quieres, pendejita? Te voy a mostrar el color de la pasión, hasta que grites.

La llevó al cuarto, cargándola como a una novia de telenovela. La cama king size los recibió con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves. La tiró con gentileza bruta, y ella rio, excitada por su fuerza. Se quitó la blusa despacio, dejando ver sus chichis redondos, pezones duros como piedras de obsidiana bajo la luz tenue de la lámpara.

Ricardo se desnudó en segundos, su verga ya parada, gruesa y venosa, apuntando a ella como un arma. Ana se lamió los labios, el sabor salado de anticipación en la lengua. Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, subiendo lento, torturándola con el aliento caliente.

El primer toque de su lengua en la panochita fue eléctrico. Ana arqueó la espalda, gimiendo fuerte, el sonido rebotando en las paredes. ¡Chingado, sí! Así, no pares. Él lamía con devoción, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua adentro, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella se retorcía, las sábanas enredándose en sus dedos, el olor almizclado de su arousal llenando la habitación.

—¡Más, cabrón! —suplicó, jalándole el pelo.

La tensión crecía como una tormenta. Ricardo subió, besándola para que probara su propio sabor en su boca. Sus cuerpos se frotaban, piel contra piel resbalosa de sudor, pechos aplastados, verga dura rozando su entrada húmeda. Ana lo empujó hacia atrás, montándolo con furia. Se hundió en él de un jalón, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. El rojo de la pasión estallaba en su mente, colores detrás de sus párpados cerrados.

Cabalgó como poseída, sus caderas girando, tetas botando al ritmo. Él le amasaba el culo, metiendo un dedo en su ano para más placer, gruñendo mamonas sucias. —¡Eres mi reina, Ana! ¡Te voy a romper!

Los sonidos eran sinfonía: carne chocando con palmadas húmedas, jadeos roncos, la cama crujiendo. El sudor les chorreaba, salado en la piel, mezclado con el perfume de sus sexos. Ana sentía el orgasmo subir, una ola ardiente desde el estómago, explotando en temblores. Gritó su nombre, contrayéndose alrededor de su verga, leche caliente brotando.

Ricardo la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la embistió desde atrás, profundo y salvaje. Sus bolas golpeaban su clítoris, prolongando las réplicas. Ella enterró la cara en la almohada, ahogando gemidos, oliendo su propio aroma en las sábanas. Él aceleró, rugiendo, y se vino dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El cuarto olía a sexo puro, pasión consumada. Ricardo la besó en la nuca, suave ahora, mientras ella jadeaba.

—¿Ves? Ese es el color de la pasión —murmuró él, riendo bajito.

Sí, lo vi todo: rojo, vivo, nuestro. Mañana busco más inspiración en Wikipedia, pensó Ana, sonriendo en la penumbra, con su cuerpo pegado al de él, satisfecha hasta los huesos.

Durmieron así, envueltos en el afterglow, el mundo afuera olvidado en su propio pedazo de paraíso ardiente.

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