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Donde Puedo Ver la Pasión Eterna de Mi Cristo Prohibido

6048 palabras

Donde Puedo Ver la Pasión Eterna de Mi Cristo Prohibido

Estaba en mi depa en la Roma, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una caricia pesada. El ventilador zumbaba pendejeando contra el bochorno, pero nada refrescaba el fuego que me ardía por dentro. Yo, Karla, treintañera con curvas que volvían locos a los galanes del barrio, me recosté en el sillón con mi laptop. Busqué donde puedo ver la pasión de cristo de mel gibson, no por devoción, sino porque recordaba cómo esa película me había puesto la piel chinita de emoción hace años. La violencia, el sufrimiento, esa entrega total... siempre me había revuelto algo profundo, algo carnal.

Ahí apareció él, mi vecino Cristo –sí, se llamaba así el cabrón, con su nombre de profeta y cuerpo de pecado. Alto, moreno, con tatuajes que asomaban por la playera ajustada y unos ojos negros que prometían redención en formas nada santas. Tocó la puerta y entré él con una botella de mezcal. "¿Qué onda, carnala? Te vi buscando en tu compu, ¿necesitas ayuda con eso de la Pasión?" dijo con esa voz ronca que me hacía mojarme al instante.

Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome como tambor en Quincena. "¿Cómo supiste?" pregunté, pero ya sabía: las paredes en este edificio son más chismosas que vecina metiche. Se acercó, su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco invadiéndome las fosas nasales. "Yo la tengo en mi disco duro, te la paso... o mejor, la vemos juntos y te explico mis partes favoritas." Su sonrisa era diabólica, prometiendo más que una película.

Acto uno: la seducción sutil. Nos sentamos en mi cama, la pantalla iluminando nuestras caras mientras empezaba la cinta. Los latigazos resonaban, crudos, y yo sentía cada uno en mi piel imaginaria. Cristo –mi Cristo– se recargó en mí, su muslo rozando el mío. El calor de su cuerpo era un imán, el roce de su pantalón contra mi falda corta enviando chispas. "¿Sientes esa pasión?" murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a menta y deseo. Asentí, la boca seca, el pulso acelerado. Sus dedos jugaban con el borde de mi blusa, trazando círculos lentos sobre mi ombligo expuesto.

Pinche hombre, ¿por qué me hace esto? Cada toque es como un clavo en mi carne, dulce dolor que me hace arquearme. Quiero que me azote como a él en la película, pero con placer, no castigo.

La tensión crecía con cada escena. Sus manos subieron, desabotonando mi blusa con maestría, exponiendo mis chichis firmes al aire acondicionado que ahora parecía un soplo erótico. Gemí bajito cuando pellizcó mis pezones, endureciéndolos como piedras preciosas. "Shh, carnala, déjame verte sufrir de placer como mi tocayo." Su boca descendió, lamiendo mi cuello, saboreando el salado de mi sudor. Olía a vainilla de mi loción mezclada con su masculinidad cruda.

Acto dos: la escalada al éxtasis. La película seguía, pero ya nadie la veía. Me volteó boca abajo, su peso sobre mí como una cruz voluntaria. Deslizó mi tanga, exponiendo mi culo redondo al aire. Sus manos masajeaban, amasaban, mientras su verga dura presionaba contra mis nalgas a través del jeans. "Dónde puedo ver tu pasión, Karla..." susurró, adaptando la frase con picardía mexicana. Reí nerviosa, pero el riso se convirtió en jadeo cuando su lengua trazó mi raja, saboreándome como tequila añejo.

El cuarto olía a sexo inminente: mi humedad dulce, su sudor almizclado, el mezcal derramado en la mesita. Me giró, besándome con hambre, lenguas enredadas en baile salvaje. Sabía a gloria prohibida. Le bajé el pantalón, liberando su pito grueso, venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, la piel suave sobre acero. "Chúpamela, mi Magdalena." obedecí, succionando la cabeza salada, gimiendo con cada embestida en mi garganta. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome con ternura feroz.

La intensidad subía. Me montó, penetrándome lento al principio, cada centímetro estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón!" grité, uñas clavadas en su espalda tatuada. Ritmo acelerado, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. Sus bolas golpeaban mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer. Internamente, luchaba: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su mirada me redime, me hace suya en esta pasión eterna. Gemidos llenaban el cuarto, mezclados con los gritos lejanos de la película olvidada.

Volteamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como yegua en celo. Sus manos en mis caderas, guiando el vaivén. Veía su cara contorsionada de gozo, músculos tensos, venas saltadas. Olía nuestro amor líquido, escuchaba los squelches húmedos, sentía su pito golpeando mi fondo, tocando spots que me hacían ver estrellas.

No aguanto más, este Cristo me lleva al cielo con cada estocada. Mi cuerpo tiembla, el orgasmo se acerca como la crucifixión inevitable.

Acto tres: la redención gozosa. Aceleré, rebotando furiosa, mis chichis saltando libres. Él se incorporó, mamando un pezón mientras su dedo frotaba mi ano con promesas futuras. El clímax explotó: grité su nombre –Cristo, mi salvador carnal– mientras contracciones me ordeñaban, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome de leche caliente, pulsos interminables que me bañaban por dentro.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido recordatorio. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "¿Viste? Esa es la verdadera pasión." murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su pecho velludo. El ventilador seguía zumbando, la película pausada en la resurrección. Yo resucité hoy, en sus brazos. Mañana buscaremos dónde ver más... de nosotros.

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, el sol poniente tiñendo la habitación de rojo pasional. México, con su calor eterno, había bendecido esta unión prohibida pero consentida al mil.

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