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La Pasión de Cristo Videos Prohibidos

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La Pasión de Cristo Videos Prohibidos

Estaba tirada en el sillón de mi depa en la Roma Norte, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una promesa de algo más intenso. El ventilador zumbaba pendejamente arriba, moviendo el aire caliente sin refrescar nada. Tenía el laptop en las piernas, sudando un poco bajo los shorts cortitos que me había puesto para sentirme sexy aunque estuviera sola. Neta, necesitaba algo que me prendiera el ánimo, porque el día había sido un desmadre en la oficina y mi cuerpo pedía a gritos un desahogo.

Empecé scrolleando por la red, buscando algo picante. No sé por qué carajos tecleé la pasión de cristo videos. Quizás porque recordaba esa película religiosa que vi de morrilla, con toda esa intensidad dramática, y de repente mi mente perversa la transformó en algo carnal. Los resultados me explotaron en la cara: no eran sermones ni crucifixiones, sino parodias eróticas bien cabronas, videos prohibidos donde un Cristo musculoso y tatuado se entregaba a pecados de carne en escenarios que mezclaban lo sacro con lo profano. Mi pulso se aceleró al ver las thumbnails: cuerpos aceitados brillando bajo luces tenues, gemidos que se filtraban en el preview como un susurro del diablo.

¿Qué pedo conmigo? Esto está cañón, pero me está poniendo caliente como chile en nogada.

Cerré las piernas con fuerza, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna. El olor de mi propia excitación empezó a mezclarse con el aroma del café que se enfriaba en la mesa. Puse play a uno: la pantalla se llenó de una mujer vestida de virgen María, arrodillada ante un Jesús de pectorales duros como piedra, su verga erecta palpitando al ritmo de un soundtrack de coros gregorianos retorcidos en moans profundos. Toqué mi piel, suave y erizada, imaginándome ahí, entregándome a esa pasión blasfema.

Le marqué a Carlos, mi carnalito del alma, ese wey que siempre me hace volar la cabeza en la cama. "Ven pa'cá güey, neta que encontré algo que te va a poner como toro", le dije con voz ronca cuando contestó. Él soltó una carcajada juguetona: "Órale mami, ya voy, no me hagas esperar con tus travesuras". Colgué y me levanté a perfumarme un poco, echándome esencia de vainilla que olía a deseo dulce y prohibido. Me miré en el espejo: curvas mexicanas orgullosas, tetas firmes escapando del brasier, labios carnosos listos para pecar.

Carlos llegó en menos de veinte minutos, con su playera ajustada marcando los músculos que tanto me gustaban y una sonrisa pícara que me derretía. Olía a colonia fresca y a sudor varonil del tráfico. "Muéstrame qué traes, perra caliente", me dijo abrazándome fuerte, sus manos bajando a mi culo para apretarlo con esa posesión que me volvía loca. Lo llevé al sillón, abrí el laptop y puse el video. Sus ojos se abrieron grandes al ver la escena: el Cristo fake clavando su pasión en una Magdalena tatuada, cuerpos chocando con sonidos húmedos y jadeos que llenaban la habitación.

"La pasión de cristo videos güey, ¿no está de huevos? Es como si Dios nos mandara porno personalizado", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo mientras mi mano se colaba en su pantalón. Él gruñó, su verga ya dura como fierro contra mi palma. "Estás loca cabrona, pero me late. Vamos a recrearlo". El aire se cargó de tensión, nuestros alientos mezclándose, el zumbido del ventilador ahora un fondo perfecto para lo que venía.

Empecé el juego lento, poniéndome de rodillas frente a él como en el video. Le bajé el zipper con los dientes, liberando su miembro grueso y venoso que saltó ansioso. Olía a hombre puro, a testosterona y promesas. "Soy tu Magdalena, Cristo mío, peca conmigo", le dije con voz de gata en celo, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando la sal pre-semen que brotaba. Él metió los dedos en mi pelo, jalando suave pero firme: "Sí mi amor, toma mi cruz, chúpala hasta el fondo". El sonido de mi boca succionando llenó el cuarto, babas resbalando por su tronco, mis tetas rozando sus muslos peludos.

Su sabor me enloquece, es como miel picante, quiero que me rompa entera.

La intensidad subió cuando me levantó y me tiró en el sillón, arrancándome la ropa con urgencia. Mi piel ardía al contacto del aire, pezones duros como balas pidiendo atención. Él se arrodilló entre mis piernas abiertas, inhalando profundo mi aroma almizclado de panocha mojada. "Qué rica hueles, mi virgen pecadora", murmuró antes de hundir la cara. Su lengua experta bailó en mi clítoris, chupando y lamiendo con ráfagas que me hacían arquear la espalda. Gemí fuerte, "¡Ay wey, así no pares, me vas a hacer venir ya!", mis jugos cubriendo su barbilla, el slap-slap de su boca contra mi carne hinchada resonando como aplausos obscenos.

Pero no quería acabar todavía. Lo empujé arriba, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, estirándome delicioso, llenándome hasta el útero. "¡Chíngame Cristo, dame tu pasión!", grité mientras rebotaba, mis nalgas chocando contra sus huevos con palmadas rítmicas. Él me agarraba las caderas, clavándome los dedos, sudando copiosamente, su pecho reluciente bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana. Olíamos a sexo crudo, a sudor salado y fluidos mezclados, el cuarto un horno de lujuria.

La tensión creció en espiral. Cambiamos posiciones como en esos videos cabrones: él me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás con fuerza animal, su vientre golpeando mi culo en un tamborileo frenético. "¡Más duro pendejo, rómpeme la concha!", le rogaba, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga palpitante. Sentía cada vena frotando mis adentros, el placer acumulándose como tormenta en mi vientre bajo. Él jadeaba en mi oído: "Te amo mi puta santa, córrete para mí".

El clímax nos azotó como rayo. Mi orgasmo explotó primero, un tsunami de contracciones que me dejó temblando, chillando su nombre mientras chorros calientes escapaban de mí, empapando sus bolas. Él rugió segundos después, hundiéndose profundo y soltando chorros de leche espesa que pintaban mis paredes internas. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos entrelazados, pulsos latiendo al unísono como tambores de pasión compartida.

En el afterglow, nos quedamos abrazados en el sillón, el laptop olvidado con el video pausado en una escena de éxtasis eterno. Su piel contra la mía era seda caliente, besos suaves en mi cuello saboreando el sudor salado. "Neta güey, esos la pasión de cristo videos nos prendieron cañón", le dije riendo bajito, trazando círculos en su pecho con la uña.

Esto no fue solo cogida, fue redención en carne viva, y quiero más de esta herejía todos los días.

Él me miró con ojos brillosos: "Eres mi diosa pagana, mi amor. Mañana buscamos más". El sol se ponía tiñendo la habitación de rojo sangre, como un lienzo de nuestra pasión. Me sentía plena, empoderada, con el cuerpo zumbando de satisfacción y el alma en paz. En México, la pasión siempre encuentra su camino, prohibida o no.

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