Relatos Prohibidos
Inicio Hetero La Duracion Prolongada de la Pasion de Cristo La Duracion Prolongada de la Pasion de Cristo

La Duracion Prolongada de la Pasion de Cristo

7114 palabras

La Duracion Prolongada de la Pasion de Cristo

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la arena blanca de la playa, pero el aire acondicionado del bar La Ola Azul era un bendito alivio. Sofía se recargaba en la barra, con un michelada helada en la mano, observando a la gente bailar al ritmo de cumbia rebajada. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba un poquito a su piel sudada, resaltando sus curvas generosas. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo que le acelerara el pulso más que el tequila.

Entonces lo vio. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo una camisa blanca desabotonada hasta el pecho. Un tatuaje de una cruz estilizada asomaba por su cuello, y sus ojos negros brillaban como el mar en tormenta. Se llamaba Cristo, le dijo cuando se acercó con una sonrisa pícara. "¿Qué onda, preciosa? ¿Te invito una chela o ya vienes con el shot cargado?" Su voz grave, con ese acento norteño juguetón, le erizó la piel.

Sofía rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Órale, este wey es un chulo total, pensó. Charlaron de la vida en la costa, de cómo él era guía de tours en yates para gringos adinerados, y ella diseñadora gráfica freelance que había escapado de la CDMX por unos días. La química era inmediata: roces casuales de manos, miradas que se demoraban en los labios del otro. Cuando pusieron La Chona, la jaló a la pista. Sus cuerpos se pegaron al bailar, el sudor de él oliendo a sal marina y colonia barata pero sexy, el de ella a coco de su crema. Sus caderas chocaban, y ella sintió su dureza presionando contra su vientre.

¡Ay, Dios! Este pendejo me va a volver loca antes de la media noche.

La tensión crecía como la marea. Después de tres canciones, Cristo le susurró al oído: "¿Vamos a caminar por la playa, nena? O mejor, ¿a mi casa? Está aquí cerquita, con vista al mar." Sofía no lo pensó dos veces. Sí, carnal, esto es lo que necesitaba. Salieron tomados de la mano, el viento nocturno fresco lamiendo sus pieles calientes. La casa de él era un bungaló modesto pero chulo, con hamaca en el porche y velas aromáticas encendidas.

Adentro, la puerta apenas se cerró cuando sus bocas se encontraron. Besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a limón y cerveza. Las manos de Cristo exploraban su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas firmes. Sofía gemía bajito, "¡Ay, Cristo, qué rico besas, wey!" Él la cargó como si no pesara nada, llevándola a la cama king size con sábanas frescas. La desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello perfumado a vainilla, los pechos turgentes con pezones oscuros que endureció con la lengua. El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce.

Esto es puro fuego, pensó Sofía mientras él lamía su ombligo, bajando por el vientre plano hasta el monte de Venus recortado con esmero. Sus dedos juguetearon con los labios húmedos de su panocha, separándolos para encontrar el clítoris hinchado. "Estás chorreando, mi reina. ¿Quieres que te coma entera?" Ella arqueó la espalda, asintiendo con un jadeo. La boca de Cristo era mágica: chupadas suaves, vueltas de lengua que la hacían retorcerse, el sonido húmedo de su succión mezclándose con sus ¡ahhs! agudos. Olía a mar y a sexo, el sabor salado de ella en su lengua lo volvía loco.

Pero Cristo no apresuraba nada. La duró, la hizo rogar.

¿Cuánto va a durar esto? Neta, parece que tiene la duración de La Pasión de Cristo, pero en versión cachonda y consensuada.
Sofía rio entre gemidos, recordando la película que había visto de niña en catecismo, pero esto era otra pasión: la de dos cuerpos adultos en llamas. Él se quitó la ropa, revelando un torso esculpido, abdomen de tableta de chocolate, y una verga gruesa, venosa, erguida como un mástil. "Tócala, Sofi. Es toda tuya."

Ella la tomó, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre la rigidez de acero. La masturbó despacio, lamiendo la punta perlada de precum salado. Cristo gruñó, "¡Qué chingona eres, mamacita! Pero espera, que la noche es larga." La puso a cuatro patas, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza. Entró centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El placer era intenso: su grosor llenándola, las bolas peludas golpeando su clítoris con cada embestida lenta. Sudor goteaba de sus frentes, el slap-slap de carne contra carne resonaba como olas rompiendo.

La follada escaló. Primero misionero, mirándose a los ojos, besos profundos mientras él la penetraba profundo, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Sus músculos flexionándose bajo mis uñas, el olor de nuestro sudor mezclado con el jazmín del jardín... ¡No pares! Cambio a vaquera: Sofía encima, cabalgando como amazona, sus tetas rebotando, manos en su pecho velludo. Él pellizcaba sus pezones, "¡Avienta, reina! Muéstrame cuánto lo quieres." Ella aceleró, el orgasmo building como tormenta: contracciones en el vientre, pulsos en la verga dentro de ella.

El primero la sacudió como rayo. "¡Me vengo, Cristo! ¡No pares, pendejo!" Gritó, empapándolo con chorros calientes. Pero él aguantó, volteándola a cucharita, una mano en su clítoris frotando círculos mientras la taladraba desde atrás. El segundo clímax la dobló, piernas temblando, visión borrosa.

Esta pasión no tiene fin. Ni la duración de La Pasión de Cristo se acerca a esto: dos horas de puro éxtasis en vez de sufrimiento.
Cristo jadeaba, su aliento caliente en su nuca, "Aguanta, mi amor, que ya voy por ti."

La intensidad psicológica era brutal. Sofía se sentía poderosa, deseada, empoderada en cada embestida. Él le susurraba guarradas mexicanas: "Tu panochita me aprieta como guante, neta eres una diosa." Conflicto interno resuelto: ya no era la chica que fingía en la CDMX, aquí era salvaje, libre. Cambio final a perrito agresivo, él jalando su pelo suave, nalgadas que ardían placenteras. El aire olía a semen inminente, a pieles enrojecidas.

Al fin, el clímax compartido. Cristo rugió como león, "¡Me corro, Sofi! ¡Toma todo!" Su verga latió, inundándola de semen caliente, espeso, mientras ella explotaba en un tercero, uñas clavadas en las sábanas. Colapsaron, entrelazados, pulsos galopantes sincronizados. El afterglow era perfecto: besos perezosos, risas ahogadas, el sonido de las olas arrullando.

Acostados, con su cabeza en el pecho de él, Sofía trazaba el tatuaje de la cruz. La verdadera duración de la pasión de Cristo no está en una película, está aquí, en esta noche eterna. Él la abrazó fuerte, "¿Repetimos al amanecer, preciosa?" Ella sonrió, sabiendo que sí. Esta pasión había cambiado algo en ella: ahora sabía que el placer duradero era posible, consensuado y ardiente como el sol mexicano.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.