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Diario de una Pasion Poster

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Diario de una Pasion Poster

Hoy el calor de la tarde en el DF me tenía sudando como loca, pero no por el sol que se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa. No, era por ese diario de una pasion poster que encontré tirado en el fondo de mi clóset, arrugado pero todavía vibrante con colores rojos y dorados. Era un póster viejo de una película romántica mexicana de los noventa, de esas que prometen amores intensos y cuerpos entrelazados en la penumbra. Lo había comprado en un tianguis hace años, pensando que le daría un toque sexy a mi recámara. Lo colgué frente a la cama, y de repente, el aire se cargó de promesas.

Me quité la blusa empapada, sintiendo el roce fresco del ventilador en mi piel desnuda del torso. Mis pezones se endurecieron al instante, como si el póster me estuviera mirando. Qué pendeja soy, pensé, pero neta, esa imagen de la pareja besándose con pasión desatada me prendió el foco. Oí la llave en la puerta. Era él, Marco, mi carnalito del alma, el wey que me hace temblar con solo una mirada. Entró oliendo a colonia barata mezclada con el humo del tráfico, su camisa pegada al pecho musculoso por el bochorno.

¡Órale, Ana! ¿Qué es esto? ¿Pusiste porno en la pared?
dijo riendo, mientras dejaba su mochila en el suelo y se acercaba al póster. Sus ojos cafés se iluminaron con picardía, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos.

Me acerqué por detrás, rodeándole la cintura con mis brazos, presionando mis tetas contra su espalda. El olor de su sudor fresco me invadió las fosas nasales, ese aroma macho y limpio que me vuelve loca. Diario de una pasión, susurré contra su oreja, mordisqueándola suave. El póster parece nuestro diario, ¿no? Él giró, sus manos grandes tomándome la cara, y me besó con hambre. Sus labios gruesos sabían a chicle de menta y a la neta pasión que tanto anhelaba.

Nos fuimos moviendo hacia la cama sin soltar la boca del otro. El beso era un torbellino: lenguas danzando, saliva tibia intercambiándose, dientes rozando con esa urgencia que hace que el corazón lata como tamborazo en fiesta. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre a través del pantalón, dura como piedra, palpitante. Qué chingón se siente eso, pensé, mientras mis manos bajaban a desabrocharle el cinturón. Él gemía bajito, un ronroneo grave que vibraba en mi pecho.

Caímos sobre las sábanas revueltas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Marco me quitó el brasier con maestría, sus dedos callosos rozando mis costados, enviando chispas de placer por mi espina. Me miró fijo, bebiendo con los ojos mis curvas.

Eres una diosa, mi reina
, murmuró, y su aliento caliente me erizó la piel. Bajó la boca a mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por el valle de mis senos. Chupó un pezón, succionando con fuerza, mientras su mano libre se colaba en mis panties, encontrando mi conchita ya empapada.

¡Ay, wey! El roce de sus dedos en mi clítoris fue eléctrico, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El sonido húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos ahogados. Olía a sexo inminente, a esa esencia almizclada de excitación que nos envuelve como niebla. Intenté concentrarme, pero mi mente era un remolino: Quiero que me coma entera, que me haga suya como en ese póster. Le empujé la cabeza hacia abajo, y él obedeció, besando mi ombligo, mi monte de Venus, hasta llegar al centro de mi fuego.

Su lengua era un instrumento del diablo. Lamidas largas y planas sobre mis labios mayores, sorbiendo mis fluidos con deleite. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras su boca capturaba mi botón hinchado. Gemí fuerte, el placer subiendo como ola en la costa de Acapulco. Mis caderas se movían solas, follándome su cara, el vello de su barba raspándome las ingles de forma deliciosa.

Más, pendejo, no pares
, le supliqué, y él aceleró, chupando con voracidad hasta que exploté en su boca. Mi orgasmo fue un terremoto: visión borrosa, pulso retumbando en oídos, chorros de placer saliendo de mí.

Pero no paró ahí. Me volteó como muñeca, poniéndome a cuatro patas frente al póster. Vi reflejada nuestra silueta en el espejo de la pared, sombras bailando al ritmo del ventilador. Marco se quitó el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La frotó contra mis nalgas, untando mi humedad, provocándome. Entra ya, cabrón, pensé, mordiéndome el labio hasta sangrar un poquito, el sabor metálico mezclándose con mi saliva.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese ardor dulce que duele tan rico. Su calor me llenó por completo, su pubis chocando contra mi culo con un plaf suave. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada pulso. El sonido de piel contra piel era hipnótico, slap-slap-slap, sincronizado con nuestros jadeos. Sudábamos a mares, gotas cayendo por su pecho, resbalando hasta unirnos. Olía a nosotros, a sexo puro, a pasión desbocada como la del póster.

Aceleró, sus manos agarrándome las caderas, dedos hundiéndose en mi carne suave. Yo me arqueaba, empujando hacia atrás, follándolo con furia.

¡Sí, así, mi amor! ¡Chíngame duro!
grité, y él gruñó como bestia, embistiéndome con todo. Mi clítoris palpitaba rozando la sábana, otro orgasmo construyéndose. Sentí sus bolas apretándose contra mí, su verga hinchándose más. Vamos a volar juntos, pensé, mientras el mundo se reducía a esa fricción divina.

Explotamos al unísono. Él se corrió primero, chorros calientes inundándome, su grito ronco retumbando en las paredes. Yo le seguí, contrayéndome alrededor de su polla, ordeñándolo, olas de éxtasis sacudiéndome hasta los dedos de los pies. Colapsamos, él encima aún dentro de mí, nuestros cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aire olía a clímax, a satisfacción profunda.

Nos quedamos así un rato, respiraciones calmándose, corazones latiendo al unísono. Marco se salió suave, un río de su leche escurriendo por mis muslos, cálido y pegajoso. Me volteó y me besó tierno, lamiendo mis labios hinchados.

Eres mi pasión diaria, Ana
, dijo, acariciándome el pelo. Miramos el póster juntos, riendo bajito. Ese diario de una pasion poster había sido el catalizador perfecto para nuestra propia entrada en el libro de los amores intensos.

Ahora, acostada sola mientras él se ducha, siento el afterglow envolviéndome como manta suave. Mi cuerpo zumba todavía, satisfecho pero con ese antojo residual que promete más noches así. Gracias, póster viejo, por recordarme que la pasión no se guarda en un diario, se vive en la piel. Mañana será otro día, pero esta página ya está escrita con fuego eterno.

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