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Abismo de Pasión Capítulo 41

7487 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 41

Ana sintió el calor del sol de Guadalajara filtrándose por las cortinas de encaje de su habitación en el hotel boutique del centro. El aroma a jazmín del jardín abajo se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con el leve perfume de su loción de vainilla. Hacía semanas que no veía a Javier, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Su abismo de pasión había empezado como un juego inocente en una fiesta de amigos, pero ahora, en lo que ella llamaba en secreto su mente Abismo de Pasión Capítulo 41, todo estaba a punto de explotar de nuevo.

Se miró en el espejo del baño, ajustando el escote de su vestido negro ajustado que marcaba sus curvas como un guante. "Órale, Ana, hoy lo vas a volver loco", se dijo, pasando la lengua por sus labios pintados de rojo. El sonido de la llave en la puerta la hizo brincar de emoción. Javier entró, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Sus ojos oscuros la devoraron de inmediato.

Neta, mi reina, te extrañé tanto —gruñó él, cerrando la puerta con un clic que resonó como una promesa.

Ana se acercó, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. Sus manos se encontraron, piel contra piel, cálida y suave la de ella, áspera y fuerte la de él por el trabajo en la construcción de lujo que lo mantenía en forma. El roce envió chispas por su espina dorsal. Se besaron con hambre, labios húmedos chocando, lenguas danzando en un tango salvaje. Saboreó el whisky en su boca, mezclado con el salado de su sudor fresco del viaje.

Esto es el principio del fin, o el fin del principio. Cada beso me hunde más en este abismo, pensó Ana, mientras sus dedos se enredaban en el cabello negro y revuelto de Javier.

La llevaron al balcón, donde la brisa nocturna jugaba con sus ropas. Guadalajara bullía abajo: risas de transeúntes, el claxon lejano de un taxi, el olor a tacos al pastor de un puesto cercano. Javier la presionó contra la barandilla de hierro forjado, sus caderas frotándose contra las de ella. Ana jadeó al sentir su dureza presionando su vientre, un calor que se extendía como fuego líquido entre sus muslos.

— Quiero comerte entera, chula —susurró él al oído, mordisqueando el lóbulo. Su aliento caliente la erizó la piel.

Acto uno completo: la tensión inicial se había encendido. Ana lo empujó dentro, cerrando las puertas del balcón para que el mundo no los interrumpiera. Lo desvistió con urgencia, botón por botón, revelando su torso esculpido, músculos tensos bajo la luz ámbar de la lámpara. Él hizo lo mismo, bajando el zipper de su vestido con dientes, dejando que cayera al piso como una cascada de seda. Quedó en lencería de encaje rojo, pezones endurecidos rozando el aire fresco.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Javier besó su cuello, bajando por el valle de sus senos. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajo cuando su boca capturó un pezón, chupando con succiones rítmicas que enviaban ondas de placer directo a su centro. El sonido húmedo de su lengua, el roce de su barba incipiente en su piel sensible, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el suyo... todo era un torbellino sensorial.

Manos expertas exploraron. Las de él se colaron entre sus piernas, dedos gruesos separando los labios hinchados, encontrando la humedad que ya empapaba sus bragas. "¡Ay, cabrón, sí!" gritó ella internamente, mientras él frotaba su clítoris en círculos lentos, tortuosos. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba. Le bajó los bóxers, liberando su verga erecta, venosa y palpitante. La tomó en mano, masturbándolo con movimientos firmes, sintiendo el precum resbaloso en su palma.

Pendejo, me tienes al borde ya — jadeó ella, voz ronca de deseo.

El medio acto escalaba. Javier se arrodilló entre sus piernas, quitándole las bragas con los dientes. El aire fresco besó su sexo expuesto, haciendo que se estremeciera. Él sopló suavemente, luego lamió desde el perineo hasta el clítoris, plano de lengua, saboreándola como un mango maduro. Ana gritó, caderas elevándose, manos apretando las sábanas. El sabor salado-dulce de ella lo enloqueció; lamía más rápido, metiendo dos dedos que curvaba contra su punto G, bombeando en sincronía con su boca.

El cuarto se llenó de sonidos obscenos: lamidas chapoteantes, gemidos ahogados, la cama crujiendo bajo sus movimientos. Sudor perlaba sus cuerpos, brillando bajo la luz. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. Capítulo 41 de nuestro abismo de pasión, donde me rindo por completo, pensó, mientras sus paredes internas se contraían alrededor de sus dedos.

— ¡Ven pa'cá, quiero sentirte dentro! —exigió ella, tirando de él.

Javier se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra su entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono. Él era grande, llenándola por completo, rozando cada nervio. Comenzaron a moverse, ritmo pausado al principio: él saliendo casi todo, volviendo a hundirse profundo. El slap-slap de piel contra piel, el squelch de sus jugos, el olor penetrante del sexo puro.

Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, talones clavándose en sus nalgas firmes. Javier aceleró, embistiéndola con fuerza controlada, senos rebotando con cada choque. Sus ojos se clavaron en los de ella, conexión profunda más allá de lo físico. Te amo en este abismo, mi vida, pensó él, besándola mientras la penetraba más hondo.

La intensidad creció. Cambiaron posiciones: Ana encima, cabalgándolo como una amazona. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra el vello púbico de él. Javier amasaba sus nalgas, azotándolas suavemente, el sonido ecoando. Ella se inclinó, senos en su boca, mientras subía y bajaba, verga desapareciendo en su calor apretado. El clímax la alcanzó primero: un grito gutural, cuerpo convulsionando, chorros de placer empapando sus unidos sexos.

— ¡Sí, mami, apriétame! —rugió él, volteándola a cuatro patas.

Desde atrás, la poseyó con furia animal, manos en sus caderas, tirando de su cabello. El espejo del clóset reflejaba la escena: ella con la boca abierta en éxtasis, él sudado y concentrado. Javier se corrió con un bramido, llenándola de semen caliente, pulsos tras pulsos. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

En el afterglow, el acto final, yacían en silencio. Javier la acunó, besando su frente húmeda. El aroma a sexo y sudor impregnaba el aire, mezclado con el jazmín que volvía a colarse. Ana trazó patrones en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse.

Este capítulo 41 de nuestro abismo de pasión termina perfecto, pero sé que habrá más. Contigo, siempre hay más, reflexionó ella, sonriendo.

— Eres mi todo, Ana. No hay abismo sin ti — murmuró él, voz somnolienta.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el pulso de la ciudad como banda sonora lejana. Mañana traería lo que fuera, pero esta noche, en su abismo de pasión, habían encontrado el paraíso.

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