La Pasión Ardiente de Jesus de la Pasion de Cristo
Era Semana Santa en Taxco, Guerrero, y el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia marchitas. Yo, Lupita, había llegado de la Ciudad de México buscando un poco de paz en medio del bullicio de las procesiones. Pero lo que encontré fue algo mucho más intenso. Caminaba por las calles empedradas, el sol pegándome en la nuca como un beso caliente, cuando entré en la iglesia de Santa Prisca. Ahí estaba él, Jesus de la Pasion de Cristo, la escultura de madera policromada que todos veneraban. Su cuerpo semidesnudo, con las venas marcadas en los brazos extendidos, la corona de espinas hundiéndose en la frente, y esa mirada de sufrimiento que te calaba hasta los huesos. Neta, no sé qué me pasó, pero sentí un calor subiéndome por el vientre, como si su dolor me llamara a algo prohibido.
Me quedé parada frente al altar, el murmullo de las oraciones de las señoras devotas zumbando en mis oídos como abejas. Toqué la madera áspera de la base de la escultura, imaginando cómo se sentiría esa piel tallada contra la mía. ¿Qué chingados me pasa?, pensé, mientras un escalofrío me erizaba los vellos de los brazos. El olor a cera de velas derretidas se mezclaba con mi propio aroma, ese que sale cuando te moja la entrepierna sin permiso. Justo entonces, lo vi a él. Un wey alto, moreno, con ojos negros como la noche y una barba recortada que le daba un aire de... Jesus de la Pasion de Cristo vivo. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban pintados en las piernas fuertes.
Se acercó cargando una caja de velas, y me sonrió con dientes blancos y perfectos.
"¿Primera vez viendo al Señor de la Pasión, morra?"dijo con voz grave, como un ronroneo que me vibró en el pecho. Pinche voz, me va a matar. Le contesté que sí, tartamudeando un poco, y platicamos. Se llamaba Jesús, qué ironía, y era el encargado de las procesiones. Jesús, como el de la escultura. Me contó que esa figura era la más antigua del pueblo, traída de España hace siglos, y que durante la Pasión la sacaban en andas. Sus manos grandes rozaron las mías al pasarme una veladora, y sentí la electricidad, como chispas en la piel. Olía a jabón y a sudor fresco, ese olor macho que te hace apretar las piernas.
Salimos de la iglesia juntos, el sol ya bajando y tiñendo todo de naranja. Caminamos por la plaza, comiendo elotes asados que chorreaban mantequilla caliente en mis dedos. Él reía con mis chistes pendejos, y yo no podía dejar de mirarle la boca, imaginándola en mi cuello. ¿Y si lo invito a mi hotel? Neta, Lupita, estás loca. Pero la tensión crecía con cada paso, el roce accidental de su brazo contra mi teta, el calor de su cuerpo a centímetros. Me dijo que vivía cerca, en una casita colonial con patio.
"Pásate a ver las fotos de las procesiones, si quieres", me invitó, y yo, con el corazón latiéndome como tambor, dije que sí.
En su casa, el aire era fresco, con olor a tierra mojada del jardín. Me sirvió un tequila reposado en vasos de cristal grueso, y nos sentamos en el sofá de cuero viejo que crujía bajo nuestro peso. Hablamos de todo: de la fe, del deseo, de cómo la Pasión de Cristo siempre le había parecido más humana que divina. Sus ojos me comían viva. Poco a poco, su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo bajo la falda. Sentí su palma callosa, áspera como la madera de la escultura, y un gemido se me escapó.
"¿Te gusta, Lupita? ¿Quieres que pare?"murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Ni madres, respondí, girándome para besarlo.
Su boca era fuego, lengua invadiendo la mía con sabor a tequila y sal. Me jaló contra él, sus manos amasando mis nalgas con fuerza, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. Es él, es Jesus de la Pasion de Cristo en carne y hueso. Nos quitamos la ropa a mordidas, el sonido de botones saltando y tela rasgándose llenando la habitación. Su verga saltó libre, gruesa y venosa como las cuerdas de la escultura, palpitando contra mi vientre. La toqué, suave piel sobre acero duro, y él gruñó como animal.
"Chíngame, wey, no seas menso", le exigí, y me cargó como si no pesara nada.
Me tumbó en la cama, las sábanas frescas oliendo a lavanda. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de los muslos, lamiendo el sudor salado hasta llegar a mi panocha empapada. Su lengua era un torbellino, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dedos que me abrían como pétalos. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe, mis caderas alzándose para follarle la cara. Qué rico, pinche Jesús, me vas a hacer venir ya. Él se detuvo justo antes, subiendo para restregar su pija contra mis labios húmedos. La probé, salada y musgosa, mamándola hasta la garganta mientras él jadeaba
"¡Sí, morra, trágatela toda!".
La tensión era insoportable, nuestros cuerpos sudados pegándose con cada roce. Me volteó boca abajo, su pecho peludo contra mi espalda, y me penetró de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! Llenó mi chocha hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Empezó a bombear lento, cada embestida un latigazo de placer que me hacía ver estrellas. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeándome el culo, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Aceleró, sus manos en mis tetas apretando pezones duros como piedras, mordiéndome el hombro.
"Eres mi pasión, Lupita, mi puta santa", gruñó, y yo exploté primero, el orgasmo rompiéndome en olas que me dejaron temblando, chorros calientes mojando las sábanas.
Él siguió chingándome sin piedad, volteándome para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, sudor goteando de su frente como las gotas de sangre de la escultura. Jesus de la Pasion de Cristo, dámelo todo. Me abrió las piernas al máximo, clavándose profundo, y sentí su verga hincharse más.
"¡Me vengo, carajo!"rugió, y su leche caliente me inundó, pulso tras pulso, mientras yo lo ordeñaba con contracciones. Colapsamos juntos, jadeando, su peso sobre mí como una bendición pesada.
Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Su dedo trazaba círculos en mi piel pegajosa, y yo olía nuestra mezcla en las sábanas. Neta, esto fue más que sexo, fue una pasión de verdad. Hablamos bajito de volver a vernos, de las procesiones donde él cargaría al Señor. Me besó la frente, suave, y supe que esto no acababa aquí. Salí al amanecer, las piernas flojas, con el sabor de él en la boca y el recuerdo de Jesus de la Pasion de Cristo grabado en mi alma... y en mi cuerpo.