Facturacion Pasion del Cielo
Trabajo en el departamento de facturacion de una empresa de logística en Polanco, aquí en la CDMX. Día tras día, tecleo números interminables en la pantalla, el zumbido del aire acondicionado es mi único compañero y el aroma a café quemado del office impregna todo. Me llamo Valeria, tengo 28 años, soltera por elección propia después de un par de weyes que no valían la pena. Pero neta, a veces siento que mi vida es tan predecible como estas facturas: entrada, salida, cero emociones. Hasta que llegó él.
Era un jueves de esos calurosos, con el sol de junio pegando fuerte contra las ventanas polarizadas. Revisaba el sistema cuando sonó el intercomunicador. "Valeria, baja a recepción, hay un cliente importante", dijo mi jefa con esa voz de urgencia fingida. Bajé en el elevador, ajustándome la blusa blanca que se me pegaba un poco al cuerpo por el bochorno. Y ahí estaba: alto, moreno, con ojos color miel que brillaban como si guardaran secretos del desierto. Traía un traje entallado, camisa desabotonada lo justo para dejar ver un pecho firme, y un olor... ay, ese olor a sándalo mezclado con algo cítrico que me revolvió el estómago de inmediato.
"Hola, soy Diego, de Pasión del Cielo", se presentó extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera en las yemas, como si hubiera trabajado con las manos antes de volverse empresario. Pasión del Cielo, qué nombre tan evocador. Resulta que su compañía organiza viajes románticos de lujo: playas en la Riviera Maya, atardeceres en Valle de Bravo, todo con un toque sensual, velas, masajes y esas cosas que te hacen soñar despierta. Venía a cuadrar la facturacion de unos envíos recientes, pero mientras hablábamos en la sala de juntas, sus ojos no se despegaban de los míos. Sentí un cosquilleo en la nuca, el pulso acelerándose como si ya supiera que esto no era solo números.
Me invitó a un café "para platicar más del negocio", dijo con una sonrisa pícara.
"¿Qué pierdes, güerita? Un rato fuera de este cubículo", pensé yo, aceptando de volada. Salimos a una terraza cercana, el ruido de los cláxones de Reforma de fondo, pero su voz grave lo ahogaba todo. Hablamos de todo menos de facturas: de la comida callelosa que extrañaba de su infancia en Guadalajara, de cómo Pasión del Cielo nació de su propia necesidad de avivar chispas en parejas aburridas. Me contó que organiza escapadas donde la gente redescubre el fuego, y neta, su mirada me hacía sentir que ya estaba ardiendo.
Al día siguiente, el chat explotó. Mensajes juguetones: "¿Ya terminaste tu facturacion de hoy? ¿O piensas en volar al cielo conmigo?". Reí sola en mi escritorio, mordiéndome el labio. Quedamos en vernos ese viernes en un rooftop bar en la Roma, uno de esos con vista al skyline y cocteles fuertes. Llegué con un vestido negro ceñido, tacones que resonaban como promesas, el cabello suelto oliendo a vainilla de mi perfume favorito. Él ya estaba ahí, con una camisa guayabera moderna, un tequila en la mano. Me abrazó, su cuerpo duro presionando el mío por un segundo de más, y el calor de su aliento en mi oreja me erizó la piel.
La noche escaló chido. Bailamos cumbia rebajada bajo las luces neón, sus manos en mi cintura trazando círculos lentos que bajaban peligrosamente. "Estás cañona, Valeria", murmuró, su boca rozando mi cuello. Sentí el pulso latiendo en mi vena, el sabor salado de su piel cuando lo besé por primera vez. Fue como un trueno: labios carnosos, lengua juguetona con toques de tequila y menta. Nos fuimos a su departamento en Condesa, un penthouse con terraza que olía a jazmín fresco y ciudad viva abajo.
En el elevador, ya no aguantamos. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, mientras yo le desabotonaba la camisa sintiendo los músculos tensos debajo.
"Diego, no seas pendejo, ábrele ya", le dije riendo cuando forcejeamos con la puerta. Adentro, luces tenues, música suave de Natalia Lafourcade de fondo. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis pechos. Su olor me envolvía, masculino, adictivo. Yo le bajé los pantalones, acariciando esa erección dura que palpitaba bajo mis dedos, el calor irradiando como sol de mediodía.
Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, el roce de su barba incipiente enviando chispas eléctricas. "Te voy a hacer volar, mi reina", prometió, y su lengua encontró mi centro, lamiendo con maestría, saboreando mi humedad que sabía a deseo puro. Gemí fuerte, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes. Mis manos en su cabello, tirando suave, guiándolo mientras el placer subía en olas: cosquilleo en el vientre, pulsos en el clítoris, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, estrellas detrás de los párpados.
Pero no paró ahí. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró en mí de una embestida lenta, profunda. Su grosor me llenó por completo, estirándome deliciosamente, el roce de su vientre contra mis nalgas un ritmo hipnótico. El slap-slap de piel contra piel, mis pechos balanceándose, sus manos apretando mis caderas. "¡Más fuerte, cabrón!", le pedí, y él obedeció, acelerando, el sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose con mi aroma almizclado de excitación. Sentí cada vena, cada pulso dentro de mí, construyendo la tensión como una tormenta en el cielo de verano.
Me giró de nuevo, cara a cara, para mirarnos. Sus ojos fijos en los míos mientras me penetraba con thrusts precisos, mi clítoris rozando su pubis. El beso fue salvaje, dientes chocando, lenguas enredadas.
"Esto es la facturacion pasion del cielo, Valeria... cobrando con todo", jadeó él entre risas roncas, y yo reí también, perdida en el éxtasis. El clímax nos golpeó juntos: yo contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo, él gruñendo mi nombre mientras se vaciaba en chorros calientes, profundo dentro. El mundo se disolvió en blanco, pulsos retumbando en oídos, cuerpos pegajosos temblando.
Despertamos enredados horas después, la ciudad amaneciendo rosada por la ventana. Su brazo alrededor de mi cintura, el latido de su corazón contra mi espalda como un tambor suave. Preparó café en la cocina abierta, el aroma rico llenando el aire, y desayunamos tacos de barbacoa que pidió por app, riendo de tonterías. "¿Sabes? Tu facturacion acaba de cobrarme la pasión más grande del cielo", bromeó, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Por primera vez, el trabajo no parecía una cárcel; era el puente a esto, a él.
Salí de ahí con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, pero el alma ligera. Caminé por las calles empedradas de Condesa, el sol calentándome la piel, sabiendo que esto era solo el principio. Diego y su Pasión del Cielo habían facturado en mi vida algo eterno: deseo puro, consensual, ardiente como tequila en la garganta. Y neta, valió cada número tecleado.