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Maria Magdalena Pasion de Cristo

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Maria Magdalena Pasion de Cristo

En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire se cargaba de incienso y murmullos devotos. María Magdalena caminaba entre la multitud, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, ondeando con la brisa tibia que bajaba de las sierras. Tenía treinta años, piel morena como el chocolate de Oaxaca, ojos negros que ardían con un fuego que ni las velas de la procesión podían igualar. Era la Magdalena, como la llamaban en el pueblo, no por devoción santa, sino por esa pasión que le brotaba de las entrañas, una Maria Magdalena pasion de cristo que la hacía vibrar con cada latido.

El hombre que la volvía loca se llamaba Cristo. Sí, así de irónico, un carpintero guapo de treinta y cinco, con barba espesa, ojos verdes como aguacate maduro y manos callosas que olían a madera fresca y sudor varonil. Él era el Cristo de la pasión ese año, el que cargaba la cruz en la obra principal. María lo había visto ensayar, su espalda ancha brillando bajo el sol, los músculos tensándose como cuerdas de guitarra. Qué chingón está este wey, pensó ella, mordiéndose el labio mientras el incienso le picaba en la nariz y el tambor de la banda retumbaba en su pecho.

La primera vez que se rozaron fue en la plaza, después del ensayo. La multitud se dispersaba, pero ella se quedó rezagada, fingiendo ajustar su rebozo. Él pasó cerca, su aroma a pino y hombre la golpeó como un mazazo. Sus manos se tocaron accidentalmente al agacharse por una corona de espinas caída. El roce fue eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera. María sintió un cosquilleo subirle por el brazo, directo al entrepierna.

¿Por qué carajos me pasa esto con él? Es como si su toque me quemara el alma.
Él la miró, sonrió con dientes blancos y perfectos. "Cuidado, Magdalena, que esa pasión te quema", le dijo con voz grave, ronca como el eco en la catedral.

Acto primero de su propia pasión: esa noche, en su casa colonial con patio de buganvilias, María no pegó ojo. Se recostó en la cama de sábanas de algodón egipcio, el aire cargado del olor a jazmín que trepaba por las paredes. Sus dedos bajaron solos por su vientre suave, imaginando las manos de Cristo. Tocó su piel, húmeda ya, el calor entre sus muslos como lava. Neta, este pendejo me tiene loca. Se mordió el carrillo, gimiendo bajito mientras el viento susurraba promesas prohibidas. Pero no se corrió; quería que fuera él, real, carne contra carne.

Al día siguiente, en el ensayo final, la tensión creció. La obra recreaba la unción en Betania, y a María le tocaba el papel de la pecadora arrepentida. Vestida con un manto translúcido que dejaba ver las curvas de sus pechos firmes y caderas anchas, se arrodilló ante él. El público de extras jadeaba. Ella vertió aceite perfumado –olor a rosas y almizcle– sobre sus pies, masajeándolos con lentitud tortuosa. Sus dedos subieron por las pantorrillas musculosas, rozando el interior de los muslos. Cristo contuvo el aliento, su verga endureciéndose bajo la túnica, visible para ella que lo miraba de abajo arriba con ojos de fuego.

"Perdóname, mi Señor", susurró ella en el guion, pero su voz temblaba de deseo verdadero. Él extendió la mano, tocándole la mejilla, el pulgar rozando sus labios carnosos. El contacto fue como un rayo: piel erizada, pulsos acelerados, el corazón de ella martillando como el tambor de la procesión. El director gritó "¡Corte!", pero ellos se quedaron un segundo más, mirándose, el aire espeso de promesas.

Después, en los callejones oscuros perfumados de tortillas de maíz y velas derretidas, Cristo la alcanzó. "Magdalena, qué te pasa, mujer? Me miras como si quisieras comerme vivo". Ella rio, ronca, pegándose a él. Sus pechos oprimidos contra su torso duro, el olor de su sudor mezclándose con el de ella, floral y salado. "Es que tú eres mi Maria Magdalena pasion de Cristo, Cristo. Mi salvación en carne y hueso". Lo jaló a un rincón sombreado por una muralla de adobe, besándolo con hambre. Lenguas danzando, salvajes, sabor a tequila y miel en la boca de él.

Acto segundo: la escalada. Se colaron en la sacristía abandonada de una capillita, el olor a madera vieja y cera quemada envolviéndolos. La puerta se cerró con un clic que sonó a pecado bendito. Cristo la empujó contra la pared, sus manos grandes amasando sus nalgas redondas bajo el vestido. "Te quiero desde el primer día, carnal", gruñó él, mordiéndole el cuello. María jadeó, el dolor placentero electrificando su clítoris. Le arrancó la túnica, revelando su pecho velludo, pezones duros como piedras de obsidiana. Ella lamió, saboreando sal y hombre, mientras sus uñas arañaban su espalda.

Él la levantó en brazos, fuerte como un toro, y la sentó en el altar de madera pulida. El fresco aire de la noche entraba por una ventana, erizando su piel desnuda. María abrió las piernas, su concha depilada brillando de jugos, hinchada de necesidad. "Cógeme, Cristo, hazme tuya", suplicó con voz de gata en celo. Él se arrodilló, como en la obra, pero esta vez su lengua la devoró. Lamidas lentas, chupando su clítoris con maestría, el sonido húmedo de succión mezclándose con sus gemidos. ¡Qué rico, wey! Su boca es el paraíso. Ella se arqueó, manos enredadas en su pelo, oliendo a tierra mojada después de la lluvia.

La tensión crecía, psicológica y física. Él se incorporó, su verga gruesa, venosa, goteando precum como ofrenda. María la tomó en mano, masturbándolo despacio, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. "Es enorme, pendejo, me vas a partir", bromeó ella, pero sus ojos suplicaban. Internalmente luchaba:

Esto es pecado, pero qué pecado tan chido. Él me redime con cada toque.
Cristo la penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor inicial se fundió en placer puro, sus paredes vaginales apretándolo como guante.

Se movieron en ritmo ancestral, él embistiéndola profundo, bolas golpeando su culo con palmadas sonoras. Sudor resbalando, mezclándose, olor a sexo crudo llenando la sacristía. María clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas como estigmas. "Más fuerte, mi Cristo, dame tu pasión". Él aceleró, gruñendo, sus caderas chocando con fuerza animal. Ella sentía cada vena de su verga rozando su punto G, oleadas de placer subiendo desde el estómago. Gemidos ahogados, besos feroces, el altar crujiendo bajo ellos.

La intensidad psicológica peak: en su mente, flashes de la procesión, la cruz, pero transformados en éxtasis. Soy la Magdalena redimida no por lágrimas, sino por este fuego. Él la volteó, de rodillas sobre el altar, penetrándola por atrás. Manos en sus tetas, pellizcando pezones, mientras su verga la llenaba por completo. El espejo roto en la pared reflejaba sus cuerpos unidos, sudorosos, bellos en su lujuria.

Acto tercero: la liberación. El orgasmo la golpeó como un terremoto en Chiapas. "¡Me vengo, Cristo! ¡Ay, Dios!", gritó ella, su concha contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando sus muslos y el suelo de laja. Él la siguió segundos después, rugiendo como león, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, recostados en el suelo fresco, él la abrazó, besando su frente. El aroma a sexo y rosas persistía, mezclado con su aliento calmado. "Eres mi pasion de cristo, Magdalena", murmuró él, acariciando su cabello negro como noche de eclipse. Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo flojo de placer.

Esto no es fin, es comienzo. Mi alma está en paz, bañada en su esencia.

Salieron al amanecer, manos entrelazadas, el sol tiñendo Taxco de oro. La procesión empezaba, pero ellos ya habían vivido su propia Maria Magdalena pasion de Cristo, un ritual privado de carne y espíritu. En el pueblo, nadie sabría, pero en sus ojos brillaba la redención carnal, eterna.

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