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Diario de una Pasion Resumen Caliente

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Diario de una Pasion Resumen Caliente

Hoy me siento con ganas de escribir este diario de una pasion resumen porque lo que pasó anoche me tiene el cuerpo revuelto como si hubiera bailado toda la noche en un antro de Polanco. Neta, nunca pensé que un wey como él me iba a poner así de loca. Me llamo Ana, tengo 28 años, vivo en la Condesa y trabajo en una agencia de publicidad donde todos los días veo tipos guapos pero ninguno me mueve el piso como Marco.

Todo empezó el viernes pasado en una fiesta de mi carnala en su depa de Lomas. La música retumbaba con cumbia rebajada mezclada con reggaetón, el aire olía a tequila reposado y a esas velitas de vainilla que tanto le gustan a ella. Yo iba con mi vestido negro ajustado, el que me hace ver las chichis perfectas y las nalgas en su punto. Estaba platicando con unas amigas cuando lo vi entrar: alto, moreno, con esa camisa blanca que se le pegaba al pecho marcado por el gym. Sus ojos cafés me clavaron desde el otro lado del cuarto, y sentí un cosquilleo en la panza, como si mi concha ya supiera lo que venía.

¿Quién es ese pendejo tan chulo? Me muero por saber si besa como se ve.

Me acerqué con mi chela en la mano, fingiendo casualidad. "Órale, wey, ¿vienes seguido por acá?" le dije, con mi voz más ronca. Él sonrió, mostrando unos dientes blancos perfectos, y me contestó: "Neta no, pero ahora voy a venir más seguido por ti, mamacita." Su voz grave me erizó la piel, y el olor de su colonia, algo como Creed Aventus mezclado con sudor fresco, me invadió las fosas nasales. Hablamos toda la noche: de tacos al pastor en la Roma, de conciertos en el Vive Latino, de cómo la vida en la CDMX nos tiene hartos pero enamorados. Cada vez que se reía, su mano rozaba mi brazo, y yo sentía el calor de sus dedos como una promesa.

Al día siguiente me mandó un Whats con un emoji de fuego: "Cena esta noche? Quiero probar más de ti." Mi corazón latió fuerte, y mientras me arreglaba frente al espejo, me imaginé sus manos en mi cintura. Me puse un top escotado rojo, jeans que me marcan el culo y tacones altos. Llegamos al restaurante en Polanco, un lugar chido con luces tenues y jazz suave de fondo. Pedimos enchiladas suizas y margaritas con sal. Bajo la mesa, su pie jugaba con el mío, subiendo despacito por mi pantorrilla. "Estás cañón, Ana", me susurró al oído, su aliento cálido oliendo a limón y tequila. Yo me mordí el labio, sintiendo cómo mi calzón se humedecía. Ya agárrame, cabrón, no aguanto más, pensé, pero solo le dije: "Tú tampoco estás tan pendejo."

La cena fue un juego de miradas y toques disimulados. Cuando salimos, el viento fresco de la noche nos envolvió, y él me jaló hacia un callejón discreto. "No puedo esperar más", murmuró, y me besó. Sus labios eran suaves pero firmes, con sabor a margarita y deseo puro. Su lengua entró en mi boca explorando, y yo le respondí chupándola despacio, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro. Sentí su verga dura presionando contra mi vientre, gruesa y palpitante a través del pantalón. "Vamos a mi hotel", jadeó él, y yo asentí, empapada ya.

En el elevador del hotel, no pudimos aguantar: sus manos subieron por mis muslos, metiéndose bajo la blusa para apretar mis tetas. Gemí bajito cuando pellizcó mis pezones, que se pusieron duros como piedras. "Qué rico hueles, a mujer en calor", me dijo, oliendo mi cuello. Yo le bajé el zipper y palpé su paquete: ¡Madre santa, qué verga tan grande y tiesa! Esto va a doler rico. Llegamos a la habitación, una suite con vista a los luces de Reforma, cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como seda.

Acto uno del desmadre: nos desnudamos lento, saboreando cada prenda que caía. Su cuerpo era una obra de arte: abdomen marcado con vello fino bajando hasta esa verga venosa, cabeza rosada brillando de precum. Yo me quité el bra, dejando mis chichis libres, y él se arrodilló para mamarlas. Su boca caliente succionaba, lengua girando alrededor de los pezones, mientras sus manos masajeaban mis nalgas. Olía a su sudor masculino mezclado con mi aroma dulce de excitación. Me recargué en la pared, piernas temblando, mientras él bajaba besos por mi panza hasta mi concha depilada.

Este diario de una pasion resumen no alcanza para describir cómo me comió el pito.

Acto dos, el clímax subiendo: me tumbó en la cama, abrió mis piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua lamió mi clítoris hinchado, chupando con hambre, mientras dos dedos gruesos entraban y salían de mi chocha chorreante. "Estás empapada, nena, sabe a miel caliente", gruñó. Yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte: "¡Sí, cabrón, así, no pares!" El sonido de sus chupadas era obsceno, chapoteando en mis jugos, y el olor almizclado de mi arousal llenaba la habitación. Me vine primero, temblando, chorros calientes salpicando su barbilla. Él se levantó, verga en mano, y yo la tomé: dura como fierro, pulsando en mi palma. La mamé profundo, garganta relajada, saboreando el salado de su precum, bolas pesadas en mi mano.

La tensión era brutal, nuestros cuerpos sudados pegándose. "Fóllame ya, Marco", le rogué, abriendo las piernas. Se puso condón –siempre responsable, qué chingón– y entró despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretada estás, puta madre!", jadeó él, empezando a bombear. Yo clavé uñas en su espalda, sintiendo sus músculos contraerse. El ritmo subió: placaplaca de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, su verga tocando mi punto G. Sudor goteaba de su pecho al mío, mezclándose con el olor a sexo puro. Él me jalaba el pelo suave, azotando mi nalgón: "Muévete, perra rica". Yo aceleré, gimiendo su nombre, hasta que explotamos juntos. Su verga latió dentro, llenando el condón, mientras mi concha se contraía ordeñándolo.

Acto tres, el paraíso postorgásmico: nos quedamos abrazados, pieles pegajosas enfriándose al aire acondicionado. Su corazón latía fuerte contra mi oreja, y yo besé su pecho salado. "Eres increíble, Ana", murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo una paz chida, como si el mundo se hubiera detenido. Pedimos room service: tacos de suadero y chelas frías. Hablamos de todo y nada, riéndonos de pendejadas, planeando la próxima. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos besamos lento, saboreando el afterglow.

Este diario de una pasion resumen termina aquí por hoy, pero neta que quiero más de este wey. Mi cuerpo aún vibra con el recuerdo de su toque, su sabor en mi lengua, el eco de nuestros gemidos. Mañana lo veo otra vez. ¿Quién sabe qué pasará? Solo sé que esta pasión apenas empieza.

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