Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Fernando Colunga Pasión Ardiente Fernando Colunga Pasión Ardiente

Fernando Colunga Pasión Ardiente

6553 palabras

Fernando Colunga Pasión Ardiente

En el corazón de Polanco, bajo las luces parpadeantes del estreno de su última telenovela, Fernando Colunga pasión era el rumor que flotaba en el aire como un susurro caliente. Yo, Ana, una chava de veintiocho pirulos con curvas que volvían locos a los morros del gym, no podía creer que estuviera ahí. Vestida con un vestido negro ceñido que abrazaba mis chichis y mi culo como un guante, sentía el pulso acelerado mientras el champán burbujeaba en mi copa. El salón estaba lleno de fifís y actrices despampanantes, pero mis ojos solo lo buscaban a él. Fernando Colunga, el galán que había visto mil veces en la tele, sudando drama y machismo sexy en sus roles.

De repente, lo vi. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada que parecía tallada por los dioses aztecas. Su traje oscuro se ajustaba a su pecho ancho, y cuando giró la cabeza, nuestras miradas chocaron. Órale, no mames, pensé, el corazón me latía como tambor en fiesta de pueblo. Él sonrió, esa sonrisa lobuna que derretía pantallas, y se acercó caminando con paso felino. El aroma de su colonia, algo amaderado y picante como mezcal añejo, me invadió antes de que dijera hola.

¿Será que me está viendo de verdad? ¿O soy solo otra fan babosa?

"Buenas noches, preciosa", murmuró con esa voz grave que resonaba en mis entrañas. "Soy Fernando. ¿Vienes seguido a estos saraos?" Su aliento cálido rozó mi oreja, y sentí un cosquilleo eléctrico bajando por mi espina.

"Primera vez, pero por ti valió la pena, guapo", respondí coqueta, ladeando la cadera. Neta, el deseo me picaba como chile en la lengua. Charlamos de la novela, de la ciudad, de cómo el DF te chupa el alma con su caos delicioso. Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mis labios, a mi escote. Cada roce accidental de su mano en mi brazo era fuego puro.

La noche avanzaba, el DJ ponía cumbia rebajada que hacía mover las nalgas de todos. "Ven, vamos a un lugar más tranquilo", me dijo, tomando mi mano. Su palma era grande, callosa por quién sabe qué entrenamientos, y me llevó al lobby del hotel contiguo, un palacio de mármol y cristal con vistas a los rascacielos. Subimos al elevador, solos. El silencio era espeso, cargado. Sentí su mirada quemándome la nuca.

En su suite, las luces tenues pintaban su piel de bronce. Se quitó la chaqueta, revelando camisa blanca pegada al torso musculoso. "Ana, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en esa boca tuya", confesó, acercándose. Yo tragué saliva, el aire olía a su sudor limpio mezclado con mi perfume floral.

Esto es real, carnala. Fernando Colunga quiere comerte viva.

Acto uno del deseo: lo besé primero, empoderada, mis labios chocando con los suyos suaves y firmes. Supo a ron caro y menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro azabache. Él me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me estampó contra la pared. El yeso frío contrastaba con su calor, sus caderas presionando mi entrepierna húmeda ya.

"Qué chingona eres, mamacita", gruñó, mordisqueando mi cuello. Bajó el vestido, exponiendo mis tetas al aire acondicionado. Sus labios chuparon un pezón, lengua girando como tornado, enviando descargas a mi clítoris palpitante. Yo arañé su espalda, oliendo su piel salada, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. "Te quiero dentro, Fernando, no mames con preliminares eternos".

Me llevó a la cama king size, sábanas de seda crujiendo. Me desvistió despacio, sus ojos devorando cada centímetro: mis muslos gruesos, mi concha depilada brillando de jugos. Él se desnudó, y madre mía, su verga erecta, gruesa y venosa, saltó libre. La tomé en mano, terciopelo sobre acero, latiendo contra mi palma. "Mírala, toda para ti", dijo ronco.

Lo empujé boca arriba, cabalgándolo como reina. Su punta rozó mi entrada, resbaladiza, y bajé de golpe. Ay, wey, el estirón delicioso me arrancó un grito. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, piel contra piel chapoteando. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas puras. Mis chichis rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones hasta doler rico.

Su Fernando Colunga pasión es mía ahora, neta que sí.

El medio acto ardía: cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, como olas del Pacífico rompiendo en Acapulco. Cada thrust golpeaba mi G, chispas en el vientre. "Más fuerte, pendejo sexy", jadeé, piernas enredadas en su cintura sudorosa. Él aceleró, bolas golpeando mi culo, gemidos roncos mezclándose con mis alaridos. Sudor nos unía, resbaloso, salado en mi lengua cuando lo lamí del pecho.

Inner struggle: por un segundo dudé, ¿y si es solo una noche? ¿Y si me rompe el corazón como en sus novelas? Pero su mirada, vulnerable bajo el macho alfa, me disipó. "Eres fuego, Ana, no te suelto", prometió entre thrusts. La tensión crecía, mi clítoris hinchado frotándose en su pubis, espiral subiendo.

Volteamos a perrito, mi posición fav. Sus manos en mi cintura, jalando pelo suave. Entraba hasta el fondo, verga curvada perfecta para masajear adentro. El espejo frente mostraba el espectáculo: mi cara de puta en éxtasis, él sudando, músculos brillando. Sonidos: carne palmoteando, jugos chorreando, "¡Sí, cabrón, así!".

Clímax acercándose, pulsos desbocados. "Me vengo, amor", avisó, voz quebrada. "Adentro, lléname", supliqué empoderada. Su verga se hinchó, chorros calientes inundándome, trigger para mi orgasmo. Ondas placenteras explotaron, concha contrayéndose ordeñándolo, grito gutural escapando. Colapsamos, temblando, su peso delicioso sobre mí.

Afterglow: yacimos enredados, aire pesado de sexo y risas. Su dedo trazaba mi espina, besos suaves en hombro. "Esto no termina aquí, reina", murmuró, oliendo mi pelo. Yo sonreí, satisfecha, el corazón pleno. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero dentro, Fernando Colunga pasión había encendido un fuego eterno en mi alma mexicana.

Me vestí con piernas flojas, él me dio su número garabateado en servilleta. "Llámame, carnala. Quiero más de ti". Bajé al lobby, brisa nocturna enfriando mi piel marcada por sus besos. Caminé por Reforma, sonrisa pícara, sabiendo que había conquistado al galán de mis sueños. Qué chido es la vida cuando la pasión te cachetea así de rico.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.