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Guerra de Pasiones Carnales

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Guerra de Pasiones Carnales

En las colinas ardientes de Jalisco, donde el agave se erguía como soldados en formación, Ana sentía el sol quemándole la piel morena mientras supervisaba la destilación en la hacienda familiar. El aire olía a tierra húmeda y a mosto fermentando, un perfume que le recordaba las raíces de su sangre ranchera. Hacía años que la guerra de pasiones entre su familia y los Morales dividía el valle: disputas por pozos de agua, por tierras fértiles, por el orgullo que ardía más que el tequila añejo. Ana, con su cabello negro azabache recogido en una trenza suelta y sus jeans ajustados manchados de polvo, era la guerrera de los López. No toleraba pendejadas, y menos de Diego Morales, el hijo del viejo enemigo.

Lo vio llegar esa tarde, montado en su caballo negro, con camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Diego era un cabrón guapo, de ojos verdes como el mezcal más puro, sonrisa pícara que desarmaba a cualquier mamacita. Pero para Ana, era el enemigo.

¿Qué chingados hace aquí este güey?
pensó, mientras su pulso se aceleraba sin permiso. Él desmontó con gracia felina, el sudor perlándole la frente, y se acercó al alambique con paso seguro.

—Órale, López —dijo él, voz ronca como grava bajo botas—. ¿Ya te cansaste de pelear por estas tierras? Podríamos aliarnos, ¿no? Compartir un trago... o algo más.

Ana soltó una risa sarcástica, cruzando los brazos bajo sus pechos firmes, que tensaban la blusa de algodón. El viento traía su aroma: cuero, humo de fogata y algo salvaje, masculino, que le erizaba la piel. —Vete a la verga, Morales. Esta guerra de pasiones no se acaba con tus chistes baratos. Lárgate antes de que te eche a patadas.

Pero Diego no se movió. Sus ojos la devoraban, bajando por su cuello hasta las curvas de sus caderas. Ana sintió un calor traicionero entre las piernas, un cosquilleo que odiaba. Esa noche, en la fiesta del pueblo por la cosecha, el destino los juntó de nuevo. Luces de faroles colgaban de los mezquites, mariachis tocaban corridos apasionados, y el tequila corría como ríos. Ana bailaba con un primo, pero sus ojos buscaban a Diego entre la multitud. Él estaba en la pista, con una morena colgada de su brazo, pero la miró fijo, como si prometiera fuego.

El primer acto de la noche fue puro roce accidental. Al girar en el baile, sus cuerpos chocaron. La mano de Diego se posó en su cintura, fuerte, posesiva. Ana jadeó, oliendo su aliento a tequila y menta. —Eres un peligro, López —murmuró él al oído, aliento caliente rozándole el lóbulo—. Tu familia y la mía se odian, pero yo te quiero devorar.

El corazón de Ana latía como tambor de banda.

Es el enemigo, pero su toque quema como chile habanero
, pensó, apartándose con fingida furia. Sin embargo, la tensión crecía, un nudo en el estómago que bajaba ardiente hasta su centro.

La medianoche trajo el clímax del segundo acto. Ana salió a tomar aire fresco detrás de la capilla, el aire nocturno cargado de jazmín y humo de barbacoa. Diego la siguió, como sombra inevitable. —No aguanto más esta mierda —gruñó él, acorralándola contra la pared de adobe cálida—. Esta guerra de pasiones nos está matando, Ana. Déjame probarte, déjame acabar con el odio a besos.

Ella lo empujó, pero sus manos se quedaron en su pecho, sintiendo el latido furioso bajo la piel. —Eres un pendejo arrogante —susurró, voz temblorosa—. Pero... chingado, me pones caliente.

Diego no esperó más. Sus labios cayeron sobre los de ella, duros al principio, castigadores, como venganza de años. Ana respondió con hambre, mordiendo su labio inferior, saboreando sal y tequila. Sus lenguas batallaron, húmedas, calientes, mientras manos exploraban. Él deslizó los dedos por su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas redondas bajo la falda floreada. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por la música lejana. Olía a su excitación, almizcle varonil que la mareaba.

Se separaron jadeantes, ojos encendidos. —Ven conmigo —dijo él, tomándola de la mano. Corrieron entre los algarrobos hasta una choza abandonada en el borde del rancho, donde la luna plateaba el heno fresco. Dentro, el aire era denso, cargado de polvo dulce y anticipación. Diego la levantó en brazos, depositándola sobre un montón de mantas. Ana tiró de su camisa, rasgándola casi, exponiendo su torso esculpido por el trabajo en el campo. Sus uñas arañaron su piel, dejando surcos rojos que él besó con gruñidos de placer.

—Quítate todo, mi reina —ordenó él, voz grave, mientras desabrochaba su blusa. Los pechos de Ana saltaron libres, pezones oscuros endurecidos por el fresco y el deseo. Diego los lamió, succionó, mordisqueó suave, haciendo que ella arqueara la espalda. ¡Ay, cabrón! pensó Ana, piernas abriéndose instintivamente. Su lengua trazó caminos de fuego por su vientre, bajando hasta el borde de las bragas empapadas. El olor de su arousal llenaba la choza: dulce, salado, irresistible.

Ana lo volteó, montándose a horcajadas. —Ahora yo mando en esta guerra —rió ella, bajando sus jeans. La verga de Diego surgió dura, gruesa, venosa, palpitante. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor vivo, la suavidad de la piel sobre acero. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada salada, mientras él gemía "¡Chingada madre, Ana!". Lo chupó profundo, garganta contraída, saliva resbalando, hasta que él la detuvo, ojos enloquecidos.

La penetró despacio al principio, llenándola centímetro a centímetro. Ana gritó de placer, paredes internas apretándolo como guante. El roce era eléctrico, cada embestida enviando ondas de éxtasis. Sudor los unía, piel contra piel resbaladiza, sonidos húmedos de cuerpos chocando mezclados con jadeos y susurros sucios: —¡Más duro, pendejo! —exigía ella, uñas clavadas en su espalda.

Él aceleró, caderas pistoneando, bolas golpeando su culo. Ana sentía el orgasmo construyéndose, un volcán en erupción. Lo cabalgó salvaje, pechos rebotando, mientras él lamía su cuello, mordía su hombro. El clímax la alcanzó primero, un estallido cegador: músculos convulsionando, jugos inundando, grito gutural que asustó a los grillos fuera. Diego la siguió, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.

Quedaron enredados, respiraciones entrecortadas calmándose en el silencio roto solo por el viento. Diego la besó suave, ahora tierno. —Esta guerra de pasiones termina aquí —murmuró contra su cabello—. Tú y yo, contra el mundo.

Ana sonrió, dedo trazando su pecho.

El odio se volvió fuego puro, y no hay vuelta atrás
. Al amanecer, regresaron por caminos separados, pero con promesas en los ojos. La hacienda olía a nuevo comienzo, a tequila maduro y pieles marcadas por la noche. La rivalidad familiar persistía, pero en sus corazones, la pasión había conquistado todo.

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