Películas de Pasión Prohibida
Era una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se pega a la piel como un amante pegajoso. Yo, Ana, acababa de llegar a mi departamentito en la Roma, con una bolsa de chelas frías y un par de DVDs piratas que compré en el tianguis de Churubusco. Películas de pasión prohibida, decía la portada deslavada, con una pareja enredada en un beso que prometía pecados del tamaño de un culebrón. Neta, me late el cine viejo mexicano, de esos que te hacen sudar sin tocarte.
Le mandé un whats a Diego, el wey del gym que me traía loca desde hace meses. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "te voy a comer viva" sin abrir la boca. Era el ex de mi compa Lupita, pero eso ya era agua pasada, ¿no?
Órale, Diego, ¿vienes a ver unas pelis de pasión prohibida? Traigo chelas y nachos.Su respuesta fue un emoji de fuego y un "Ya voy, ricura". Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo zacatecano.
Abrió la puerta con su camiseta ajustada marcando los pectorales, olor a jabón fresco y un toque de sudor del entrenamiento. Huele a hombre de verdad, pensé, mientras lo jalaba adentro. Puse la primera peli, una de amores imposibles entre una hacendada y un peón, con música de mariachi de fondo que ponía la piel chinita. Nos sentamos en el sofá viejo, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. El aire olía a nachos con queso derretido y a su colonia, que me mareaba más que tres coronas.
En la pantalla, la pasión explotaba: besos robados en un establo, manos temblorosas desabotonando blusas de huipil. Diego se removió, su respiración pesada. Siento su calor subiendo por mi pierna. Volteé y sus ojos estaban fijos en mí, no en la tele. "¿Te late?", le pregunté, la voz ronca. "Más que late, me prende", murmuró, su mano posándose en mi rodilla. Un escalofrío me recorrió la espalda, el vello erizándose como si el fantasma de esas películas nos tocara.
La tensión crecía con cada escena. En la peli, la pareja se entregaba en un jineteo salvaje, gemidos que retumbaban en los parlantes baratos. Diego me jaló más cerca, su aliento caliente en mi cuello. "Ana, neta no aguanto verte así de cerca sin tocarte". Sus dedos subieron por mi muslo, rozando el borde de mi shortcito. Yo ardía, la panocha palpitando, húmeda ya de pura anticipación.
Esto es prohibido, Lupita se enojaría, pero chingá, se siente tan bien. Le respondí con un beso, labios chocando como tormenta, lengua explorando su boca con sabor a menta y deseo.
Sus manos eran fuego: una en mi nuca, jalándome el pelo suave, la otra colándose bajo mi blusa, pellizcando pezones que se endurecían al instante. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por la banda sonora de la peli, donde la hacendada gritaba de placer. "Diego, órale, me estás volviendo loca". Él rio bajito, voz grave que vibraba en mi pecho. "Quiero saborearte toda, como en esas películas de pasión prohibida". Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la recámara, dejando un rastro de ropa tirada por el pasillo.
Caímos en la cama king size que apenas cabía en el cuarto. El colchón crujió bajo nuestro peso, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda contrastando con el olor almizclado de nuestra excitación. Se quitó la playera, revelando abdomen marcado, gotas de sudor brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Yo me desvestí despacio, provocándolo, short deslizándose por caderas anchas, tanguita negra empapada. Sus ojos se oscurecieron, pupila dilatada como depredador. "Eres una diosa, Ana, la neta más rica".
Se arrodilló entre mis piernas, besos trazando un camino ardiente desde tobillos hasta el interior de los muslos. Su aliento caliente me hacía arquear la espalda, uñas clavándose en las sábanas. Cuando su lengua tocó mi clítoris, exploté en un jadeo largo, sabor salado de mi humedad en su boca. Lame como experto, chupa y succiona, círculos perfectos que me hacen ver estrellas. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca, caderas moviéndose al ritmo de su boca. "¡Sí, wey, así! No pares". El cuarto se llenó de sonidos húmedos, mis gemidos mezclados con su gruñido animal.
Pero quería más, lo necesitaba dentro. Lo empujé hacia arriba, volteándolo para montarlo. Su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La tomé, piel suave sobre acero, pre-semen brillando en la punta. Me acomodé, bajando despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. "¡Chingón, Diego!", grité al fondo, paredes vaginales apretándolo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él agarró mis caderas, guiándome, embestidas profundas que chocaban contra mi cervix con placer punzante.
El ritmo aceleró, piel contra piel en palmadas rítmicas, olor a sexo crudo invadiendo todo. Sus manos subieron a mis tetas, amasándolas, pulgares en pezones.
Esto es mejor que cualquier película de pasión prohibida, real, sudoroso, nuestro. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, músculos tensándose. "Me vengo, ¡me vengo!", aullé, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por su verga. Él no se quedó atrás, gruñendo mi nombre, caliente semen llenándome en chorros calientes.
Colapsamos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, latidos sincronizándose. Besos suaves ahora, post-sexo tiernos. "Neta, Ana, eso fue épico. Olvídate de las pelis, tú eres mi pasión prohibida". Reí bajito, acariciando su espalda húmeda. La tele aún encendida en la sala, murmullos de la película flotando. Afuera, cláxones y risas de la calle, pero aquí, en este nido, solo paz y un calor residual que prometía más noches así.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de todo y nada, chelas tibias y cuerpos saciados. Prohibido o no, esto apenas empieza. Y mientras el sol teñía las cortinas de rosa, supe que esas películas de pasión prohibida habían sido solo el pretexto perfecto para desatar la nuestra.