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Abismo de Pasion Capitulo 138

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Abismo de Pasion Capitulo 138

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco del balcón, tiñendo la habitación de un dorado cálido que hacía brillar la piel morena de Javier. Yo, Ana, lo observaba desde la cama king size, con las sábanas revueltas enredadas en mis piernas desnudas. Habían pasado semanas desde nuestra última noche juntos, y ese abismo de pasion capitulo 138 que vivíamos en secreto me tenía al borde del delirio. Él estaba de pie frente al espejo, ajustándose la camisa guayabera que marcaba sus hombros anchos, pero sus ojos negros no dejaban de buscarme en el reflejo.

Ven para acá, mi reina, murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, como si cada palabra fuera un roce prohibido. Órale, neta que este carnal me volvía loca. Me incorporé despacio, sintiendo el aire salino del mar filtrarse por las ventanas abiertas, trayendo el olor a yodo y coco de la playa abajo. Mi bata de seda se deslizó por mis hombros, revelando la curva de mis pechos, y caminé hacia él con el corazón latiendo como tambor de mariachi.

Sus manos fuertes me atraparon la cintura antes de que lo tocara, jalándome contra su pecho duro. Olía a jabón fresco mezclado con su esencia masculina, ese aroma terroso que me hacía salivar. Te extrañé tanto, Ana, susurró contra mi cuello, sus labios calientes rozando la piel sensible. Sentí su aliento húmedo, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal hasta el centro de mi ser, donde ya palpitaba un calor húmedo e insistente.

Lo besé con hambre, mi lengua invadiendo su boca, saboreando el dulzor de su saliva y el leve toque de café que había tomado en el desayuno. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, separándolas apenas para presionar su dureza contra mí. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda, rasgando la tela fina. El sonido de las olas rompiendo en la orilla se mezclaba con nuestros jadeos, como una sinfonía privada.

Pero no era solo lujuria; era ese abismo profundo, el capítulo 138 de nuestra pasión que nos arrastraba sin remedio. Javier me levantó en vilo, mis piernas envolviéndose en su cintura como enredaderas, y me llevó de vuelta a la cama. Caímos sobre el colchón mullido, el crujido de las sábanas frescas contra nuestra piel ardiente. Él se quitó la camisa de un tirón, revelando el pecho velludo y tatuado con un águila mexicana que siempre me hacía mojarme más.

Acto primero de nuestra danza: exploración. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando lentos por el valle entre mis senos, deteniéndose en los pezones endurecidos. Los pellizcó suave, luego más fuerte, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Dime qué quieres, preciosa, exigió, su voz un gruñido juguetón. Te quiero dentro, pendejo, pero hazme sufrir un poquito primero, respondí riendo, mi acento chilango saliendo puro y crudo.

Me volteó boca abajo, besando cada vértebra de mi espalda mientras sus manos separaban mis muslos. El aire fresco besó mi intimidad expuesta, y gemí cuando su lengua lamió el interior de mis piernas, subiendo torturante. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y él inhaló profundo. Hueles a pecado, mi amor. Su aliento caliente sobre mi panocha me hizo arquear la cadera, rogando en silencio.

Entonces llegó el medio tiempo, el clímax del deseo acumulado. Javier se hincó detrás de mí, su verga gruesa presionando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, el calor abrasador llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué rico! grité en mi mente, mientras él empezaba a moverse, un vaivén profundo que hacía chapotear nuestros jugos.

El sudor nos cubría, perlas saladas que él lamía de mi espalda, saboreando mi sal como tequila puro. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida. El sonido era obsceno: carne contra carne, húmeda y resbalosa. Más fuerte, Javier, chíngame como hombre, lo provoqué, y él obedeció, sus caderas chocando con furia contenida. Mis tetas se mecían al ritmo, rozando las sábanas ásperas, aumentando el roce.

Internamente, luchaba con el torbellino.

Esto es nuestro abismo, capítulo 138 de un amor que quema. ¿Cuánto más podemos caer sin rompernos? Pero qué chido es hundirse juntos.
Él me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Esos pozos negros me devoraban, y yo clavé mis talones en su culo firme, urgiéndolo más profundo. Nuestros alientos se mezclaban, jadeos entrecortados, gemidos que subían de tono como sirenas en la noche.

Sus dedos encontraron mi botón, frotándolo en círculos precisos mientras me penetraba sin piedad. El placer se acumulaba, una ola gigante formándose en mi vientre. Vi estrellas cuando exploté, mi concha convulsionando alrededor de su pinga, chorros de placer mojando las sábanas. Él gruñó, su rostro contorsionado en éxtasis, y se vació dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes internas. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador.

Quedamos tendidos, cuerpos entrelazados, el pecho de Javier subiendo y bajando contra el mío. Su semen se escurría lento por mis muslos, una marca cálida de posesión mutua. Besó mi frente, suave ahora, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rojos apasionados. Eres mi todo, Ana. Este abismo nos pertenece.

Yo sonreí, trazando su mandíbula con el dedo, sintiendo la barba incipiente raspar mi piel sensible. El mar susurraba promesas de más noches así, y en ese capítulo 138 de nuestro abismo de pasion, encontré paz en el caos. No había finales aquí, solo más profundidad, más fuego. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos eternos.

El viento traía risas lejanas de la playa, música de banda sonando suave, y nosotros, exhaustos y satisfechos, nos hundimos en un sueño compartido, piel con piel, corazón con corazón.

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