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Bajo el Susurro Pasional de Julio Jaramillo

7477 palabras

Bajo el Susurro Pasional de Julio Jaramillo

La lluvia caía con fuerza sobre las calles empedradas de la Roma, en el corazón de la Ciudad de México. Ana se recargó en la ventana de su departamento, el vidrio empañado por su aliento cálido. Afuera, el mundo se deshacía en un torrente gris, pero adentro, el aire olía a café recién molido y a jazmín de su perfume. Tenía treinta y dos años, curvas que se movían como olas suaves bajo su blusa de algodón, y esa noche, neta, se sentía viva, con un cosquilleo en la piel que no explicaba.

Entra Javier, su carnal de toda la vida, el wey que la conocía desde la prepa. Alto, con esa barba recortada que le raspaba delicioso y ojos que prometían travesuras. Traía una botella de mezcal artesanal, de Oaxaca, y un disco de acetato que sacó de su mochila como si fuera un tesoro. "Órale, Ana, —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel—, hoy te voy a cantar pasional Julio Jaramillo, pa' que sientas lo que es de verdad la pasión mexicana."

Ella rio, un sonido juguetón que llenó la sala. Puso el disco en el tocadiscos viejo de su abuelita, y de pronto, la voz de Julio Jaramillo inundó el espacio. "Son tus ojos, los que me miran..." Ese bolero pasional, con su lamento profundo, hacía que el corazón le latiera más rápido. Javier se acercó, su mano rozando la de ella al pasarle el mezcal. El primer sorbo quemó dulce en la garganta, sabor a humo y tierra. Sus miradas se cruzaron, y ahí empezó todo. Ana sintió un calor subiendo por su vientre, como si la música la poseyera.

¿Por qué carajos este wey me pone así? Su olor a colonia barata mezclada con sudor fresco... neta, quiero que me toque ya.

Acto primero: la danza lenta. Javier la jaló hacia él, sus caderas pegándose al ritmo del bolero. La tela de su camisa rozaba los pechos de Ana, endureciendo sus pezones contra el encaje del brasier. El suelo de madera crujía bajo sus pies descalzos, húmedos por la lluvia que se colaba. Olía a tierra mojada afuera, pero adentro, a deseo naciente, ese aroma almizclado que sale de la piel cuando el cuerpo despierta. "Eres una chulada, muñeca", murmuró él al oído, su aliento caliente oliendo a mezcal. Ella se arqueó contra su pecho, sintiendo la dureza de su verga presionando su muslo. No era prisa, era tensión, como el hilo de una guitarra a punto de romperse.

La canción cambió a "Nuestro Juramento", y Javier la besó por primera vez esa noche. Labios suaves al principio, explorando, luego fieros, chupando su lengua con hambre. Ana probó el mezcal en su boca, salado por el sudor de su cuello. Sus manos bajaron por la espalda de él, clavando uñas en la carne firme. "Pasional Julio Jaramillo nos está volviendo locos", pensó ella, mientras sus dedos se colaban bajo la camisa, tocando el vello áspero de su abdomen. El corazón le retumbaba en los oídos, más fuerte que la lluvia.

Pero no era solo físico. Ana recordaba las pláticas eternas con Javier, las veces que él la consoló después de un desmadre con el ex pendejo. Ahora, bailando, sentía que algo más profundo brotaba. Él me ve de verdad, no como un trofeo. Javier la levantó en brazos, riendo, y la llevó al sillón de piel gastada. Se sentaron, ella a horcajadas sobre él, frotándose lento contra su entrepierna. El roce era eléctrico, la tela de sus jeans áspera contra su clítoris hinchado. Gemidos suaves escapaban de su garganta, mezclándose con la voz de Julio que seguía sonando.

Escalada en el medio acto. Javier desabotonó su blusa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco de la noche erizó sus pechos, y cuando él lamió un pezón, Ana jadeó, un sonido gutural, "¡Ay, wey, qué rico!". Su lengua era caliente, húmeda, trazando círculos que mandaban chispas directo a su coño. Ella lo empujó suave, queriendo control, y le quitó la camisa. Su torso brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, músculos tensos por el deseo. Olía a hombre, a testosterona pura, mezclado con el jazmín de ella.

No aguanto más, pero quiero que dure. Que sienta cada roce como yo, que tiemble como yo.

Manos expertas bajaron los jeans de Javier. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Ana la tomó, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. "Chíngame con la boca, reina", suplicó él. Ella se arrodilló, el piso frío contra sus rodillas, y lo lamió desde la base, saboreando sal y almizcle. Lo chupó profundo, garganta relajada, mientras sus bolas peludas rozaban su barbilla. Javier enredó dedos en su pelo, no jalando fuerte, solo guiando, consensual, perfecto.

La tensión crecía. Ana se levantó, quitándose la falda y las tangas empapadas. Su coño depilado relucía, labios hinchados, clítoris asomando como una perla. Javier la miró con hambre santa. "Ven pa'cá, nena". La acostó en el sillón, abriendo sus piernas. Su lengua atacó primero el interior de los muslos, mordisqueando suave, luego lamió su entrada, sorbiendo jugos dulces y salados. Ana se arqueó, uñas en su cuero cabelludo, gritando "¡Sí, cabrón, ahí!". El sonido de su chupeteo era obsceno, húmedo, sincronizado con el bolero que giraba.

Inner struggle: Ana dudó un segundo, ¿y si esto cambia todo?, pero el placer la barrió. Javier subió, besándola para que probara su propio sabor. Se colocó entre sus piernas, la punta de su verga rozando la entrada. "Dime si quieres, mi amor", jadeó él. "¡Sí, métemela ya!" fue su respuesta. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Lleno total, pulsando dentro. Empezaron a moverse, ella clavando talones en su culo firme, él embistiendo profundo, piel contra piel chapoteando.

El ritmo subió, sudados, el aire cargado de olor a sexo, mezcal y lluvia. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes, el glande golpeando su punto G. Gemidos se volvieron gritos: "¡Más duro, pendejo!" Él obedeció, follándola con pasión salvaje pero tierna. Sus pechos rebotaban, él los chupaba, mordía suave. El clímax se acercaba, tensión en espiral.

Acto final: la liberación. Ana vino primero, un tsunami desde el coño expandiéndose, contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojando sus bolas. "¡Me vengo, Javier!" gritó, visión borrosa, cuerpo temblando. Él la siguió, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente, chorro tras chorro. Colapsaron juntos, jadeando, corazones galopando al unísono. La música se había acabado, solo lluvia y sus respiraciones.

Afterglow. Javier la abrazó, besando su frente sudada. Olía a ellos, a unión perfecta. Ana trazó círculos en su pecho, sintiendo su pulso calmarse. "Eres lo máximo, wey", murmuró ella. Él sonrió: "Gracias a pasional Julio Jaramillo, que nos prendió la mecha". Se quedaron así, envueltos en sábanas que trajeron del cuarto, hablando de sueños futuros, risas suaves. La pasión no se apagó; se transformó en algo más profundo, un juramento silencioso bajo la voz eterna del bolerista.

La lluvia amainó, dejando un DF limpio, prometedor. Ana se durmió en sus brazos, con el eco de esa noche pasional resonando en su alma.

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