La Flor de la Pasión o Passiflora
El sol de mediodía caía a plomo sobre la finca de mi tía en las afueras de Morelia, Michoacán. El aire estaba cargado de ese olor terroso y dulce que solo se huele en el campo mexicano después de la lluvia. Yo, Ana, había llegado huyendo del ruido de la ciudad, buscando un respiro en esa casa vieja rodeada de jardines salvajes. Mi tía me había hablado de su flor de la pasión o passiflora, esas enredaderas que trepaban por las paredes como amantes ansiosos, con pétalos morados que se abrían como bocas sedientas.
Me paseaba por el patio, el vestido ligero pegándose a mi piel sudada, cuando lo vi. Diego, el cuidador de la finca, estaba agachado junto a una enredadera, sus manos callosas arrancando hojas secas. Era un moreno alto, con músculos que se marcaban bajo la camisa remangada, y una sonrisa pícara que me hizo sentir un cosquilleo en el estómago. Órale, qué tipo, pensé, mientras me acercaba fingiendo interés en las flores.
—¿Qué onda, güeyita? —me dijo levantando la vista, sus ojos cafés clavándose en los míos con una chispa juguetona—. ¿Vienes a ver las pasifloras? Mi tía dice que son la flor de la pasión o passiflora, traen buena suerte en el amor.
Me reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. —Neta, ¿y tú qué sabes de eso? Pareces más de tierra y sudor que de romances.
Él se enderezó, sacudiéndose las manos, y se acercó tanto que olí su aroma: mezcla de tierra húmeda, jabón barato y algo masculino, como el sol en la piel. —Prueba y verás, carnala. Estas flores no mienten. Tócalas, siente cómo se abren.
Extendió una flor hacia mí, sus dedos rozando los míos. La pétala era suave como terciopelo, fresca contra mi palma caliente. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
¿Qué carajos me pasa? Solo es un toque, pero siento como si me estuviera desnudando con la mirada.Nuestros ojos se encontraron, y ahí empezó todo. La tensión flotaba en el aire espeso, como el zumbido de las abejas alrededor de las enredaderas.
Pasamos la tarde charlando bajo la sombra de un mezquite. Diego me contó historias de la finca, de cómo las pasifloras se enredan y no sueltan, igual que el deseo verdadero. Yo le hablé de mi vida en la ciudad, de amores fallidos que se marchitaron como flores sin agua. Cada risa suya vibraba en mi pecho, cada mirada suya me hacía apretar los muslos. El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranja, y el viento traía el perfume intenso de las flores, dulce y embriagador, como un afrodisíaco natural.
—Ven, te enseño el invernadero —me dijo al fin, su voz ronca, extendiendo la mano.
Entramos a ese mundo verde y húmedo, donde las flor de la pasión o passiflora cubrían las paredes como un velo vivo. El calor adentro era sofocante, el aire cargado de humedad que hacía que mi vestido se pegara a mis curvas. Diego cerró la puerta, y de pronto el espacio se sintió íntimo, como una cueva de secretos. Se acercó por detrás, su aliento cálido en mi nuca.
—Siente esto —susurró, guiando mi mano a una enredadera. Sus dedos se entrelazaron con los míos, firmes y seguros. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal. Me giré despacio, y ahí estaba su boca, a centímetros de la mía. No pienses, solo siente, me dije.
Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabía a café y a menta silvestre, su lengua danzando con la mía como las enredaderas en el viento. Sus manos bajaron por mi espalda, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapó. —Qué rico, Diego... —murmuré contra su boca.
Me levantó contra la mesa de madera áspera, el borde mordiendo mis nalgas. Le arranqué la camisa, revelando su pecho moreno salpicado de vello oscuro. Mis uñas trazaron surcos en su piel, oliendo a sudor fresco y tierra fértil. Él bajó mi vestido, exponiendo mis pechos al aire húmedo. Sus labios capturaron un pezón, chupando con hambre, enviando descargas de placer directo a mi centro. ¡Madre mía, qué lengua tan hábil!
—Eres como estas flores, gruñó mordisqueando mi piel, abierta y lista para la pasión. Sus manos bajaron mi ropa interior, dedos gruesos abriéndose paso entre mis pliegues húmedos. Estaba empapada, resbaladiza como el rocío en las pétalas. Jadeé cuando encontró mi clítoris, frotándolo en círculos lentos que me hacían arquear la espalda.
—¡No pares, pendejo! —le supliqué, riendo entre gemidos. Él se arrodilló, su aliento caliente en mi concha antes de lamerla entera, de abajo arriba, saboreándome como si fuera el néctar de la passiflora. El sonido húmedo de su lengua, mis jugos chorreando, el zumbido de insectos afuera... todo se mezclaba en una sinfonía erótica. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, hasta que el orgasmo me golpeó como un rayo, dejándome temblando, gritando su nombre.
Pero no paró. Me bajó de la mesa, volteándome contra ella. Sentí sus manos separando mis nalgas, su verga gruesa rozando mi entrada. —Dime si quieres, Ana. Todo o nada.
—¡Sí, carajo, métemela ya! —rogué, empujando hacia atrás.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Era enorme, palpitante, llenándome hasta el fondo. El roce de su piel contra la mía, el slap slap de sus caderas chocando, el olor almizclado de nuestro sexo... me volvía loca. Agarró mis caderas, embistiéndome fuerte, profundo, mientras una mano bajaba a frotar mi clítoris.
Es como si la flor de la pasión nos hubiera poseído, enredándonos en este éxtasis salvaje.
Cambié de posición, queriendo verlo. Lo empujé al suelo, sobre un colchón de hojas secas, y me monté encima. Su verga se hundió en mí de nuevo, y empecé a cabalgarlo, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él gemía, ¡Qué chingona eres!, pellizcando mis pezones. El placer subía en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Sentí su pulso acelerado bajo mis palmas, su aliento entrecortado en mi oído.
—Vente conmigo, jadeó, y lo hice. El clímax nos arrasó como tormenta de verano, mi concha ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Grité, él rugió, nuestros cuerpos convulsionando unidos.
Nos quedamos así, enredados como las pasifloras, jadeando en la penumbra del invernadero. El aire olía a sexo y flores, a promesas cumplidas. Diego me besó la frente, suave, tierno. —Eres mi flor ahora, murmuró.
Salimos al atardecer, el cielo pintado de rosas y violetas como las enredaderas. Caminamos de la mano por el jardín, riendo de tonterías. Esa noche, en la cama de mi tía, revivimos el fuego bajo las sábanas, más lento, explorando cada rincón con besos y caricias. Al amanecer, mirando las flor de la pasión o passiflora desde la ventana, supe que había encontrado algo real, no un capricho de ciudad. Diego era mi tierra fértil, y yo su semilla lista para brotar. El deseo no se marchita; se enreda, crece, y florece eterno.