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Pasion Ardiente Novela de Epoca

6302 palabras

Pasion Ardiente Novela de Epoca

En las vastas haciendas de Jalisco, allá por los tiempos del Porfiriato, cuando el sol besaba la tierra con fuego y los agaves se erguían como centinelas orgullosos, yo, Doña Isabella, viuda de un hacendado ausente en sus guerras, sentía el vacío como un peso en el pecho. La casa grande, con sus patios empedrados y fuentes murmurantes, olía a jazmín y a tierra húmeda después de la lluvia. Pero mi piel ardía por algo más que el calor del mediodía. Leía en secreto esas pasion novelas de epoca, esas historias prohibidas que hablaban de amores desenfrenados entre damas y jinetes salvajes, y soñaba con que mi vida se convirtiera en una de ellas.

Él llegó una tarde de mercado, montado en un caballo negro como la noche, con el sombrero charro ladeado y una sonrisa que prometía tormentas. Se llamaba Rafael, capataz de una hacienda vecina, un moreno alto y fuerte, con manos callosas que hablaban de trabajo duro y ojos que devoraban. "Órale, doña, ¿me permite ofrecerle estos mangos maduritos?", dijo con voz ronca, extendiendo una canasta. Sus dedos rozaron los míos al pasarla, y un escalofrío me recorrió la espina, como si el aire se hubiera cargado de electricidad. Olía a cuero sudado, a tierra y a hombre puro, ese aroma que hace que las rodillas flaqueen.

¿Qué pendejada es esta, Isabella? Un capataz, nada menos. Pero su mirada... ay, Dios, quema como tequila en la garganta.

Lo invité a pasar al patio, bajo la sombra de los naranjos, donde el viento traía el eco lejano de un mariachi en el pueblo. Charlamos de la cosecha, del precio del pulque, pero sus ojos no dejaban los míos. Sentí mi pecho subir y bajar más rápido, el vestido de muselina pegándose a mi piel por el sudor. "Eres como una de esas pasiones de novela de epoca, doña", murmuró de pronto, inclinándose. "Encerrada en oro, pero ardiendo por dentro". Su aliento cálido rozó mi oreja, y un jadeo se me escapó sin querer.

La tensión creció como la marea en la noche. Al día siguiente, lo busqué en los campos de agave, pretextando supervisar la destilación. El sol pegaba fuerte, el aire olía a savia dulce y fermentada. Él estaba apilando pencas, su camisa abierta dejando ver el pecho moreno brillante de sudor. "Ven, ayúdame, mi reina", dijo juguetón, y cuando me acerqué, me jaló por la cintura. Sus manos grandes, ásperas, se posaron en mis caderas, y sentí su dureza contra mí. "¿Quieres que pare, Isabella?", susurró, su boca a centímetros de la mía.

"No, carnal", respondí, mi voz temblorosa pero firme. Lo besé entonces, un beso hambriento, con lengua que sabía a pulque y sal. Sus labios eran firmes, exigentes, y gemí contra su boca mientras sus dedos se clavaban en mi carne. Me levantó como si no pesara nada, llevándome a un rincón sombreado entre los magueyes altos. El suelo era tierra blanda, cubierta de hojas secas que crujían bajo nosotros. Me recostó con cuidado, sus ojos devorándome como si fuera el manjar más chulo del mundo.

Desabotonó mi blusa con dedos torpes de deseo, exponiendo mis pechos al aire caliente. "Qué tetas tan perfectas, mamacita", gruñó, y su boca se lanzó sobre uno, chupando el pezón endurecido. Sentí un rayo de placer directo al centro de mí, mi humedad creciendo, empapando mis enaguas. Olía a mi propia excitación mezclada con su sudor masculino, ese olor almizclado que enloquece. Mis manos exploraron su espalda, arañando la piel salada, bajando hasta su pantalón. Liberé su verga, gruesa y palpitante, venosa como un tronco joven. La apreté, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma, y él rugió de placer.

Esto es mejor que cualquier pasion novela de epoca. Aquí no hay palabras, solo carne y fuego.

La escalada fue feroz. Me quitó las faldas con urgencia, sus dedos hurgando entre mis muslos, encontrando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, mi amor", dijo con esa voz grave que vibraba en mi piel. Metió dos dedos adentro, curvándolos justo donde dolía el vacío, y bombeé contra su mano, gimiendo como una loca. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido de las abejas en las flores cercanas. Lamí su cuello, saboreando el sudor salado, mordiendo suave hasta dejar una marca roja.

Lo empujé al suelo, montándolo como una amazona. Su verga entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. "¡Sí, cabrón, así!", grité, cabalgándolo con furia, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Él agarraba mis nalgas, azotándolas leve, el escozor avivando el fuego. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa. Vi su rostro contorsionado de éxtasis, oí sus "¡Ay, qué rico, Isabella!" roncos, y el olor a sexo nos envolvía como niebla espesa.

El clímax nos golpeó como un rayo. Sentí mis músculos contraerse alrededor de él, oleadas de placer que me cegaban, mi grito ahogado en su boca. Él se derramó dentro, caliente y abundante, su cuerpo temblando bajo el mío. Nos quedamos unidos, pulsando juntos, el corazón latiéndonos desbocados contra el pecho del otro. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aire se enfriaba, pero nuestros cuerpos ardían aún.

Después, yacimos enredados en las hojas, su cabeza en mi regazo. Me acariciaba el vientre con ternura, trazando círculos perezosos. "Eres mi novela de epoca viva", murmuró, besando mi ombligo. Reí suave, el afterglow envolviéndome como una manta cálida. El aroma de jazmín volvía con la brisa nocturna, mezclándose con nuestro sudor seco. Por primera vez en años, me sentía completa, empoderada en mi deseo, dueña de mi pasión.

Desde esa tarde, Rafael y yo nos robamos momentos en la hacienda: en el establo oliendo a heno fresco, bajo las estrellas con grillos cantando, siempre con ese fuego que no se apaga. Mi vida, que antes era rutina dorada, se convirtió en una pasion novela de epoca real, llena de susurros, toques robados y clímax que dejan el alma temblando. Y cada vez que lo miro, sé que esto apenas comienza.

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