Año de Cañaveral de Pasiones
El sol del mediodía caía a plomo sobre la finca en Veracruz, como si quisiera derretir todo a su paso. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad para ayudar a mi tío con la zafra. Hacía años que no pisaba este cañaveral, pero el olor dulce y terroso de las cañas me golpeó de inmediato, trayéndome recuerdos de veranos salvajes. El aire estaba cargado de humedad, y mi blusa se pegaba a la piel como una segunda capa, haciendo que cada movimiento fuera un roce sensual contra mis pezones endurecidos por el calor.
Ahí lo vi por primera vez: Javier, el capataz nuevo. Alto, moreno, con músculos forjados por el machete y el sudor. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo mientras descargaba sacos de fertilizante.
"¿Qué onda, morra? ¿Vienes a ayudar o nomás a ver cómo sudamos los cañeros?"me dijo con esa sonrisa pícara, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su voz ronca, con ese acento veracruzano arrastrado, me erizó la piel. Neta, el pinche calor no era lo único que me ponía ardiente.
Pasé el día siguiéndolo con la mirada, fingiendo interés en las tareas. Cada vez que se agachaba a cortar una caña, sus pantalones se tensaban sobre su culo firme, y yo imaginaba mis manos ahí, apretando. El crack del machete contra la caña resonaba como un latido, sincronizado con el pulso acelerado entre mis piernas. Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de naranja, me acerqué. "Oye, Javier, ¿me enseñas cómo se corta bien? No quiero quedar como pendeja delante de mi tío."
Él rio, un sonido grave que vibró en mi pecho.
"Ven, te muestro. Pero agárrate bien del machete, que aquí todo es fuerza y precisión."Su mano grande cubrió la mía sobre el mango, y el calor de su palma se filtró hasta mis huesos. Olía a tierra mojada, a caña fresca y a hombre puro. Mi corazón latía desbocado mientras él guiaba mi brazo en un corte limpio. El jugo de la caña salpicó mi brazo, dulce y pegajoso, y él lo lamió de mi piel sin pedir permiso. Su lengua áspera rozó mi antebrazo, enviando chispas directo a mi clítoris.
La tensión creció como la marea esa noche. Cenamos en la casa grande, pero mis ojos no se despegaban de él. Mi tío platicaba de la zafra, de cómo este era el año de cañaveral de pasiones, un año en que las cañas crecían más altas y jugosas, como si la tierra misma estuviera en celo. Javier me guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa, y yo apreté los muslos bajo la falda, sintiendo la humedad empapar mis bragas. Pinche wey, me traes loca, pensé, mientras imaginaba su boca en otros lugares.
Después de la cena, salí a caminar por el borde del cañaveral. La luna llena iluminaba las cañas como gigantes verdes susurrantes. Oí pasos detrás de mí. Era él, sin camisa, solo con pantalón de trabajo y botas. Su pecho brillaba con sudor residual, los músculos abdominales marcados como un mapa que quería explorar con la lengua.
"No pude aguantar más, Ana. Desde que te vi, mi verga no para de pensarte."Sus palabras crudas me mojaron más. Me acerqué, rozando mi mano contra su pecho. La piel ardía, salada al tacto cuando la lamí. Sabía a esfuerzo, a deseo puro.
Nos adentramos en el cañaveral, las cañas altas nos envolvieron como un velo privado. El viento susurraba entre las hojas, un sonido erótico que mimetizaba nuestros jadeos iniciales. Javier me empujó contra un tallo grueso, sus labios capturando los míos en un beso feroz. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y caña, mientras sus manos subían por mis muslos, arrancando mi falda. "Estás empapada, rica. ¿Todo esto por mí?" murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.
Yo gemí, arqueándome contra él. Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo mis dedos. Él bajó mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Sus pezones duros rozaron los míos, un roce eléctrico que me hizo temblar. Bajó la cabeza y chupó uno, succionando con fuerza mientras su mano se colaba entre mis piernas. Sus dedos gruesos separaron mis labios, encontrando mi clítoris hinchado. "Qué chingona estás de mojada, Ana. Me vas a volver loco."
La intensidad subió como el fuego de un basurero. Yo desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La envolví con mi mano, sintiendo las venas pulsar, el calor irradiando. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más. Me levantó contra una caña, mis piernas rodeando su cintura. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos.
"Dime que la quieres, morra. Dime que me la chupes primero."
Me dejó deslizarme al suelo, de rodillas en la tierra suave. El olor almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales. Abrí la boca y lo tomé, saboreando la piel salada, el pre-semen dulce. Lo chupé profundo, mi lengua girando alrededor del glande mientras él enredaba sus dedos en mi cabello. "Sí, así, pinche diosa. Tu boca es un paraíso." Sus caderas se movían, follando mi garganta con cuidado, pero con urgencia. El sonido húmedo de mi succión se mezclaba con el crujir de las cañas.
No aguanté más. Me puse de pie, girándome para ofrecerle mi culo. Él lo azotó suave, un clap que resonó en la noche, luego separó mis nalgas y empujó. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento delicioso, sus bolas chocando contra mi clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda rozando mi punto G. El sudor nos unía, resbaladizo, permitiendo que nuestros cuerpos se deslizaran en fricción perfecta.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Me siento tan llena, tan viva, pensé mientras él aceleraba, sus gruñidos roncos en mi oído.
"Córrete conmigo, Ana. Quiero sentirte apretarme."Sus manos pellizcaban mis pezones, tirando, mientras su verga me taladraba. El orgasmo me golpeó como una ola, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por mis muslos. Él se hundió una vez más y explotó, su semen caliente inundándome, pulso tras pulso.
Nos derrumbamos entre las cañas, jadeantes, cuerpos entrelazados. El aire olía a sexo, a caña machacada y a nosotros. Javier me besó la frente, suave ahora.
"Este año de cañaveral de pasiones apenas empieza, mi reina. Vamos a quemar este campo juntos."Yo sonreí, sintiendo su semilla escurrir, un recordatorio cálido. El viento nos secaba el sudor, y en ese momento, supe que había encontrado mi lugar: en sus brazos, en este paraíso verde y ardiente. La luna testigo de nuestra promesa silenciosa de más noches así, de pasiones que no se apagarían con la zafra.