La Pasion de Cristo Google Drive
Estaba tirada en mi sofá de cuero en el depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco contra el bochorno de la noche mexicana. El cel vibró sobre la mesita de centro, y vi el wasap de Cristo, ese morro que conocí en una app de citas hace unas semanas. "Neta, ábrelo ya, te va a volar la cabeza. Es La Pasion de Cristo Google Drive", escribió, con un emoji de diablito. Sonreí de lado, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Cristo era de esos chavos que te prenden con solo un mensaje, alto, moreno, con ojos que te desnudan sin tocarte.
Me levanté, el short de pijama rozándome las nalgas, y abrí el enlace. El archivo se descargó rápido, un video en HD que empezó con música suave, tipo ranchera sensual. Ahí estaba él, semidesnudo en lo que parecía su cuarto, con luz tenue de velas parpadeando sobre su piel bronceada. "Ximena, mi reina", dijo con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, "esto es solo el principio de lo que te quiero hacer". Se tocaba despacio, la mano subiendo y bajando por su verga dura, gruesa, venosa, brillando con un poco de aceite. El sonido de su respiración agitada llenó mis audífonos, y olía a su colonia imaginaria, esa mezcla de madera y sudor que me volvía loca.
¡Pinche Cristo, qué wey tan cabrón! Me está mojando nomás de verlo.
Me recargué en la pared, la mano metiéndose sola bajo el elástico del short. Mi concha palpitaba, húmeda, caliente, mientras él gemía mi nombre en la pantalla. "Ven por mí, mami, déjame saborearte". El video duró diez minutos eternos, terminando con él explotando, chorros blancos salpicando su abdomen marcado. Apagué el cel temblando, el corazón latiéndome en la garganta. Le contesté: "Ya lo vi, pendejo. Mañana nos vemos o te mato".
Al día siguiente, en el bar de la colonia Juárez, con luces neón y salsa de fondo, lo vi entrar. Traía camisa negra ajustada, jeans que marcaban todo, y esa sonrisa de conquistador. Me abrazó fuerte, su pecho duro contra mis tetas, oliendo a jabón fresco y deseo crudo. "Qué tal el video, carnala?", susurró en mi oído, su aliento cálido erizándome la piel.
"Me dejó chorreando, wey", le dije juguetona, mordiéndome el labio. Pedimos tequilas, el líquido quemándonos la garganta, aflojando las tensiones. Hablamos de todo: de la pinche rutina del jale, de cómo la ciudad te come viva si no te sueltas. Sus ojos no se despegaban de mis labios, de mi escote en la blusa floja. Bajo la mesa, su rodilla rozaba la mía, un roce eléctrico que subía por mis muslos.
¿Cuánto aguanto antes de arrastrarlo al baño? Neta, lo quiero ya, sintiendo su verga dentro.
La plática se puso caliente. "Ese video fue para ti, Ximena. La Pasion de Cristo Google Drive es nuestro secreto", confesó, su mano subiendo por mi pierna, dedos fuertes apretando suave. Sentí mi clítoris hincharse, el calor entre mis piernas volviéndose insoportable. "Quiero la versión en vivo", le dije, voz ronca. Pagamos y salimos, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego en mi cuerpo. Tomamos un Uber a su hotel en Reforma, las manos entrelazadas, besándonos como locos en el asiento trasero.
En la habitación, luces bajas, cama king size con sábanas crujientes. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios calientes en mi cuello, chupando suave, dejando marcas rojas que dolían rico. "Eres una diosa, mamacita", murmuró, mientras sus manos amasaban mis tetas, pulgares rozando los pezones duros como piedras. Gemí, el sonido escapando ronco, arqueando la espalda. Olía a su sudor fresco, a mi propia excitación dulce y almizclada.
Lo empujé a la cama, quitándole la camisa. Su torso era puro músculo, pectorales firmes bajo mis uñas. Bajé los jeans, liberando esa verga enorme que vi en el video, ahora palpitante en mi cara. La olí, terrosa, salada, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota pre-semen que brotaba. "¡Qué rico, Ximena! Chúpamela, sí", gruñó él, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. La tragué profunda, la garganta ajustándose, saliva chorreando, mientras él jadeaba, caderas moviéndose leve.
Me levantó como pluma, recostándome. Sus besos bajaron por mi vientre, lengua trazando círculos en mi ombligo. Cuando llegó a mi concha, ya empapada, separó mis labios con dedos gentiles. "Estás chingona de mojada, reina". Lamidas lentas, saboreándome entera, el clítoris entre sus labios succionado suave. El placer era fuego líquido, mis muslos temblando, uñas clavadas en sus hombros. "¡No pares, Cristo, me vengo!", grité, el orgasmo explotando en olas, jugos salpicando su barbilla.
Esto es mejor que cualquier video, neta. Su lengua es puro cielo.
Recuperé el aliento, lo volteé encima. Montándolo, froté mi concha contra su verga dura, lubricándola con mis fluidos. "Entra en mí, cabrón", le pedí, bajando despacio. Se hundió centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El dolor inicial se volvió placer puro, paredes internas apretándolo. Cabalgamos lento al principio, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose, olor a sexo crudo impregnando el aire.
Él tomó control, volteándome a cuatro patas. Manos en mis caderas, embistiendo fuerte, bolas golpeando mi clítoris. Cada thrust era un trueno, su verga rozando mi punto G, gemidos sincronizados. "¡Más duro, pendejo, rómpeme!", supliqué, tetas balanceándose, pezones rozando sábanas ásperas. El ritmo aceleró, su respiración animal en mi oreja, mordiscos en el hombro. Sentí su pulso acelerado contra mi espalda, mi concha contrayéndose alrededor de él.
"Me vengo, Ximena, ¡juntos!", rugió. El clímax nos golpeó como tormenta: yo gritando, chorros calientes mojando sus muslos; él derramándose dentro, semen espeso llenándome, goteando por mis piernas. Colapsamos, cuerpos entrelazados, corazones galopando al unísono. Su peso sobre mí era reconfortante, besos suaves en la nuca.
Después, envueltos en sábanas húmedas, fumamos un cigarro en la terraza, luces de la ciudad brillando abajo. "Esto fue la verdadera La Pasion de Cristo Google Drive", dijo riendo, acariciando mi pelo. "Hay más videos, y más noches". Sonreí, el cuerpo laxo, satisfecho, con ese glow post-sexo que te hace sentir invencible. Sabía que esto era el inicio de algo chido, una pasión que no se apaga fácil en esta jungla de concreto.