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La Pasión Telenovela Canción

7247 palabras

La Pasión Telenovela Canción

Estaba sola en mi depa de Polanco, con el tele prendido a todo volumen. La telenovela de las ocho era mi vicio, güey, esas tramas de amores imposibles que te dejan con el corazón en la garganta. Esa noche, sonó la pasión telenovela canción, esa rola que te eriza la piel, con su ritmo de guitarra y voz rasposa que habla de besos robados y cuerpos que se funden. Me recargué en el sofá, con una chela fría en la mano, y sentí un calorcillo subiéndome por las piernas. Ay, pinche canción, siempre me ponía cachonda.

Mi nombre es Ana, tengo veintiocho pirulos y trabajo en una agencia de publicidad. No soy de esas flacas de portada, pero tengo curvas que vuelven locos a los morros: nalgas redondas, tetas firmes y una boca que promete pecados. Esa noche llevaba un baby doll negro cortito, de esos que se transparentan con la luz de la tele. El aire olía a mi perfume de vainilla y a la pizza que me había echado hace rato. Cerré los ojos y dejé que la letra me invadiera: "La pasión que quema, la piel que llama..." Mi mano bajó sola por mi panza, rozando el encaje de mis calzones.

¿Y si Javier llega ahora? ¿Y si me agarra como en la novela?
Javier, mi chulo, el moreno de ojos verdes que me hace sudar con solo una mirada.

Como si lo hubiera invocado, sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba él, con su camisa blanca desabotonada hasta la mitad, mostrando ese pecho moreno y velludo que tanto me gusta lamer. Traía una botella de tequila Don Julio en la mano y una sonrisa pícara. "Nena, oí la canción desde la calle. ¿Me dejas entrar a tu mundo de pasiones?" Su voz grave me hizo temblar las rodillas. Lo jalé adentro, cerré la puerta y lo besé como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a menta y a deseo, ásperos contra los míos, su lengua explorando mi boca con hambre.

Nos fuimos al sofá, con la pasión telenovela canción de fondo, repitiéndose en loop porque yo la había puesto. Javier me sentó en sus piernas, sus manos grandes subiendo por mis muslos, apretando la carne suave. "Estás mojada ya, ¿verdad, mi reina?" murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el cuello. Olía a su colonia Acqua di Gio mezclada con sudor fresco, ese olor macho que me enloquece. Asentí, gimiendo bajito, mientras frotaba mi entrepierna contra su verga dura que ya se notaba en sus jeans.

¡Qué rico se siente esto! Como en la novela, pero real, con su calor palpitando contra mí.

Acto primero de nuestra propia telenovela: el encuentro ardiente. Me quitó el baby doll de un tirón, dejando mis tetas al aire. Las miró como si fueran un tesoro, lamiéndose los labios. "Mírate, Ana, eres una diosa." Sus dedos pellizcaron mis pezones, endureciéndolos al instante, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí fuerte, arqueando la espalda. Él se inclinó y chupó uno, succionando con fuerza, su barba raspándome la piel sensible. Sabía a sal de mi sudor, y yo me moría por más. Le desabroché la camisa, arañando su pecho con las uñas, bajando hasta su cinturón.

Pero no era solo carnalidad, güey. Había tensión, ese jale y empuje emocional que hace las cosas intensas. Javier era mi ex, el que me dejó por una pendeja de oficina hace meses. Volvimos a vernos en una fiesta la semana pasada, y desde entonces, las miradas calientes y los mensajes subidos de tono. "Te extrañé, cabrón," le dije, mientras le bajaba el zipper. Él suspiró, besándome el hombro. "Yo más, mi amor. No seas tan dura conmigo." Sus manos temblaban un poquito, revelando su vulnerabilidad. Eso me encendió más: saber que lo tenía en mis manos, literal y figurado.

Lo puse de pie, lo desvestí completo. Su cuerpo era puro músculo trabajado en el gym, con esa verga gruesa y venosa que se paraba orgullosa, goteando ya de anticipación. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. "Qué chingona está," le dije, masturbándolo lento, oyendo sus jadeos roncos. Él me cargó como princesa y me llevó a la cama, donde las sábanas olían a lavanda fresca. Me tendió boca arriba, besando mi ombligo, bajando por mi monte de Venus. El cuarto estaba iluminado por velas que prendí antes, parpadeando sombras en las paredes.

Acto segundo: la escalada loca. Sus labios llegaron a mis calzones, que ya estaban empapados. Los corrió a un lado y metió la lengua directo en mi coño, lamiendo mi jugo dulce y salado. "¡Ay, Javier, qué rico!" grité, agarrándole el pelo. Su nariz rozaba mi clítoris, chupándolo suave al principio, luego con furia, como si quisiera devorarme. Sentía cada lamida como fuego líquido, mis caderas moviéndose solas, el sonido chapoteante de su boca en mi humedad. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva.

Esto es mejor que cualquier telenovela, pinche canción de fondo poniéndome más caliente.

Le rogué que me cogiera ya, pero él quiso jugar. Me volteó a cuatro patas, azotándome las nalgas con palmadas suaves que dolían rico. "¿Quieres mi verga, nena?" "Sí, cabrón, métemela toda." Se puso un condón –siempre cuidadosos, ¿eh?– y rozó la cabeza contra mi entrada, untándola en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí como loca, sintiendo cada vena pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al inicio, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El colchón crujía, nuestros cuerpos chocaban con plaf plaf, sudor goteando por su espalda que yo lamía.

La intensidad subía como la música: más rápido, más profundo. Me giró boca arriba, levantándome las piernas a sus hombros para clavarse hasta el fondo. Nuestros ojos se clavaron, sudoreando, respiraciones entrecortadas. "Te amo, Ana, no te suelto más." Sus palabras me derritieron, el conflicto resolviéndose en ese vaivén frenético. Yo clavaba uñas en su culo, urgiéndolo. "Cógeme más duro, mi rey." El olor a sexo llenaba el aire, espeso, adictivo. Mi orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre.

Acto tercero: la liberación explosiva. La pasión telenovela canción llegaba a su clímax en el stereo, perfecta sincronía. Javier aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose dentro de mí. "Me vengo, nena..." Yo exploté primero, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas. Grité su nombre, el mundo blanco y tembloroso. Él se vino segundos después, temblando sobre mí, su semen llenando el condón en pulsos calientes que sentía contra mis paredes.

Nos quedamos abrazados, jadeando, piel pegajosa de sudor. Besos suaves ahora, tiernos. El olor a nuestros cuerpos mezclados, el sabor salado en su cuello que lamí. "Esto fue épico, como nuestra propia telenovela," dijo él, riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su cara.

Quizá sí volvamos, con esta pasión que no se apaga.
La canción terminó, pero el eco quedó en nosotros, prometiendo más noches así. Apagué la tele, y en la penumbra, nos dormimos enredados, satisfechos hasta el alma.

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