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Pasión Camila y Ricardo

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Pasión Camila y Ricardo

El sol de Cancún se ponía como una bola de fuego sobre el mar Caribe, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. Ricardo caminaba por la playa de arena blanca, con una cerveza fría en la mano, el sonido de las guitarras y el ritmo de la cumbia retumbando desde la fiesta en el resort. Llevaba una camisa guayabera abierta, dejando ver su pecho bronceado por meses de gym y sol mexicano. Neta, pensó, esta noche pinta para algo chido. Hacía tiempo que no se soltaba, desde que dejó a su ex en la Ciudad de México. Quería acción, pasión pura, sin rollos.

Entonces la vio. Camila estaba bailando descalza cerca de la fogata, su vestido ligero de lino blanco pegándose a sus curvas por la brisa salada. Pelo negro largo ondeando, piel morena reluciente bajo las luces de antorchas, y unos ojos cafés que brillaban como el tequila añejo. Era de Guadalajara, lo supo porque su risa era esa mezcla tapatía de picardía y fuego. Ricardo sintió un tirón en el estómago, como si el mar le jalara las entrañas.

Órale, wey, esa morra es puro fuego. ¿Camila? Sí, se presentó así hace rato con unas amigas. Quiero comérmela con los ojos y todo lo demás.
Se acercó, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas.

¡Ey, guapa! ¿Bailas sola o qué? —le gritó por encima de la música, con esa sonrisa de pendejo encantador que siempre le funcionaba.

Camila giró, lo miró de arriba abajo, mordiéndose el labio inferior. —Si me invitas, carnal. Soy Camila. ¿Y tú?

—Ricardo. Pero llámame Ric, que suena más chido. —Le tendió la mano, y cuando sus palmas se tocaron, fue como una chispa eléctrica. Su piel era suave, cálida, con un olor a coco y sal que lo mareó.

Empezaron a bailar, cuerpos rozándose al ritmo de la banda. El sudor les perlaba la piel, mezclándose con la brisa marina. Ricardo ponía las manos en su cintura, sintiendo la curva de sus caderas, firmes y movedizas. Ella se pegaba más, su aliento caliente en su cuello, sus pechos rozando su torso. Esta tensión es lo máximo, pensó él, mientras su verga empezaba a endurecerse contra los shorts. Camila lo notó, sonrió maliciosa.

¿Ya te prendiste, Ric? —susurró al oído, su voz ronca como miel quemada.

Neta que sí, mamacita. Tú me traes loco.

La noche avanzaba, la fiesta se ponía más loca con shots de tequila y risas. Pero ellos dos se aislaron en una rincón de la playa, sentados en la arena tibia, pies en el agua. Hablaron de todo: de la vida en México, de cómo ella era diseñadora de joyas y él mecánico de yates en el resort. La química era palpable, el aire cargado de deseo. Ricardo la besó primero, suave al principio, labios salados probando los suyos dulces por el margarita. Ella respondió con hambre, lengua explorando su boca, manos enredándose en su pelo.

Acto uno cerrado: la chispa encendida. Ahora, el medio, donde la pasión subía como la marea.

Camila lo jaló de la mano. —Vámonos a mi habitación, Ric. No aguanto más.

Subieron al resort, el pasillo iluminado tenuemente, el eco de sus pasos y risitas nerviosas. La puerta se cerró, y ahí estalló todo. Ricardo la empotró contra la pared, besándola con furia, manos subiendo por sus muslos, levantando el vestido. Su piel era seda caliente, olor a arousal mezclado con perfume floral. Ella gemía bajito, "Ay, Ric, qué rico", mientras le quitaba la camisa, uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas frescas contrastando con sus cuerpos ardiendo. Ricardo besó su cuello, saboreando el sudor salado, bajando a sus pechos. Le quitó el brasier, tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos. Los chupó, mordisqueó suave, ella arqueándose, "¡Sí, cabrón, así!" Sus manos bajaron a su panocha, ya mojada, calzones empapados. Los deslizó, dedos explorando los labios hinchados, clítoris palpitante. Camila jadeaba, caderas moviéndose contra su palma, el cuarto llenándose del sonido chapoteante y sus "órale, no pares".

Esto es pasión pura, Camila y Ricardo en su elemento. Neta, nunca sentí algo tan intenso. Su coño aprieta mis dedos como si no quisiera soltarme. Quiero enterrarme en ella ya.

Camila lo volteó, montándose encima, ojos fieros. —Ahora yo, guapo. Le bajó los shorts, su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. La miró con lujuria, lengua lamiendo la cabeza, sabore salado y almizclado. Lo mamó profundo, garganta apretando, manos masajeando las bolas. Ricardo gruñó, "¡Puta madre, qué chingona!", caderas empujando, pelo en su cara oliendo a mar.

La tensión crecía, no querían acabar aún. Se pusieron de lado, 69 perfecto. Él lamió su panocha, lengua en el clítoris, dedos adentro curvados tocando el punto G. Ella chupaba su verga, bolas en la boca, gemidos vibrando. El cuarto apestaba a sexo, sudor, jugos. Corpos temblando, pulsos acelerados como tambores de mariachi.

Finalmente, no más espera. Camila se puso a cuatro, culo redondo alzado. —Cógeme, Ric. Quiero sentirte todo.

Él se colocó atrás, verga rozando su entrada húmeda, empujó lento. Entró centímetro a centímetro, apretada, caliente, envolviéndolo como guante de terciopelo. "¡Ay, qué rica!" gritó ella. Empezó a bombear, manos en sus caderas, pellizcando. Golpes rítmicos, piel contra piel plaf plaf, tetas balanceándose. Cambiaron: ella encima, cabalgando salvaje, uñas en su pecho, pelo azotando. Ricardo la veía rebotar, panocha tragando su verga, jugos chorreando por sus bolas.

La intensidad subía, orgasmos acercándose. Él la volteó misionero, piernas en hombros, profundo. Besos fieros, "Te voy a llenar, Camila". Ella: "Sí, dame todo, wey". El clímax llegó como ola gigante. Ella primero, convulsionando, "¡Me vengo, Ric!", paredes apretando, chorro caliente. Él explotó segundos después, semen caliente inundándola, gruñendo como animal.

Acto final: el regocijo.

Se derrumbaron, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Ricardo la abrazó, oliendo su pelo, besando su frente. El ventilador zumbaba, mar rugiendo afuera. Camila suspiró, dedo trazando su pecho. —Qué pasión, Camila y Ricardo... Neta inolvidable.

Él rio bajito. —Sí, mamacita. Esto es lo que necesitaba. ¿Repetimos mañana?

Ella sonrió, ojos brillantes. —Órale, pero ahora duerme conmigo.

Se acurrucaron, pieles enfriándose, corazones calmándose. Ricardo pensó en el futuro, en más noches así, en esta conexión mexicana de fuego y ternura. La pasión los unía, y el amanecer prometía más.

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