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La Pasión de Cristo en Inglés Desnuda

6295 palabras

La Pasión de Cristo en Inglés Desnuda

Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a jazmín del balcón colándose por la ventana entreabierta. Yo, Karla, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una galería de arte, me sentía sola y cachonda esa noche. Mi carnal, no, mi vato, Alejandro, andaba en un viaje de negocios a Guadalajara, pero prometió volver al rato. Mientras, decidí ponerme La Pasión de Cristo en inglés, esa película que tanto ruido armó, con subtítulos en español pa' no perderme ni madres.

Apagué las luces, me eché en el sillón de piel sintética que crujía bajo mi peso, y le di play. El sonido grave de la respiración de Jim Caviezel me erizó la piel desde el primer segundo. Ese wey sudando, con los ojos llenos de fuego divino, cargando la cruz... pinche pasión, pensé. No era solo sufrimiento, era algo más profundo, como un deseo reprimido que explotaba en cada latigazo. Mi mano se coló sola por debajo de mi blusa holgada, rozando mis chichis que ya se ponían duras como piedras. El olor a mi propia piel caliente, mezclado con el sudor del día, me invadió las narices.

¿Qué chingados me pasa? Esto es la película de Jesús sufriendo, no un porno. Pero neta, esa entrega total, ese cuerpo marcado... me moja la panocha.

La pantalla parpadeaba con sangre falsa y gemidos roncos. Sentí mi pulso acelerado en el cuello, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo. Me quité la tanga de un jalón, el aire fresco besando mi entrepierna húmeda. Mis dedos se hundieron en mi carne caliente, resbalosos ya, imitando el ritmo de los clavos en la cruz. Olía a sexo incipiente, ese aroma almizclado que me volvía loca.

De repente, la puerta se abrió con un clic y entró Alejandro, moreno, musculoso, con su camisa desabotonada oliendo a tequila y carretera. “¿Qué onda, mi reina? ¿Ya extrañándome?” dijo con esa voz grave que me deshace. Lo jalé del brazo, sin soltar mi placer. “Mira esto, wey. La Pasión de Cristo en inglés. Me tiene bien prendida.” Él se rio bajito, se quitó la chamarra y se acercó, sus ojos devorándome.

Acto primero: la tentación. Alejandro se arrodilló frente a mí, su aliento caliente rozando mis muslos temblorosos. “Déjame ser tu Cristo, Karla. Déjame sufrir por ti.” Sus manos callosas, de tanto laburar en construcción, me separaron las piernas con ternura. Lamidas lentas, su lengua áspera saboreando mi miel salada. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. El sabor de mi excitación en su boca, lo veía lamerse los labios. Mi clítoris palpitaba como un corazón herido, rogando por más.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, flashes de la película: la corona de espinas, el vinagre en los labios. “Castígame, amor. Hazme sentir esa pasión.” Él mordisqueó suave mi piel interior, dejando marcas rojas que ardían delicioso. El dolor mezclado con placer, como un buen chile en nogada, dulce y picante. Su verga ya dura presionaba contra mis pantorrillas, gruesa y venosa, lista para la redención.

Nos paramos, tambaleantes de deseo. Lo empujé contra la pared, donde colgaba un crucifijo de madera que mi abuelita me regaló. Ironía chida. Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su pecho velludo. Olía a hombre puro, a sudor fresco y loción barata. “Eres mi salvador, pinche pendejo sexy.” Reí, pero mi voz salía ronca, ahogada en lujuria.

Acto segundo: la ascensión. Lo llevé a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me monté encima, cabalgándolo despacio al principio. Su verga entraba centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Sentía cada vena pulsando dentro, el calor irradiando. “Más fuerte, Cristo mío,” jadeé, mis caderas girando como en un baile de salsa en Garibaldi.

Sus ojos, clavados en los míos, brillaban con esa devoción animal. No era solo follar, era fusionarnos, redimirnos en sudor y fluidos.

El ritmo subió. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, su panza contra mi espalda resbalosa. Golpes profundos, plaf plaf, piel contra piel, eco en la habitación. El olor a sexo saturaba el aire, espeso como niebla. Mis chichis rebotaban, pezones rozando la sábana áspera. “¡Sí, cabrón! Dame tu pasión entera!” grité, mi voz quebrándose. Él gruñía como bestia, manos apretando mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave.

Internamente, luchaba: Esto es pecado, Karla. Pero qué chingón pecado. Dios debe entender esta entrega total. Pequeños orgasmos me sacudían, ondas de placer subiendo por mi espina. Él se detenía, besaba mi nuca sudada, susurrando “Te amo, mi virgen María moderna.” Reíamos entre jadeos, la tensión rompiéndose en momentos tiernos. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, enviando chispas. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, salado al lamerlo.

La película seguía sonando de fondo, los gritos de la multitud mezclándose con los nuestros. “¡Ecce homo!” berreaba alguien en la tele, y Alejandro respondía con un embestida brutal, consensual, pedida por mí. Mi panocha se contraía alrededor de él, ordeñándolo. El build-up era eterno, cada roce, cada suspiro, acumulando presión como volcán en Popocatépetl.

Acto tercero: la resurrección. No aguanté más. “¡Me vengo, wey! ¡Lléname!” Mi cuerpo convulsionó, olas de éxtasis rompiéndome en pedazos. Grité su nombre, el cuarto temblando con mi voz. Él se hundió una última vez, su verga hinchándose, chorros calientes inundándome, mezclándose con mis jugos. Colapsamos, enredados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

El afterglow fue puro paraíso. Acaricié su cabello revuelto, oliendo a nosotros dos. “La Pasión de Cristo en inglés nunca fue tan buena,” murmuré, riendo suave. Él me besó la frente, su barba raspando tierno. “Somos nuestro propio evangelio, mi amor. Pasión eterna.”

Nos quedamos así, el ventilador secando nuestro sudor, la película acabando en silencio. Sentí paz profunda, no culpa. Esa noche, en medio del caos citadino, encontramos nuestra redención carnal. Y supe que volveríamos a pecar así, una y otra vez.

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